Bach es la única razón para pensar que el Universo no es un desastre

La columna de Carla de la Lá

  • Bach es la única razón para pensar que el Universo no es un desastre
Madrid.

Tiempo de lectura 5 min.

27 de abril de 2019. 10:11h

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larazon.es.  Madrid. 27/4/2019

La cita es de Cioran. Cuando tenía 17 año frecuentaba un grupo de amigos (todos chicos) chiflados por la música, sobre todo por Bach. Todos estudiaban piano, clave, violín... menos Germán y yo. Este último era un refinadísimo crítico musical de unos 25 años que aparentemente no hacía nada pero tenía dinero; vivía en una coqueta casa entelada de cuadros vichy de arriba abajo en la que nos recibía con champagne. Su padre, un hombre poderoso, le había enviado lejos por su condición de homosexual y lleno de melancolía dio a parar a Vitoria con nuestro grupo absurdo de bebedores hipersensibles. Las veladas hasta altas horas en su casa fueron míticas. Antes de despedirnos, Germán apagaba todas las luces, cerrábamos los ojos y escuchábamos, conteniendo la respiración, el Passacaglia (dura 12 minutos), acostados en sus sillones y chaise longues impecables, entre botellas vacías y ceniceros humeantes. Casi no tengo recuerdos de tan altas y puras cotas de felicidad. Prueben.

¡Nadie se ha merecido nunca la música de Bach! Nadie humano, insisto, aunque es responsabilidad de toda persona civilizada y justa acercarse a esta amalgama extraordinaria de teología, música, política, teatro y drama aderezada con un asombroso storytelling que evoluciona entre la luz y las tinieblas, entre el pecado y el buen hacer, entre la fe y la duda.

Me subo a un taxi y escucho una música absolutamente conmovedora, elevadísima (yo, nunca he estado en un festival de música indi, ni puedo tararear a Pearl Jam pero de clásica entiendo mucho, llevo toda la vida escuchándola y volviéndome loca); permanezco en silencio dos minutos y pregunto: ¿por favor qué es esto? Es tan difícil encontrar en ningún sitio algo tan bello (y menos en un taxi).


Taxista: ¿Le gusta?
_Es sublime.
Taxista: Si adivina lo que es le invito a la carrera.
_Estupendo...mmm, veamos, un clave... es barroco... es una misa y por el ritmo... quiere parecerse a Bach... pero es raro y no lo había escuchado antes...¿Zelenka?
Taxista: ¡¡¡Nooo!!! Aunque es buena, efectivamente se trata de un barroco checo...¡Enhorabuena! Como ha estado tan cerca le doy una segunda oportunidad y doblo la apuesta: pondré otra cosa, si lo adivina le pago yo el importe de la carrera íntegro, si no, me paga justo el doble.
_Acepto!!!!
(Suena una música celestial y absolutamente desconocida para mí)

_mmmm... pues... mmmm vamos a ver... esto es piano y no es Mozart... así que XIX, lo encuentro romántico... y aunque nunca lo había oído, el estilo me es muy familiar... ¿Liszt?
Taxista: ¡¡¡¡Fallooooooó!!! jajajjajajajjajajajaj
_Oh... vaya... ¡quiero más!
Taxista: Imposible, ya hemos llegado.
_De otra vuelta, se lo ruego...
Taxista: no hace falta, soy mucho mejor que usted, por eso, le perdono la apuesta. Págueme sólo su carrera.
_Ohh... es usted el mejor taxista ¡qué digo taxista! No quiero que me lleve nunca nadie más a ningún sitio.
Taxista: No exagere usted la Nota, señorita.

Es complicado toparse en el tiempo y el espacio con personas verdaderamente interesadas por la música, personas que te descubran alguna nueva perla o desvelen alguna anécdota de los grandes, entusiastas de la música de cámara, del barroco, de Bach.

En mi círculo más íntimo la música clásica ha sido una constante desde la infancia, mis padres y abuelos eran entusiastas; mi bisabuelo Fortunato estudió medicina y la ejerció toda su vida, aunque su verdadera pasión era la ópera y fue un notable barítono. Mi hermano hizo la carrera de piano y yo la de ballet. Con trece años me levantaba a las siete de la mañana para escuchar música (esa música), con quince ya era una incondicional de las escasas representaciones de La pasión según San Mateo en el País Vasco, quizá la obra de arte más monumental de todos los tiempos.

Se trata de la obra más extensa de Bach, dura más de tres horas y se representa en una Iglesia, donde el devoto público se contrae y se retuerce en las incómodas bancadas , entre coros, corales, recitativos y arias. La espalda duele, las piernas, los glúteos, se pasa hambre y sed mientras el alma se desdobla y asciende entonando el “Kommt,ihrTöchter, helft mir klagen” agradeciendo la posibilidad de estar ahí y de vivir sobrecogidos....

El centro emocional de la Pasión de San Mateo, que es el centro emocional del Arte en sí mismo, de la Belleza, del Bien, se titula “Erbarme Dich”, la súplica de Pedro pidiendo perdón y lamentándose después de haber negado a Cristo. Escuchen ese violín, amigos, transmitiendo sin palabras, de una manera que la voz humana jamás podría transmitir, una concentración de lamento, dolor, arrepentimiento, expiación, horror, miseria absoluta, abyección y sin embargo indulgencia y caridad. Y todo esto antes de que el cantante pronuncie una sola nota.

A mi Bach me ha enseñado y me enseña de la vida, de mí misma, de la naturaleza de las cosas, de la trascendencia, del absoluto y de Dios. Juan Sebastian Bach fue un apasionado_sus 20 hijos lo atestiguan_ y orgulloso creativo atormentado, que salpicó su obra de bromas, acertijos y jeroglíficos musicales, mostrando a la sociedad futura deliberadamente un genio y superioridad, que ni en su tiempo ni en los siglos posteriores sería reconocido.
Nació en 1685. A los 10 años quedó huérfano y tuvo que refugiarse en casa de un hermano mayor con el que apenas tenía confianza, lo que supuso un durísimo golpe para él que se manifiesta a lo largo de toda su obra.
Bach nos muestra su aflicción y su angustia (su orfandad, la pérdida de 10 de sus hijos, la pérdida de su esposa, las múltiples dificultades profesionales y relacionales...), pero no de un modo asfixiante, mórbido, sino como un consuelo, relajante, "como si Bach estuviera componiéndose canciones de cuna a sí mismo", que terminan siendo nanas para todos nosotros acunándonos y confortándonos ante el increíble desconcierto que es la realidad para el que tiene ojos en la cara.


Bach no tuvo una vida profesional fácil ni agradecida, después de varios tumbos permaneció más de 20 años como maestro de capilla en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig, cuyos empleadores y público no se merecían las cantatas ni pasiones de Bach. ¡Nadie se ha merecido nunca la música de Bach! pero menos la Iglesia de Santo Tomás, donde hordas de personas entraban y salían constantemente con perros e incluso con cerdos.

“Si Beethoven representa la terrible lucha del hombre con sus pasiones y Mozart representa la música que probablemente escucharemos en el paraíso, Bach simboliza el final del vacío, el final del silencio. Bach es la justificación de todas las imperfecciones del Hombre, de todos nuestro errores y miserias, a través de la perfección de su música.” John Eliot Gardiner

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