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Colecho: dormir con los hijos. Acaba con los mitos y disfrútalo (si así lo deseas)

La experta en sueño infantil, la doctora en Biología María Berrozpe nos explica el colecho

Uno de los temas más controvertidos y debatidos en crianza es, sin ninguna duda, el sueño infantil. Y dentro de este tema, es especialmente espinoso el «dónde» deben dormir nuestros hijos.

Uno de los temas más controvertidos y debatidos en crianza es, sin ninguna duda, el sueño infantil. Y dentro de este tema, es especialmente espinoso el “dónde” deben dormir nuestros hijos. Entre los profesionales de la salud infantil nos podemos encontrar de todo: desde los más extremistas que recomiendan meter al bebé en su propia habitación desde el principio, hasta los que opinan que deberíamos dormir con los niños hasta los cinco años de edad. La primera es la postura heredera de la pediatría y la psicología de finales del siglo XIX y principios del XX, la cual consideraba que cuanto menos contacto con los hijos y menos muestras físicas de cariño, mejor para ellos. La segunda es una corriente que empezó a abrirse camino a finales del siglo XX y parte de un punto de vista mucho más biológico y evolutivo. Considera al bebé un pequeño primate social que necesita la presencia de su cuidador las 24 horas del día, especialmente su madre, y recuerda que el sueño en solitario de los niños es una excepción de nuestra sociedad occidental industrializada. En la mayoría de culturas humanas y durante la mayor parte de la historia de la humanidad nuestros hijos han dormido con sus cuidadores. Entonces, ¿por qué deberíamos dormir nosotros de manera diferente?

Lo cierto es que, si para saber dónde tenemos que poner a dormir a nuestro recién llegado bebé acudimos a pedir consejo a diferentes profesionales, nos volveremos locos y nos quedaremos peor de lo que estábamos antes de preguntar. Las respuestas pueden ser tan dispares como que lo metamos en nuestra cama para favorecer la lactancia, o que no lo metamos en nuestra cama porque podemos asfixiarlo. Más adelante tampoco se pondrán de acuerdo: unos nos dirán que lo saquemos a los 6 meses de nuestra habitación y otros que lo dejemos al menos hasta el año. Unos que ya no necesita mamar más por la noche, y otros que todavía sí. Unos que dormir en su habitación solo y sin ayuda es un paso obligatorio en su proceso madurativo, y otros que no lo es en absoluto y que podemos dormir con él todo lo que queramos. Unos que si lo metemos en nuestra cama estamos interfiriendo es su desarrollo psíquico y sexual y otros que es lo mejor que podemos hacer por él.

Es para volverse locos. Pero, en todo este caos de teorías ¿Qué opinan nuestros hijos, al fin y al cabo los verdaderos protagonistas de toda esta historia?

Recién nacido

Preguntemos primero a los recién nacidos. Si pudiéramos repartir una encuesta entre mil bebés menores de 3 meses la respuesta será clara y posiblemente con un enorme consenso: quieren estar con mamá. Cuanto más cerca, mejor. Si es posible sin ropa de por medio y con la teta al alcance. Si les sacamos de esta idílica situación, ellos van a demostrar su malestar muy claramente y a pleno pulmón. Para nosotras, las madres, esta respuesta no nos sorprende y nos explica fenómenos tan curiosos y sorprendentes como el de la “cuna con pinchos”, esto es, en cuanto dejamos a nuestro bebé, profundamente dormido en nuestros brazos, sobre su confortable cunita, él se despierta gritando como si hubiera un tigre de dientes de sable a punto de zampárselo. Y el caso es que hace unos cuantos milenios posiblemente hubiera tenido razón. Un bebé solo, lejos de su madre, era presa fácil, no sólo de los depredadores, sino también del frío, el hambre y los más variados accidentes que pondrían su vida en peligro. El lugar más seguro para él era el cuerpo de su madre. Y ahí es donde quieren estar todos los bebés humanos, aunque estemos en pleno siglo XXI y no haya tigres de dientes de sable ni riesgo de morir de frío o hambre.

Ahora que ya tenemos una respuesta clara y consensuada de nuestros recién nacidos deberíamos preguntarnos si existe alguna razón objetiva y científica para no darles lo que quieren. ¿Por qué no permitirles dormir pegaditos a mamá, lactando a demanda durante las 24 horas del día? La ciencia más actualizada nos informa de que en estrecho contacto con el cuerpo de su madre el recién nacido no sólo duerme mejor, sino que también regula mejor su fisiología (temperatura corporal, latido cardíaco, etc.).

Solo encuentra un “pero” a esta situación: la muerte súbita e inesperada del lactante. Los expertos están estudiando a fondo este dramático fenómeno, y en los últimos tiempos parecen estar concluyendo que dormir en la misma habitación con el bebé es obligatorio para prevenir este tipo de muertes, pero en cuanto a meter al bebé en la cama del adulto ya hay más controversias. En principio, y según algunos de los últimos estudios, no debería ser un problema que un bebé lactante durmiera en la misma cama con su madre si ésta está sana, no toma drogas ni alcohol y ambos duermen sobre una superficie en la que el bebé no pueda quedar atrapado, su cabeza quedar cubierta por la ropa de cama o de la cual pueda caerse (nunca, nunca, nunca se debe dormir con un bebé pequeño en un sofá o sillón. Nunca). La lactancia materna es aquí un factor importante a favor de la seguridad del bebé. Como estas condiciones de seguridad son difíciles de controlar (¿Puedo dormir con mi bebé si me he tomado un vasito de vino? ¿es segura nuestra cama matrimonial? ¿me adormecerá demasiado este medicamento?... son dudas razonables que podemos tener a la hora de compartir cama con un bebé pequeño), las academias de pediatría recomiendan poner al bebé a dormir en su cuna al lado de la cama de los adultos en estos casos.

En los últimos años la cuna sidecar (unida a la cama del adulto y sin barreras entre ambas, lo que ofrece al bebé su propio espacio de seguridad a la vez que tiene libre acceso al cuerpo de su madre y facilita la lactancia nocturna) se empiezan a presentar como una solución aceptable para hacer colecho, incluso por las mismas academias de pediatría (aunque admiten que todavía no hay suficientes estudios sobre las mismas, por lo que tampoco la pueden recomendar).

El bebé mayor

Preguntemos ahora a los bebés un poco más mayorcitos. Desde los 4 meses hasta los dos años los mil bebés de nuestra encuesta también lo tendrán muy claro: siguen queriendo dormir con mamá. Y también quieren seguir mamando por la noche, si no es demasiada molestia. Hacia la mitad de este primer año algunos se pueden dejar convencer de tomar menos la teta por la noche, incluso de no tomarla, pero eso lo harán como un favor a su madre, no porque realmente les apetezca. La teta reconforta, relaja y adormece. Duermen mucho mejor con libre acceso a ella. Pero ¿Y nosotras? En muchas ocasiones es durante este periodo cuando tenemos que volver a trabajar, con los madrugones que eso conlleva y el desgaste diario. Ya no podremos dormir cuando duerme el bebé durante el día, como nos aconsejaron al principio de nuestra maternidad. Ahora necesitamos dormir por la noche, y necesitamos dormir bien. Algunas madres no tendremos ningún problema en seguir durmiendo muy bien junto a nuestro hijo, aunque este mame por la noche. Ni nos enteramos de todas las tomas ya que muchos niños ni siquiera necesitan despertar a mamá para engancharse al pecho.

Pero otros sí nos despiertan varias veces por la noche y nosotras no conseguimos dormir bien con ellos. También estamos los padres que dudamos si seguir con el colecho porque el pediatra nos ha dicho que ya “tenemos” que sacarlo de la habitación “por su bien”. Y entonces cae sobre nosotros todo el peso de la tradición heredera de la pediatría de principios del siglo pasado que considera malísima esta cercanía física entre padres e hijos, especialmente por la noche. Nos llueven amenazas tipo “no lo sacarás hasta los 18 años”, “así interfieres en su desarrollo”, “vas a destrozar la pareja”, “es el complejo de Edipo”, etc. Que no haya evidencias científicas para todo esto, no suele importar demasiado a sus defensores. Que, además, en los últimos años los estudios sobre el colecho hayan demostrado que el llamado “colecho intencionado” (el cual, a diferencia del “colecho reactivo”, no se practica como una reacción a los problemas de sueño del niño, sino desde la voluntad genuina de colechar) solo demuestra tener beneficios y nunca efectos nocivos, tampoco parece importarles.

Es entonces cuando aparecen ciertos profesionales que en sus bestsellers nos venden métodos sencillos, rápidos y baratos para “enseñar” a nuestros hijos a dormir solos. Nos aseguran que son métodos científicos profundamente estudiados y no hacen daño al niño. El problema es que conllevan dejar llorar al niño solo en su habitación, y eso duele. Duele mucho. Como duele, nos informamos un poco más y vemos toda una corriente de la pediatría del sueño en contra de dichos métodos. Aseguran que hacen daño a los niños (algo que nuestro corazón ya intuye porque oírlo llorar nos destroza), que no son éticamente aceptables y que la ciencia que los apoya es una ciencia obsoleta y sesgada por los determinantes culturales. Por supuesto, los primeros negarán todo esto asegurando que son opiniones “pseudocientíficas”. Pero un estudio detallado de la bibliografía científica nos pone en evidencia que de pseudocientíficas nada. Lo pseudocientífico sería asegurar que el colecho intencionado es nocivo para nuestros hijos, porque está demostrado que no lo es. Ante esta realidad, muchos optamos por seguir colechando, aunque eso suponga adaptar la habitación de matrimonio con una enorme “cama familiar” para que podamos dormir todos cómodamente. En ocasiones podemos comenzar a intentar convencer al bebé de no mamar por la noche, y que así nos deje dormir más horas seguidas, con métodos respetuosos como “el plan padre” o “la teta cansada”. El objetivo es que todos durmamos lo mejor posible.

A partir de los dos años

A medida que nuestra muestra de niños va haciéndose mayor irá disminuyen ese enorme consenso en cuanto a dónde quieren dormir. Poco a poco cada vez más niños nos dirán que no tienen problemas para irse a su propia habitación. Algunos estarán deseándolo, incluso, mientras que otros aceptarán el cambio un poco conquistados por nuestra promesa de ponerles esas cortinas tan molonas de planetas y estrellas que les gustan tanto, o hacerles un precioso castillo con las literas nuevas. El caso es que inevitablemente llega el día en el que el consenso de la muestra es el contrario al que habíamos tenido hasta ahora: la gran mayoría de niños quieren su propio espacio y su propia habitación. Incluso a una determinada edad prefieren no compartir habitación ni con sus hermanos.

Curiosamente, no se han cumplido las terribles amenazas de los que se aferran a la vieja escuela del sueño infantil. No sólo los niños son perfectamente capaces de dormir, y dormirse, solos; también son niños sanos, equilibrados e independientes que muy seguramente ni siquiera tengan miedo a la oscuridad. Además, deciden dormir en su habitación propia mucho antes de cumplir los 18 años, echarse novia o ir a la universidad. De hecho, ese momento llega muy pronto. Tan pronto que a los padres nos suele pillar desprevenidos (sobre todo si nos creímos eso de que “no te los vas a sacar de encima hasta la universidad” y ya estábamos concienciados) y, de repente, nos encontramos con esa enorme cama familiar toda vacía, y ahora somos nosotros los que no podemos dormir de pura melancolía.

Y es que, cuando te conviertes en madre y en padre las noches con bebés y niños pequeños pueden ser muy largas, larguísimas...

pero los años son muy muy cortos. De corazón os recomiendo: disfrutadlo a tope mientras dure y no os dé miedo. Abridle la puerta al colecho familiar.

María Berrozpe es doctora en Biología, Máster investigación social de la comunicación científica y autora del ensayo el Debate sobre el sueño infantil

Autora del Libro ¡Dulces sueños!, Cómo lograr que tus hijos duerman