Cómo establecer el apego con los hijos adoptados

No es fácil y a veces resulta doloroso ver cómo nuestras expectativas no son como nos las imaginábamos

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No basta con crear ese vínculo emocional entre padres adoptivos e hijos adoptados. Después, habrá que fortalecerlo y consolidarlo, de manera que dicho vínculo acabe siendo sinónimo de un apego seguro, completo e incondicional.

Katya fue adoptada hace 15 años por una pareja española. Hoy es una adolescente normal e integrada que va a la universidad. Sin embargo, no siempre todo fue tan fácil. Sus padres recuerdan una anécdota de cuando Katya tenía cinco años y llevaba poco tiempo en España. Según cuenta su padre adoptivo, un día, y después de una discusión (una de tantas de aquellos días), Katya anunció, muy rabiosa, que se iba de casa. Antonio, el padre, se recuerda a sí mismo “muy seguro y tranquilo” respondiendo a su hija: “si haces eso, llamaré a la policía, te buscarán por toda la ciudad y, quieras o no quieras, volverán a traerte de vuelta a casa”. Katya, en lugar de lanzar a los cuatro vientos los gritos y palabras malsonantes por todos esperadas, puso todo su empeño en ocultar la sonrisa y la expresión de satisfacción que la contundente respuesta paterna la había causado. El doctor Sergio Oliveros Calvo es psiquiatra y director de Grupo Doctor Oliveros En realidad, para él “una situación así habría sido la superación de una de las muchas pruebas que los niños adoptados -y, sobre todo, aquellos que han sido abandonados por sus padres biológicos- ponen a sus padres adoptivos para asegurarse de que en verdad son queridos por estos”.

Miedo a ser abandonado... de nuevo

Hasta que esa necesidad no desaparezca, los actos y pensamientos del menor estarán influenciadas, en mayor o menor medida, por la sensación de que, antes o después, volverán a vivir un abandono y soledad ya conocidos. Isabel González Villalobos, psiquiatra infantil, cree que “por esta razón, de forma más o menos evidente, el pequeño siempre estará reclamando, a sus padres y cuidadores adultos, atención, cuidados y afectos... en resumen, lo que espera es que lo quieran. La capacidad de estos para responder a esta constante demanda será lo que determine la forma, y la fortaleza, con la que el niño logrará establecer vínculos emocionales con sus padres... y muy especialmente con su madre”. Esto es debido, según, la doctora Villalobos “a que el vínculo emocional afectivo materno es, se podría decir, un cordón umbilical psíquico que permite al niño nutrirse afectiva y emocionalmente de su madre. Por este motivo, al ser abandonado por su madre biológica, es como si al niño le arrancasen, a la fuerza, ese cordón emocional, quedando en su lugar, una dolorosa herida”.

El agravante del orfanato

Cuando el niño procede directamente de un orfanato, el trastorno del vínculo suele manifestarse con especial relevancia, habitualmente a través de otros comportamientos (problemas de atención, de autocontrol, del aprendizaje, dificultades al manejar las emociones, problemas de identidad en la adolescencia...). En palabras del doctor Sergio Oliveros “cuando el niño llora, la madre o el cuidador atiende sus necesidades: le da de comer, lo duerme, lo abriga... lo cuida. Esto no sucede del mismo modo en un orfanato. No se atienden individualmente las necesidades fisiológicas o afectivas, sino de forma colectiva. Por esta razón, el niño no aprende a establecer relaciones emocionales sanas”. El resultado es que el niño tenderá a ver a su familia y entorno de adopción, sobre todo al principio, como un medio hostil en el que, opina el doctor Oliveros “primará la desconfianza, la agresión, el rechazo y la evitación”.

Rehuye el cariño más cercano

De puertas para afuera, los niños adoptados puede que muestren una conducta social cercana y simpática. Como sustituto del vínculo afectivo perdido, el pequeño irá creando unas defensas basadas en la seducción interesada. Saludarán a todo el mundo y se auparán a los brazos de cualquiera... cualquiera que no sean sus padres adoptivos. Para la doctora Villalobos “cuando los padres adoptivos intenten abrazar al niño, o tenerlo en brazos, es muy probable que no se deje. Conseguir que esto cambie, ser capaces de desarrollar un vínculo emocional, puede ser largo y difícil para los padres. Sin embargo, es fundamental establecer ese nuevo vínculo desde el afecto, con paciencia y comprensión. Aun así, aunque el niño sea reacio, en un principio, a la recepción del cariño de sus padres, la propia necesidad del menor de contar con ese vínculo propiciará que el miedo y las resistencias iniciales vayan desapareciendo”.

Crear y luego fortalecer

No basta con crear ese vínculo emocional entre padres adoptivos e hijos adoptados. Después, habrá que fortalecerlo y consolidarlo, de manera que dicho vínculo acabe siendo sinónimo de un apego seguro, completo e incondicional. Para conseguir esto, el niño necesitará sentirse seguro para poder, así, llegar a confiar en sus nuevos padres. Estos, por su parte, deberán ofrecer a su hijo un entorno estable caracterizado por una vida regular, sin sobresaltos y con reglas claras.

En cualquier caso, nunca habrá que bajar la guardia... pues puede que el peligro del ya mencionado trastorno del vínculo se manifieste con una mayor crudeza en el momento en el que, al ir quedando atrás la niñez, el menor vaya entrando en la adolescencia. Según el director de Grupo Doctor Oliveros “la búsqueda de una identidad propia, la desconfianza hacia los adultos, la incomprensión del propio pasado, el sentimiento de injusticia hacia sí mismo... todo eso puede convertirse en un coctel explosivo que los padres habrán de saber afrontar con una combinación de afecto; comunicación basada en diálogos sencillos y cercanos; buenos hábitos de comportamiento; comparto de experiencias con otros padres que estén viviendo (o hayan vivido) situaciones parecidas; permitir al hijo adoptado tener, para sí mismo, su propio espacio y tiempo”. A partir de aquí, y si fuera necesario, los padres tendrían que buscar algún tipo de intervención profesional. Para la doctora Villalobos “la asistencia profesional tendría que estar basada en terapias y técnicas que puedan ayudar, al menor adoptado, a establecer patrones de relación y vínculos emocionales que, en su momento, no se desarrollaron... pero que pueden (suelen) llegar a desarrollarse”. Katya es el mejor de los ejemplos.