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El gran tema tabú: las madres tóxicas

No siempre la madre es una buena madre. Y no ser una buena madre tiene poco que ver con lo que la mayoría imagina

  • El gran tema tabú: las madres tóxicas

Tiempo de lectura 8 min.

06 de mayo de 2018. 08:53h

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Gema Lendoiro Madrid. 7/5/2018

La relación con la madre es de las más importantes que se establecen en la vida. De ahí que si esta es mala las consecuencias para el hijo y, muy especialmente para la hija, pueden generar muchos conflictos en la personalidad del adulto. La figura de la madre es sagrada en prácticamente todas las culturas y a lo largo de la historia. Sin embargo no siempre la madre es una buena madre. Y no ser una buena madre tiene poco que ver con lo que la mayoría imagina. Ser una buena madre implica generar una serie de sentimientos en los hijos que conduzcan a caminar seguros por la vida. Esto, que parece tan de serie, no siempre sucede y cuando una mujer no ejerce como madre tal y como la psicología de su hijo requiere, lo más probable es que este no solo no pueda reconocerlo de adulto sino que, es bastante lógico que no quiera hacerlo. Reconocer que una madre no ha sido una buena madre es duro y no siempre se puede llegar a dicha conclusión.

¿Pero qué es exactamente una mala madre? ¿O eufemísticamente una madre no buena? Básicamente es lo que se conoce como una madre tóxica. Olga Carmona, psicóloga que atiende en Psicología Ceibe y con una dilatada experiencia profesional define a una madre tóxica como “aquella que establece con sus hijos una relación insana, basada en un vínculo patológico que obstaculiza el normal desarrollo psicoafectivo de sus hijos”. ¿Significa esto que no quieren a sus hijos? “Cuando decimos que hay madres y padres que no quieren a sus hijos parece que esto fuera imposible porque es anti natura y sin embargo es bastante más frecuente de lo que nos gustaría creer ya que el amor es un constructo abstracto y cada persona hace una construcción de su significado de acuerdo a su biografía, a su personalidad, a su historia. Y, efectivamente, hay seres humanos que no tienen la capacidad de amar”, sostiene.

Decir que hay madres que no saben o no pueden amar a sus hijos es atentar contra uno de los tabúes más sagrados de prácticamente todas las sociedades, donde se venera a la figura de la madre y nadie lo cuestiona. Y esta creencia marcada a fuego en el consciente colectivo, les confiere a estas mujeres tóxicas un poder casi absoluto pero, ¿cómo son esas mujeres? La experta lo detalla: “Suelen ser mujeres que han llegado a la maternidad por caminos que se alejan bastante de un mínimo nivel de conciencia y de libre elección, mujeres empujadas por la edad, por la presión social, por no ser cuestionadas, por hacer una huida hacia adelante, por tener una idea romántica e infantil de lo que verdaderamente es tener un hijo; porque no nos engañemos, para las mujeres antes y ahora, renegar de la maternidad o simplemente ejercer el derecho a no serlo, no es algo aprobado por la sociedad”, afirma.

Aquellas mujeres que han decidido libre y abiertamente no ser madres han sido miradas con recelo y suspicacia por la mayoría de su entorno, sin embargo, agrega, “aceptaron gestar, parir y criar como algo inevitable”. “Y la maternidad no es fácil, es un camino complejo, una experiencia vital que no deja intacta ni una sola molécula de nosotras mismas, transformadora siempre. En este contexto no es difícil explicar que algunas de estas mujeres, atrapadas también por su propia crianza dañada, reproduzcan la herida y establezcan con sus hijos relaciones que nada tienen que ver con el amor incondicional, generoso y maduro que un niño necesita para poder aprender a ser”.

El gran tema tabú: las madres tóxicas

Varias maneras de ser una madre tóxica

Existen varias versiones de madres tóxicas. Están las que se victimizan y usan la culpa como principal estrategia de manipulación, las negligentes que convierten en madres a sus hijas en un perverso intercambio de roles, las ambivalentes que tratan a sus hijos en función de su estado de ánimo o interés, las abnegadas que hacen todo por ellos para después pasar unas facturas emocionales y vitales imposibles de pagar...Se trata, explica Carmona “en la mayoría de los casos de mujeres muy narcisistas o infantilizadas”. Otras, agrega, “son mujeres amargadas, cuya vida no se parece en nada a lo que esperaban, profundamente infelices, que usan de chivo expiatorio a sus hijos proyectando en ellos el foco de su insatisfacción. Y aunque estoy poniendo el acento en las madres en tanto su sombra es enormemente alargada y su influencia total, necesitan un cómplice que retroalimente su toxicidad. Lo habitual es que la pareja tenga ya una forma de relacionarse patológica y obviamente, esto trasciende a los hijos. Por lo tanto donde hay una madre tóxica podemos hablar de un sistema tóxico o enfermo, altamente contagioso. Los hijos son rehenes atrapados que crecerán dentro de él, normalizando lo anormal, lo que hace tan difícil de detectar más tarde la causa de las heridas”.

El gran tema tabú: las madres tóxicas

Al final, el legado que estos hijos heredan tiene varios denominadores comunes: inseguridad, baja autoestima, relaciones personales de dependencia cuando no directamente de maltrato, necesidad extrema de aprobación, autoexigencia brutal, reproducción de patrones vinculares tóxicos, dificultades para establecer relaciones con profundidad emocional, sentimiento de insatisfacción y vacío vital. La mayoría no saben por qué, no encuentran la razón de sus fracasos emocionales o vitales. “Para un ser humano es muy difícil encajar esa falta de amor primario, ese desamparo absoluto, ese aprendizaje deformado de cómo es verdaderamente sentirse querido y en muchos los casos, explica la psicóloga, resultan ser personas exitosas y competentes en lo profesional porque han encontrado ahí una fuente de autoestima del que tienen el control: La autoexigencia, el perfeccionismo, el tratar de estar siempre a la altura de unas expectativas voraces o ambiguas, que nunca se satisfacen, construyen modelos de personalidad que ponen gran parte de energía en demostrar de lo que son capaces. Han interiorizado que tienen que demostrar que son dignos de ser queridos, pero no por quienes son, sino por lo que hacen. Aprendieron que la atención, la caricia, la palabra amable, eran condicionales, había que ganárselo, demostrando algo”.

Pero en lo personal –agrega- “van a literalmente a la deriva, como islotes aislados que flotan sin control, acumulando fracasos y vacíos para los que no hay respuesta. La ausencia de un amor parental sano crea estructuras psíquicas desorganizadas que afectan a muchas áreas de la personalidad, por ejemplo un estado crónico de avidez afectiva, un miedo patológico al abandono, ansiedad generalizada, percepción de no merecer ser querido, rabia e ira, depresión, consumo de alcohol y otras drogas...”

A esta indefensión crónica hay que sumarle la incomprensión de los otros: “una sociedad dispuesta a mirar para otro lado ante una realidad tan antinatural, tanto que muchos llegan a dudar hasta de su propia salud mental porque a años de maltrato emocional, hay que sumarle el silencio y la falta de apoyos. Y esta una realidad tan desconocida y tan tapada, tan oculta en el corazón de cada familia, que la mayoría de los psicólogos que pasen por sus vidas no sabrán gestionar y les dirán que para sanar “deben perdonar”, dejándoles otra vez solos y confusos.

Sin embargo, yo no creo en el determinismo. Conozco de primera mano la capacidad de superación y resiliencia que habita en cada persona. Siempre hay una cuota de libertad que nos permite tomar el control de nuestro presente y trabajar para el futuro. Pero no es posible hacerlo a ciegas, tapando o deformando el pasado, reinventado el relato de nuestra historia a fin de que hacerlo menos doloroso, justificando a quienes nos causaron una herida tan profunda. Se requiere voluntad y sobre todo mucha valentía, nombrarlo, traerlo a la conciencia tal y como fue, sin adornos, y desde ese dolor hacer un duelo, reconocer la orfandad de los padres que no tuvimos, asumiendo sin culpa alguna que la madre y el padre no se eligen y que venimos al mundo programados para amar a quien nos toque para criarnos. Tomar la decisión interna de poner distancia emocional y física de quienes no supieron querernos y apostar por no legar a nuestros propios hijos basuras emocionales que no merecen”, concluye la experta.

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