Los hijos no son propiedad privada de los padres

Cuando la vida de los hijos se dirige a que sea lo que los padres quieren

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Madrid.

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21 de febrero de 2018. 19:59h

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Madrid. 24/2/2018

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Venimos al mundo llenos de cualidades y talentos. Lejos de lo que piensa la psicología al uso, los niños no están vacíos, sino que son seres llenos de conciencia y aptitudes que desarrollan gracias al apoyo de sus padres. Los hijos necesitan a los padres, sí. Aunque están llenos de cualidades y talentos, aunque son pura conciencia, dependen para sobrevivir físicamente de ser cuidados. Dependen de adultos que garantizan el alimento, el calor y un hogar.

Al igual que el cuidado físico es responsabilidad paterna, lo es igualmente reconocer que los niños no son sólo cuerpos físicos sino seres espirituales. Aunque hoy en día no abunde este discurso, la misión de los padres es sagrada y trata fundamentalmente de acompañar a los hijos a la expresión de los valores y principios que traen consigo, de apoyar el desarrollo máximo de sus capacidades, las que llevan dentro y son fiel reflejo de Su Naturaleza.

Si bien los niños llegan al mundo plenos de conciencia y exentos de capacidad de supervivencia, nosotros los adultos, los educadores y los padres, navegamos en una extraña paradoja: la de tener aparente capacidad de supervivencia (dado que podemos conseguir el alimento por nuestros propios medios) pero nos mostramos con muy poca conciencia. Conciencia quiere decir darnos cuenta de la realidad, que un hijo es fruto del amor y que no nos pertenece.


La falta de conciencia de los padres anula la personalidad de los hijos

En este sentido de poca conciencia, la educación de los padres suele consistir en modelar a los hijos, con mejor o peor acierto, con la pretensión de que se adapten a la sociedad y tengan éxito profesional. En otros casos puede ser que un padre espere del hijo que le cuide durante toda la vida. Se trata pues de un propósito que no es educativo dado que no considera desarrollar las cualidades y talentos, sino crear una imagen que más apunta a frustraciones personales que a verdaderos deseos de acompañar el alma del hijo.

La tentación es grande. Y es la percepción ciega de propiedad privada la que explica que los padres eduquen a los hijos como objetos y no como sujetos. Hay padres que ya, antes del nacimiento, han previsto el futuro de sus hijos. Son padres que han diseñado un plan para el hijo, como si de un viaje se tratase. No conciben que los hijos tengan capacidades que deban desarrollarse. Están centrados en el propio deseo de que los hijos se conviertan en lo que, como adultos, ellos han pensado para quien no es adulto. Se sienten atrapados en un hábito de coerción que ejercen amparados por un motivo egocéntrico más que educativo.

En definitiva, no les interesa la individualidad del hijo, ni siquiera se plantean que éstos son seres dependientes de pequeños pero autónomos en potencia. Que serán adultos que sólo pueden vivir gracias al alma que les ha sido dada. Este proceso de evitar tomar conciencia de la realidad de Ser del hijo, lleva al hijo a considerar que ha venido al mundo a complacer los deseos del padre o la madre.

En las mediacionesfamiliares que apoyo, llegados a este punto, se cierne sobre padres e hijos un ambiente de tensión y confrontación. Por una parte,el padre no entiende que el hijo no quiera ser lo que el padre ha pensado que es lo mejor para él. Por otra,
el hijo, deseoso de complacer al padre en contra de lo que realmente siente, de sus cualidades y aspiraciones, esconde en silencio sus propósitos y se inmersa en el rencor inevitable. Lo que está pasando es claro: el hijo se sientedañado ensu dignidad como hombre. Entonces no reacciona y entra en denigración personal. Sin darse cuenta culpa al padre pero no lo dice. Se nota que lo culpa pero no lo dice.



No hay culpables en esta situación

Sería fácil y oportunista por mi parte cargar las tintas de la responsabilidad de esta situación sobre el padre, dado que es quien se supone ser un adulto, el cual, a su vez, se supone que ha tomado la decisión de ser padre. He hablado aquí de dos suposiciones que pueden ser reveladoras. Dado que, por mor de la falta de conciencia, no todos los padres son adultos de verdad ni han elegido ser padres. La madurez emocional y el hecho de ser adultos responsables no tiene nada que ver con la edad.

Plantear el otro lado, que la responsabilidad es del hijo, equivale a que el hijo distinga entre culpa y responsabilidad. Aunque en la infancia el padre pudo dirigir los derroteros del hijo, restablecer la propia dignidad como hombre y como hijo es un asunto privado. Mantener la idea de que el padre es culpable de la situación introduce al hijo en un sentimiento de victima irresoluble. Más aún, no asumir la propia responsabilidad ante la vida, es mantenerse en la perspectiva de ser eternamente un objeto que es propiedad privada del padre.

Dejar libres a los padres de las acusaciones de nuestro sentimiento de víctima es liberador, como lo es percibirles como son en realidad, seres de carne y hueso que, intentando ser adultos, a veces lo consiguen y a veces no. La responsabilidad del hijo es darse cuenta de que supone que el padre pudo ser como no fue. Asumir la propia dignidad y el propio camino es la clave, aún a riesgo de confrontar los deseos de los padres. Una vez que respiramos sin depender de la aprobación de los padres y vivimos en primera persona sobreviene la gran pregunta... ¿no es adulto quien más conciencia tiene?

Antonio Galindo Galindo es psicólogo en Asesores Emocionales, un equipo de profesionales de la psicología que dan respuesta a las necesidades de cambio de las empresas, hospitales, colegios, público en general e instituciones modernas, apoyándose en el cambio de las creencias personales y el análisis de cómo los miembros de una organización o personas individuales, la perciben, viven y sienten.

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