Familia

Ni media broma, ninguna gracia

Elige arma y padrino

Que un montón de cómicos protagonicen una campaña bajo el lema “ni media broma” no tiene ninguna gracia. Y sí, esta semana empiezo mi columna así, a capón. Que se me estaba haciendo bola el temita. Os cuento.

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Que un montón de cómicos protagonicen una campaña bajo el lema “ni media broma” no tiene ninguna gracia. Y sí, esta semana empiezo mi columna así, a capón. Que se me estaba haciendo bola el temita. Os cuento.

El pasado sábado me llegó por mail el vídeo de la campaña del gobierno con motivo del Día internacional contra la violencia de género, pero no le hice mucho caso. En el frame congelado aparecía un señor muy serio, sobreactuado y desconocido por mí. Así que verlo era una de las últimas opciones que barajaba para perder el tiempo. Ver a un tipo pasándolo mal por no tener un retrete cerca cuando más lo necesita no es mi idea de entretenimiento. Un rato después, sin embargo, volví a verlo en el muro de facebook de un amigo. A la tercera ocasión en que el señor hiperserio me miraba desde la pantalla con cara de reprocharme algo que yo desconocía haber hecho, me armé de valor y pulsé play. No ha sido mi idea más brillante, lo confieso.

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Durante 55 interminables segundos veo desfilar ante mis ojos a un montón de gente seria. Empiezan sin decir nada hasta que me advierten con un rótulo de que los mejores cómicos de este país tienen algo que decirme. Bueno, rectifico, me advierten de que “las mejores cómicas y cómicos de este país, tienen algo que decirme”. Yo, que soy un poco tiquismiquis, siento una punzadita en el corazón al leer ese “las” que no concuerda con el masculino genérico. Supongo que mi mentalidad patriarcal me ha jugado una mala pasada. Una vez más, maldita sea. El caso es que me preparo para lo peor. Sus caras no dejan lugar a dudas. Ha pasado algo terrible y todos los cómicos y cómicas del país (o, al menos, los mejores. O las mejores. O lo que sea) me lo van a contar. Aparece entonces una morena, más enfadada que el resto, y me espeta un no rotundo en la cara. Y otra vez planos cortos de gente seria diciendo NO. Yo me siento culpable ya sin saber qué he hecho para molestar tanto a esta buena gente. Me comunican a continuación que no van a hacer el chistecito que estoy esperando. Y yo os juro que a estas alturas lo último que me esperaba era un chascarrillo. Todo este mal rato para acabar diciéndome más enfadados que al principio que, ante la violencia machista, ni media broma.

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No doy crédito.

Apago el ordenador. Reinicio el router. Enciendo el ordenador. Busco de nuevo el vídeo. Le doy a play. Vuelvo a verlo. No entiendo nada. Vuelvo a verlo. Me pongo de mala leche.

Lo primero que me inquieta es que, de los mejores cómicos de este país en el que vivo, solo reconozco en el vídeo a Buenafuente, a Piedrahita, al de los apellidos vascos cuyo nombre nunca recuerdo, a dos chanantes y a Carolina Cerezuela. Tardo tres días en descubrir (gracias, Julio) que Carolina Cerezuela es, en realidad, una tal Berta Collado que me suena ligeramente de un programa de hace unos diez años. Así que, técnicamente, solo conozco a cinco. Solo cinco de los mejores cómicos de España entera. ¿Pero a mí qué me pasa? No sé, por ejemplo, quienes son ninguna de las cómicas. Supongo que también será machismo esto, pero a mí me parecen ganicas de paridad a costa de lo que sea por parte del creativo. Llamadme mal pensada. Apunto en mi libreta de Cosas Importantes ponerme al día con el panorama humorístico de calidad en esta mi patria, sobre todo en lo que a féminas se refiere. Subrayo en fluorescente.

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Continúo con lo mío y no consigo entender cómo los mejores cómicos, desconocidos por mí en su mayoría pero lo voy a solucionar, se han prestado a dar su imagen para una campaña bajo el lema “ni media broma”. Vale que la causa es loable. No conozco a nadie a favor de la violencia de género. Ni de ningún tipo de violencia, de hecho. Toda violencia es condenable y en eso estamos todos de acuerdo. Pero eso no justifica el mensaje que se lanza con esta campaña: que hay cosas sobre las que no se bromea. Qué irresponsabilidad.

Vivimos tiempos en los que se secuestra una revista por una portada con la caricatura de los reyes en plena faena sexual, en los que un juez ha sido condenado a pagar miles de euros por publicar un poema jocoso sobre Irene Montero, donde un humorista es llamado a declarar por un sketch en el que se suena los mocos con una bandera o una twittera es juzgada por hacer chistes sobre Carrero Blanco. Tiempos en los que han sido asesinados dibujantes satíricos por seguir haciendo humor pese a las amenazas de radicales. ¿Es este el mejor momento para que los cómicos de este país lancen la consigna de que hay cosas con las que no se bromea? Pues yo creo que no.

Y en caso de que así fuera, en el caso de que aceptáramos todos que hay cosas con las que no se puede bromear bajo ningún concepto ¿Cuál es el límite? Nos queda claro, porque nos lo han dicho cansinamente durante los 55 segundos más largos que recuerdo haber vivido, que con la violencia machista no se bromea. Así que quiero suponer que, aplicando el mismo baremo, tampoco se debe bromear con la violencia hacia los hombres. Y muchísimo menos con la violencia hacia los niños. O hacia los ancianos, los discapacitados físicos o los discapacitados psíquicos (diagnosticados o sin diagnosticar). ¿Podríamos bromear con ancianos en plenas facultades físicas y psicológicas que no han sufrido daños por parte de otros? ¿Y si cojean levemente? ¿Si se quedan dormidos viendo la tele y disimulan cuando descubren que les miras se puede? ¿Dónde paramos? Porque yo permitiría hacer bromas con pelirrojos, disléxicos y murcianos, pero a lo mejor se consideran discapacidades en mayor o menor medida. ¿Dónde está el límite? ¿Con los muertos podemos? ¿Con la guerra, la tortura, el fracaso, el sufrimiento, la enfermedad, la religión? ¿Cáncer no pero apendicitis sí? ¿Católicos sí pero judíos no? ¿Síndrome de Down no pero intolerancia a la lactosa sí? ¿Dónde está el límite, por Dios?

Creo que el humor no debería tenerlos. Es más, debería explorarlos. Llegar hasta lo tabú, lo inesperado, lo vedado. Y cruzar esa línea. El humor va íntimamente unido a la libertad de pensamiento y de expresión. El humor puede ser negro, infantil, de peor o mejor gusto, sofisticado o burdo, inteligente, sutil, grosero, mordaz, sarcástico. Puede hacernos o no hacernos gracia. Puede indignarnos, molestarnos, ofendernos, enfadarnos. Puede hacernos reír o no conseguirlo. Pero debería estar por encima de nuestras particulares reacciones ante él.

Quizás lo que deberían decirnos los mejores cómicos de este país (voy a buscar los nombres de todos y a memorizar sus caras, lo prometo), porque urge, es que reírse de un chiste sobre un enfermo de cáncer no es reírse de todos los enfermos de cáncer de todos los tiempos. Ese chiste podrá ser de mal gusto, podrá incluso no hacernos gracia o ser inoportuno. Pero no se ríe de los enfermos de cáncer. De ninguno de ellos. Igual que reírse de un chiste sobre mujeres maltratadas no significa que nos haga gracia que ninguna mujer sea maltratada. Faltaría más. Significa que nos ha hecho gracia ese chiste. Solo eso. Y no deberíamos disculparnos por ello.

Reírse de aquello que nos hace daño, de lo que hiere y asusta, es una terapia estupenda. Es catártico y liberador. Riendo se puede, incluso, hacer llegar a otros conceptos e ideas que de otra manera seríamos incapaces. ¿Por qué razón deberíamos dejar de hacer algo así?