Perdonen nuestras ofensas

La tasa de personas ofendidas por todo es la nueva religión del siglo XXI y, lo que es peor, proliferan como setas

  • Señor de Murcia muy enfadado y ofendido después de escuchar un chiste sobre su pueblo
    Señor de Murcia muy enfadado y ofendido después de escuchar un chiste sobre su pueblo / Pexels
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Madrid.

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22 de diciembre de 2018. 15:17h

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Rebeca Argudo Madrid. 23/12/2018

Esta semana, pese a no ser muy de firmar peticiones porque no creo en la salvación del mundo a golpe de “clíquiti”, he firmado una, iniciada por Eduardo Laporte, que me parece muy necesaria y hermosa: una petición para que la RAE incluya entre sus filas la palabra AGELASTA, del griego “el que no sabe reír”, para referirse a los ofendiditos de la vida. La plaga de 2018, que (casi) en paz descanse.

El siguiente texto de Milan Kundera acompaña la petición:

«Hay personas a quienes admiro por su inteligencia, a las que estimo por su honestidad, pero con quienes no me siento a gusto: censuro mis comentarios para no ser mal interpretado, para no parecer cínico, para no herirlas con una palabra demasiado leve. Ellas no viven en paz con lo cómico. No se lo reprocho: su agelastia está profundamente anclada en ellas y no lo pueden remediar. Pero yo tampoco puedo remediarlo y, aun sin detestarlas, las evito de lejos».

A los agelastas se les reconoce fácilmente, entre otras cosas, porque viven pegados a la literalidad. Como si la literalidad fuese el culo de una señora gorda embutido en unos vaqueros de saldo y ellos un chicle masticado y escupido en el asiento de un bus, que ha visto como sus días de gloria en la boca de una adolescente quedaban atrás. Y ahora está ahí, irremediablemente condenado a besar el trasero de una obesa mórbida. Y como no pueden despegarse de la literalidad, porque el truco del cubito de hielo es mentira y no funciona, nos obligan a los demás a mirar todo el tiempo el culo que no hemos elegido ver. Da igual que te desgañites explicando que hay un matiz, un contexto, una circunstancia previa que lleva a esa reflexión que tanto les ha ofendido. Da igual que les hagas un esquema o un croquis, que cuelgues polaroids, post its e hilos de colores en la pared y expliques, con paciencia infinita y método de asesino en serie, la secuencia. Eso no importa. La agelastia es más fuerte que ellos. Es su particular Vietnam.

Es eso lo que les dificulta tanto entender lo cómico, lo hilarante, lo meramente humorístico. Para ellos el humor es algo superficial e hiriente que está ahí para ofender. Así que no se tiene en cuenta. Se pasa de largo porque la vida es algo muy serio como para tomársela a broma. Y ve tú a explicarles que no es eso.

Están convencidos, además, de que aquello que ellos interpretan de tus palabras es exactamente aquello que han oído o leído. Es exactamente lo que has dicho y lo que querías decir. Hablar con ellos es como jugar al teléfono roto de nuestra infancia en modo enloquecido, así que te sorprendes a ti mismo explicando las cosas más obvias y tratando de hacer entender que no has dicho lo que dicen que has dicho a una pared de gotelé con patas y corte de pelo a la moda. Cuando la razón (no este periódico, sino la realidad de los hechos y el peso de los datos y la lógica, entiéndeme) no está de su parte, apelan a las emociones. Se convierte entonces la pared de gotelé en una madre tradicional de los sesenta en pleno ataque de ira, oscilando entre el lanzamiento de zapatilla en pasillo abierto y el discurso emocional más sentido. Un drama doméstico.

hombre enfadado y ofendido

Pero llega la Navidad y es tiempo de paz y de armonía. Y de castañas, y naranjas con clavos cerca de la chimenea, y calcetines. Inciso. Es curioso porque esto, la Navidad, me ha hecho pensar en una vez que le dije a mi amiga Carla que admiraba enormemente su flema británica al tratar con los agelastas, pues yo pierdo el tiempo intentando encontrar un sentido a lo que dicen, y buscando un punto de encuentro del que poder partir para crear juntos un diálogo y acaban sacándome de quicio. En aquel momento no los llamé así, agelastas, pero no me atrevo a reproducir aquí la (ordinaria) palabra que utilicé entonces. Ella me respondió que no era flema británica sino caridad cristiana. Y me encantó. Caridad cristiana. Es cierto, pobres criaturas. Y yo intentando razonar en lugar de compadecerles. Durante unos minutos, y gracias a Carla, creo que creí.

A lo que iba, la Navidad. Que como sigo siendo atea, no puedo pedirles nada a los reyes magos. Por un elemental sentido del decoro. Pero sí puedo pedir a Papá Noel, y desmentir de paso la gordofobia de la que me han acusado en alguna ocasión (¿hay alguien más gordo que Papá Noel?), que esta Nochebuena no me traiga ningún agelasta más. Que ya tengo suficientes. En realidad y para no mentir, confieso que cada vez tengo menos porque me pasa como a Kundera, que pese a admirar la inteligencia y honestidad de algunos y sin llegar a detestarles, les evito de lejos.

Así que no necesitamos más, Papá Noel, pero cuida de los que ya hay sobre la faz de la tierra. Compadezcámoslos. Que bastante tienen ellos. Debe ser un trabajazo estar todo el día indignándote por todo, vigilando qué palabra está fuera de lugar o qué idea expresada por cualquiera es manifiestamente ofensiva. Vigílales la tensión no vayamos a tener un disgusto. Y, si finalmente conseguimos firmas suficientes como para que la RAE incluya AGELASTA en su diccionario, regálales un ejemplar.

También, ya puestos, te pido un poco de vergüencita para ciertos personajes de la vida política que no hacen más que instrumentalizar tragedias para conseguir sus objetivos a base de inocular el miedo en la sociedad. Aunque para ello deban dejarse en el camino la dignidad y la decencia.

Y poco más, gordo. Gracias.

Son fiestas de disfrutar en familia, rodeados de los nuestros. Recordando con cariño a los que faltan, y cuidando y arropando a los que llegan. Así que los mejores deseos para todos me parecen pocos. Feliz Navidad.

A todos.

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