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¿Se puede rehabilitar a los abusadores sexuales? ¿Tiene sentido?

La respuesta a ambas preguntas es sí. Se puede y tiene sentido porque baja al 4% (del 18%) su reincidencia

  • ¿Se puede rehabilitar a los abusadores sexuales? ¿Tiene sentido?
    / EFE

Tiempo de lectura 8 min.

05 de febrero de 2018. 15:57h

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Gema Lendoiro 6/2/2018

El centro Noguerol de psicología está especializado en maltrato y abusos sexuales. La mayoría de los pacientes que acuden son víctimas de ambos delitos, las principales personas que deben ser tratadas y atendidas, pero tiene una particularidad, también atiende y trata de recuperar a los abusadores y a los maltratadores. Su forma de trabajo tiene dos vías. De un lado trata a los hombres que han sido víctima de abusos o maltrato para que no repitan el patrón y, por otro, ha colaborado con instituciones penitenciarias para tratar de rehabilitar a aquéllos que han sido condenados por alguno de los dos delitos. Bien cuando han tenido tercer grado o bien desplazándose a prisión. Porque la gran pregunta que, como sociedad tenemos que plantearnos es: ¿se puede rehabilitar un maltratador y/o abusador sexual?

Victoria Noguerol, experta psicóloga clínica en el tratamiento de ambos delitos, nos contesta en este artículo sobre el caso de los abusadores sexuales.

Según los últimos datos publicados por el Ministerio de Sanidad, Asuntos Sociales e Igualdad (2016) hablan de que el número de denuncias por delitos contra la libertad sexual fue de 9.869 casos (de un total de 2.036.815 infracciones penales denunciadas dicho año). Un reciente informe publicado por Eurostat nos coloca como uno de los países con menores denuncias de delitos de agresiones sexuales, por detrás de países como Suecia, Reino Unido, Islandia y Bélgica. Sin embargo –explica la letrada- “por nuestra experiencia sabemos que esta es sólo la punta del iceberg. Por ejemplo, la literatura científica muestra que en la infancia, la prevalencia del abuso sexual afecta a un 23% de las niñas y adolescentes y a un 15% de la población masculina (López, 1994)”.

Por lo tanto, la prevalencia de casos de agresiones sexuales, posiblemente, sea similar a la de otros países, aunque el número de denuncias y la visibilidad sean menores. Una de las variables que puede explicar esta circunstancia es el alto nivel de secretismo que rodea a las agresiones sexuales –sostiene Noguerol. En casos como el de “la manada” hemos visto como, además, cuando la denunciante realiza el esfuerzo de comunicarlo es sometida a un juicio social demoledor. Este secretismo aumenta en casos de abuso sexual infantil, donde un alto porcentaje se produce en el ámbito intrafamiliar. En un estudio realizado (Noguerol y Sanz, 2002)se encontró que en un 71,15% de los casos el agresor es el padre, en el 11,54% es el abuelo y el 7,7% es otro familiar. En las relaciones extrafamiliares el 11,54% es realizado por un conocido y el 3,84% por un extraño.

Por lo tanto, “las agresiones sexuales constituyen un grave problema en nuestra sociedad y su prevención y detección continúa siendo un reto”. Estamos convencidos de que nuestra línea de trabajo -explica Victoria Noguerol- que incluye la intervención específica para agresores sexuales, permite abordar esta problemática de una manera más integral. Para conseguir una prevención efectiva y evitar la reincidencia, el protocolo específico de intervención con esta población debe constituir uno de los objetivos prioritarios tanto en el campo de la psicología clínica como en el forense y judicial. Tratar al agresor es una forma de impedir que la violencia, más allá de la víctima de agresión sexual, se extienda a los otros miembros del hogar, los niños, lo que ocurre en un 30% o 40% de los casos (Echeburúa; Corral, 1998). La sensibilización y capacidad de detección debe extenderse al conjunto de la sociedad. A nivel de prevención, destacamos nuestra labor de psicoeducación sexual, a partir de la formación de profesionales y familias. La mayoría de ellos mantiene actitudes defensivas, un gran miedo y tabú al respecto que impiden una detección e intervención temprana. Resulta conveniente también la visualización del problema real, motivo por el que colaboramos, continuamente, en campañas de sensibilización a nivel nacional.

¿Se puede rehabilitar a los abusadores sexuales? ¿Tiene sentido?

¿Cómo se hacen? ¿En qué consisten?

La psicóloga tiene una fórmula de trabajo concreta: Para llevar a cabo una evaluación e intervención eficaz y rigurosa, lo primero es conocer las variables implicadas en el abuso sexual. Aunque cada caso de violencia es diferente y requiere de una intervención a medida, es importante tener en cuenta que un 40-60% de los agresores han vivido experiencias de maltrato en sus infancias como abandono, abuso, negligencia... Aunque no se puede establecer un perfil único de personalidad en el agresor sexual, sin embargo, sí que existen algunos rasgos comunes como puede ser una educación sexual culpabilizadora y negativa o experiencias de modelos familiares inadecuados.

Teniendo en cuenta estas variables y en base a nuestros casi 30 años de experiencia y constante actualización, desde el Centro Noguerol sabemos que como objetivos indispensables de intervención se encuentra que los agresores reconozcan su conducta como un problema; que asuman que, como tal, puede ser modificada; y el trabajo específico con la rabia contenida. Es recomendable también iniciar, en paralelo, el trabajo con su propia historia de victimización durante su infancia, que facilita la empatía con su víctima y reconoce su conducta actual. Una vez se ha iniciado cierto reconocimiento se interviene en las excusas y justificaciones. Un recurso interesante es su relato verbal y escrito. Se trabaja también la supresión de la excitación sexual disfuncional y el desarrollo de una excitación sexual adecuada. Por otro lado, una característica común en la mayor parte de los agresores sexuales es su déficit en habilidades sociales y expresión de sentimientos. El aumento de la autoestima es un objetivo muy importante, ya que incide directamente sobre la empatía hacia la víctima y ayuda a establecer mejores relaciones afectivas y sociales. De igual modo, cuanto mejores sean las estrategias y habilidades de afrontamiento de su conducta abusiva, mayor probabilidades tendrá de no recurrir al abuso sexual para descargar su rabia, ira o sentirse poderoso. Por último, es fundamental elaborar un plan de prevención de recaídas, donde el paciente conozca los factores que le han llevado a la violencia sexual, las situaciones de riesgo y las decisiones que toma hasta llegar a esta conducta, para así prevenirlas.

¿Son efectivas?

Sí. Las terapias psicológicas resultan efectivas –explica la psicóloga- y así lo avala nuestro largo recorrido y la literatura especializada cuando se dan circunstancias imprescindibles para la intervención como reconocer su problema, asumir su responsabilidad y mostrar motivación al tratamiento. Una reciente revisión de más de 50 artículos (Beech, Freemantle, Power, y Fisher, 2015) demuestra que los tratamientos con agresores sexuales tienen un efecto positivo, tanto en la prevención de la reincidencia sexual, como en la prevención de otros delitos.

Existe un estudio realizado en prisiones de Cataluña que refleja que “la reincidencia del grupo no tratado al cabo de cinco años fue de un 18%; sin embargo la del grupo tratado fue de un 4%”. La diferencia, por tanto, puede ser notable. La terapia con agresores sexuales es un trabajo complejo que requiere de una alta cualificación profesional y para la que es necesaria una mayor inversión de recursos por parte de las administraciones. Los problemas más habituales en el tratamiento con agresores sexuales son el absentismo, la baja motivación al tratamiento, y la resistencia al reconocimiento. Sin embargo, en nuestra experiencia en el centro Noguerol, como clínica privada, los agresores sexuales que acuden a intervención vienen de manera voluntaria, motivados por el entorno familiar y, en general, de manera regular.

En algunos de nuestros casos, el motivo inicial de consulta no es necesariamente el abuso sexual cometido, sino los hechos traumáticos vivenciados en la infancia que están interfiriendo en su vida actual. Una vez avanzada la terapia, cuando el vínculo ha sido establecido, se dan el permiso para contar las agresiones que ellos mismos han ejercido. Por ejemplo, un paciente de 20 años, tras meses de terapia, reconoció en sesión “Tengo una cosa que contarte que me da mucha vergüenza”. En otros casos, acuden a consulta condicionados por su familia y no por propia voluntad: “Estoy aquí porque me lo dice mi señora”. En este caso el reconocimiento es más laborioso, ya que no contamos con la motivación inicial del paciente. Otro tipo es el agresor menor de edad que tras la resolución judicial recibe la recomendación de hacer terapia privada para agilizar su reinserción en la sociedad.

¿Cómo se siente una mujer tratando en consulta a este tipo de hombres? La presión de la sociedad.

La psicóloga reconoce recibir presiones cuando cuenta que en su consulta acepta casos de abusadores. Su posición es como la de cualquier médico: hay que atender al ser humano más allá de su figura como delincuente (que lo es). Parece clara, además, que la terapia baja el número de reincidencia, de ahí que se reclame más ayuda a las administraciones para que los abusadores, una vez hayan cumplido sus condena, no salgan a la calle y reincidan como es el caso de tantos y que constanmente lo vemos en las noticias. “Mis primeros pasos en el tratamiento con agresores sexuales comenzaron en San Francisco, en el Centro para Problemas Especiales del Departamento de Salud Pública. El protocolo de intervención incluía un periodo de prueba y de preparación en el que que revisábamos nuestra propia historia, resistencias a la intervención con esta población, el balance en la vida presente y nuestros conflictos internos. Tras reflexionar individualmente y con el equipo, decidíamos si estábamos preparados profesional y personalmente para trabajar con abusadores sexuales. Una vez que se instala el Centro Noguerol en Madrid, continuamos manteniendo este protocolo”, explica.

En el plano de la intervención, ser mujer es una variable que puede dificultar el tratamiento. Resulta indispensable que la terapeuta haya desenredado sus resistencias, historia de vida, etc, que puedan estar interfiriendo. La clave de éxito está en la empatía, y para lograrla es necesario mirar más allá del abusador que tenemos delante. Al trabajar con él y sus experiencias traumáticas en su infancia, con su niño asustado, traumatizado, torturado, podremos así conectar con el ser humano que tenemos delante y empatizar con él. Esto nos permite luego trabajar con el adulto: el reconocimiento del abuso, modificación de sus creencias negativas, conductas, y hacer un trabajo comprensivo donde él también se puede desculpabilizar para asumir su plena responsabilidad.

Victoria Noguerol reconoce que no es fácil la presión que sienten por parte de la sociedad: Muchas veces nuestro entorno nos pregunta: “¿Pero cómo puedes trabajar con agresores sexuales...?”. El “enganche” a la intervención clínica con esta población viene explicado por la calidad y el refuerzo que obtenemos del resultado de la intervención en la mayoría de los casos. Cuando un superviviente consigue tomar las riendas de su vida, cuando recuerdas a un paciente el primer día y las dificultades con las que ha comenzado, cuando un niño consigue mantener la mirada sin miedo... Es muy reconfortante. La calidad de los resultados del trabajo clínico que realizamos con los pacientes con trauma es lo que da sentido a nuestro trabajo. Soy consciente de que puede resultar complicado de entender. Por ejemplo, yo no me puedo imaginar interviniendo en situaciones de emergencias hospitalarias”, reconoce.

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