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Iguadad de derechos

Todos los hombres malos

Si el anuncio de Gillette no te gusta, parecen querer decirnos, es porque eres machista y fascista. No hay más posibilidades.

Todos los hombres malos
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Las verdaderas feministas han visto aquí un caso claro de hombres que se deconstruyen y avanzan, con paso firme y rasurado perfecto, hacia esas nuevas masculinidades que van a llevarnos a la paz mundial.

Tengo que reconocer que ya no me engancho a las series como me enganchaba antes. Yo antes me sentaba delante de la tele con mis Facundo y una cervecita bien fría, y podía estar capítulo tras capítulo, completamente hipnotizada ante una buena trama, un magistral punto de giro o una muerte sorpresiva y dramática. Ahora ya no. Nada me sorprende. Todo me sabe a poco. Y la culpa es de este nuevo feminismo, el violeta, que me da todo lo que necesito a nivel argumental. Nunca sé por dónde me va a salir en el siguiente episodio, siempre me asombra con la siguiente ocurrencia y, cuando creo que va a llegar el final porque ya no es posible superarse, se saca de la manga un doble tirabuzón carpado con el que me vuelve a tener pegada a la pantalla del portátil con la boca abierta, sin dar crédito y dándole compulsivamente a “comando R” para refrescar noticias. Y esta semana ha venido cargadita. Como si estrenásemos temporada.

Ahora mismo voy por el episodio en el que una conocida marca de productos de afeitado pretende hacer creer a todo el mundo que es su conciencia social la que le ha empujado a denunciar en su nuevo anuncio algunas conductas inaceptables de los hombres. Y, con un par, se tira minuto y medio emitiendo, uno tras otro, un montón de tópicos simplistas sobre lo malos malísimos que son los hombres. Así, en general. Los hombres blancos y heterosexuales, claro. Que han tenido mucho cuidado de no ofender a ninguna minoría étnica con sus acusaciones de masculinidad tóxica.

Este capítulo, de todos modos, no tendría más recorrido de no ser por lo rápido que han salido en su auxilio ciertos medios tras las críticas recibidas por la campaña. Titulares como “si como hombre te ofende este anuncio tienes un problema” o “¿Por qué la ultraderecha está tirando los productos de Gillette a la basura?” son bastante sintomáticos del momento en que vivimos. Si este anuncio no te gusta, parecen querer decirnos, es porque eres machista y fascista. No hay más posibilidades. ¿Y si me ofende como mujer también tengo un problema? ¿Si tiro mis productos de esta marca a la basura es que soy ultraderechista? ¿Si no me ha gustado estoy en contra de la igualdad y a favor de que maltraten a cualquiera? ¿Somos machistas, fascistas, racistas y todos los -istas habidos y por haber? ¿Y los hombres feministas y de izquierdas a los que tampoco ha gustado? ¿Qué pasa con ellos? ¿Para ser feminista de primera (feminista bien, feminista fetén) te tiene que gustar este anuncio?

Pues mira, no. A muchos (y me incluyo como mujer en este masculino genérico que pienso seguir utilizando) no nos ha gustado este anuncio porque nos parece de un reduccionismo insultante. Porque consideramos que para vender maquinillas de afeitar no vale todo y es demasiado evidente el intento de instrumentalización de un movimiento social al que, estemos más o menos de acuerdo con él, no hay que restarle ningún mérito ni logro conseguido. A muchos no nos ha gustado que se insinúe que la genitalidad es la que marca la diferencia y que solo los que pertenecen a uno de los dos géneros son los depositarios de la maldad, la crueldad y la violencia. Muchos, demasiados, estamos muy hartos de esta guerra dialéctica mediante la cual todo aquel que no comulga punto por punto con la línea de pensamiento del feminismo más misándrico y victimista se le presupone mala fe.

Lo que no deja de ser irónico es que les parezca tan sincera y afectada esta campaña cuando, no hace tanto, la idea que del feminismo tenía esta concienciada marca era sacar al mercado maquinillas de afeitado de color rosa para que las mujeres pudiésemos depilarnos como a nosotras nos gusta. Supongo que, al contrario de todos los que vemos en esto una burda maniobra de márketing, las verdaderas feministas han visto aquí un caso claro de hombres que se deconstruyen y avanzan, con paso firme y rasurado perfecto, hacia esas nuevas masculinidades que van a llevarnos a la paz mundial.

Me gusta imaginar una precuela en la que el consejo de dirección de la multinacional en cuestión asiste, a la hora del almuerzo y todos juntos, a un taller impartido por las Towanda Rebels sobre deconstrucción y revisión de roles heteronormativos. Y a la salida, mientras comparten un batido orgánico de brotes de kale y semillas de chia en un local de moda con unas vistas increíbles, deciden que se acabaron los monos ajustados con el logo en el culo de las azafatas y dentro un anuncio emotivo para contribuir al cambio. Porque el nuevo feminismo debe ser liderado por diez hombres poderosos, trajeados pero muy sensibles, que nos digan a todos lo que está bien y lo que está mal.

Total, que aquí estoy. Con mis Facundo y mi cervecita, a ver cuál es la siguiente ocurrencia del guionista demente que urde la trama. Y tengo que reconocer que tras el despido de una embarazada por parte de una reconocida activista en pro de los derechos de las mujeres, la denuncia de abuso sexual por parte de un menor a una de las impulsoras del “metoo” y el inventazo de llamar “micromachismo” a cualquier acto realizado por un hombre que pueda incomodar mínimamente a cualquier princesa del guisante, a mí ya solo me podrían sorprender con manifestaciones de colectivos feministas en todas las ciudades en contra de unos resultados electorales legítimos en un estado de derecho.

Ah, no, espera, que eso ya ha pasado.

No, rectifico.

Ya no me sorprende nada.

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