Yo el 8 de marzo no paro y te explico por qué

La columnista rebeca Argudo, profundamente crítica con el actual movimiento feminista, explica las razones de su no huelga el próximo 8 de marzo

  • Imagen de la huelga del pasado 8 de marzo
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Madrid.

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07 de marzo de 2019. 17:08h

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Rebeca Argudo Madrid. 3/3/2019

¿Qué plan tenéis para el 8M? Que cae en viernes, no os digo más. Yo no voy a hacer huelga y no voy a ir a la manifestación, así que me pongo a vuestra disposición. Estaré trabajando, pero me declaro disponible para cuidar a quien haga falta, estudiar lo que sea y, por supuesto y sobre todo, consumir. Cervezas, tapas y en terraza, preferentemente. Espero que haga solete. Pienso, de hecho, gastarme en eso todo lo que gane ese día.

No se trata de una decisión tomada a vuelapluma. ¿Por quién me tomáis? Yo soy la clase de petarda que se lo lee todo antes de decidir. Y sí, me he leído el argumentario de la Federación Estatal de Organizaciones Feministas. Entero. Treinta páginas, que se dice pronto, de batiburrillo ideológico que me han costado un dolor de cabeza considerable, media dioptría y un tic en el ojo izquierdo. Parece redactado por un bonobo borracho con horror vacui al que le hubiesen atado las manos a la espalda y un lápiz en la boca para, a continuación, encerrarlo en una habitación sin ventanas delante de un rollo de papel continuo. No exagero, lo juro. Os lo resumo en palabras de mi amigo Luis, para que no perdáis el tiempo leyéndolo: TODO MAL.

Todo mal en un país que se encuentra entre los más seguros del mundo para ser mujer, donde hay menos desigualdad entre sexos y entre los que se dan menos casos de violencia de género. Pero todo mal para un movimiento radicalizado que pretende erigirse como representante de absolutamente todas las mujeres que, claro está, pensamos igual. Sin discrepancias. Un movimiento que se permite la irresponsabilidad, en connivencia con ciertos medios y representantes políticos igual de imprudentes, de ignorar los hechos y los datos (Ay, los datos. Qué de disgustos me dan a mí los datos) y, apelando a las emociones, contribuye a crear un clima de preocupación e inseguridad que no se corresponde en absoluto con la realidad. Que no es peligroso ni discriminatorio ser mujer en España, hombre ya. Que ya no sé cómo decirlo.

Así que no, no voy a secundar la huelga convocada para el ocho de marzo. Y no lo voy a hacer porque no me siento representada por un movimiento que infantiliza a la mujer y la presenta como un ser inerme que necesita tutela y protección. ¿No es casi misógina esta idea de mujer frágil y disfuncional por nacimiento? Yo es que a este feminismo locatis que venimos sufriendo desde hace unos años lo veo más como un nuevo machismo que trata de imponer un pensamiento único a la mujer que como la revolución lila que la va a liberar cambiando el mundo. Nos quieren lindas, libres y locas, sí. Pero solo si pensamos como debemos pensar. Esto es, como ellas dicen. En cuanto disientes mínimamente o te atreves a señalar un matiz, la más pequeña apreciación, automáticamente eres la aliada del enemigo, la que le hace el trabajo sucio. Ni siquiera somos el enemigo, mecachis. Solo somos la asistenta del enemigo. ¿No es esto, de nuevo, un poquito machista? ¿No puedo ser la mala malísima sin que se presuponga que un hombre debe estar aprovechándose de mi cabecita loca para sus malvados planes? Incluso si piensan que estoy equivocada. ¿No puedo equivocarme por mí misma? ¿Vas a salvarme de estar sometida al hombre sometiéndome a la mujer? Mira, dejadme, que me estáis liando. Y vamos a revisarnos estas contradicciones de aquí a la próxima convocatoria, hermanas.

No puedo hacer huelga el día 8, aunque quisiera (que no quiero), porque no deseo ser parte de una corriente de pensamiento que trata de imponer una visión única, una verdad oficial e indiscutible, y que señala como ideológicamente incorrecta, moralmente censurable incluso, cualquier discrepancia. Que no tolera el pensamiento crítico. No puedo ser partícipe de un movimiento cuyas formas son tan totalitarias como los regímenes a los que acusan de pertenecer a cualquiera que ose disentir lo más mínimo. Es del todo imposible que pueda identificarme con argumentos capciosos que en realidad lo que hacen es devaluar nuestro papel y nuestra presencia en la sociedad. Me encantaría, pero no me apetece.

No puedo apoyar la huelga porque creo firmemente en la igualdad. Porque creo que contra el machismo (que lo hay) y la violencia de género (que existe) tanto hombres como mujeres tenemos que estar implicados. Porque nos afecta a ambos. Porque no creo que señalar como culpable a media humanidad sea justo, ni lo es que la otra media sea declarada irresponsable. Y porque creo que a fuerza de gritar a todas horas “que viene el lobo” lo único que se consigue es que, como en el cuento, el día que viene realmente el lobo nadie acuda a socorrernos. Banalizar el problema universalizándolo no puede ser la solución. Porque si todo es un problema, nada lo es. Y porque me parece un despropósito que, habiendo lugares en el mundo donde sí es peligroso ser mujer y donde sí hay motivos para luchar por una igualdad que no existe, no salgamos a la calle a celebrar que aquí somos libres e iguales, que estamos seguras. Y porque me niego a que secuestren el término “feminismo” y nos acusen de no serlo (cuando no directamente de ser machistas y misóginas) a todas las mujeres feministas que no nos sentimos representadas por ellas y sus preceptos revanchistas y misándricos.

El día ocho de marzo estaré manifestando mi disconformidad con este disparate de feminismo histérico que no me representa. Y lo haré haciendo justo lo que se supone que no debo hacer: trabajar, estudiar, cuidar y consumir. Todo a la vez. Así que si van por la calle tranquilamente y ven en una terraza a una morena con flequillo que está cuidando a un bebé o a un anciano, que al mismo tiempo escribe en un portátil, atiende el teléfono, lee un libro y pide otra cerveza, no duden en saludar. Soy yo y estaré encantada de invitar a esa ronda. Brindaremos juntos por la cordura.

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