El último amor de Blanca Fernández Ochoa: “Lo que ocurrió no tenía que haber pasado”

Ernesto Montes habla de su relación con la medallista olímpica para reivindicar su legado y romper el estigma de las enfermedades mentales.

«Blanca, con 11 años, se empezó a tirar por las pistas de esquí y logró lo que nadie antes había conseguido. ¿Cómo no se dieron cuenta de que podían utilizar su talento? ¿Cómo es posible que a toda una medallista olímpica no la dejaran hacer nada? Desde luego, no enseñar a los chavales a hacer la cuña, pero sí viajar con los equipos nacionales de esquí, en labores de representación, como ocurre con grandes ex futbolistas. ¡Y con lo que la quería la gente! ¿Tú sabes lo que era ir con Blanca por una estación de esquí? ¡Los cientos de fotos que le he hecho con admiradores! Y ella, encantada. Mucha gente sabía que estaba pasando un momento complicado y no la ayudaron. Mira, Blanca tenía dos perros: Choco y Trufa. A Trufa la atropelló un coche. Seguro que el poco dinero que le quedaba se lo gastaría en operarla de las caderas. Luego, se marchó y nos dejó a todos atrás. Así era ella». A Ernesto le crece la voz cuando se escucha hablando de Blanca Fernández Ochoa. Aunque es madrileño, torna vasco cuando entona su defensa de la genial esquiadora. Él fue su último gran amor y su romance fue tan discreto como lo ha sido su dolor tras la inesperada marcha de la querida medallista olímpica, cuyos restos fueron encontrados el 4 de septiembre en La Peñota, en la sierra de Guadarrama (Madrid), tras doce días desaparecida y cuatro de multitudinaria y retransmitida búsqueda. Por eso, Ernesto se siente extraño charlando con una periodista. Y no será porque no le han llamado por decenas. Si se ha decidido a hablar para LA RAZÓN es por un único motivo: reivindicar el legado de la gran deportista madrileña y visualizar una realidad que muchos quieren ocultar. «Creo que ya es hora de que no esté tan mal visto decir que estás mal, que estás deprimido. No puede ser que te dé vergüenza decir que tienes un problema. Si fuésemos otro tipo de sociedad, lo que le pasó a Blanca no habría sucedido. Nunca. A nadie. Hay que ver a la gente con problemas de otra manera. No aislarles ni juzgarles. Entenderles y ayudarles, como hacían su hermana Lola y Adrián, y todos los hermanos en algún momento. Ellos sí que son increíbles».

La careta de la felicidad

Ernesto, que hasta hace un mes era gerente del club de golf de Los Ángeles de San Rafael (Madrid), conoció a Blanca en 2013, ocho años después de que ella se divorciara de su segundo marido, David Fresneda, el padre de sus dos hijos: Olivia (19 años) y David (20). «Me la presentaron Lola y Adrián, a los que conocía hace varios años, a mi regreso de Estados Unidos. Allí me dediqué a la venta de libros y manuscritos medievales. Fue en un partido entre el Real Madrid y el Barcelona. Una semana más tarde, ella vino a jugar al golf a El Escorial, nos empezamos a ver y nos gustamos. Estuvimos casi cinco años juntos. Lo pasamos muy bien, pero también fueron años duros». ¿Cómo era Blanca entonces? ¿La mujer luchadora y llena de ilusiones que nos mostraba la televisión o la abatida y frágil que quieren hacer ver otros? Ernesto es contundente: «Ya estaba muy rota. Llevaba muchas batallas encima. Ella era un toro, pero se pasó la vida haciendo algo que le costaba mucho sacrificio, lesiones y recuperaciones, duros periodos de entrenamientos, el frío... Nadie le regaló nada y aun así fue medallista olímpica y sin medios para conseguirlo. Cuando competía ya estaba malita, pero si te medicas, te controlas y haces una vida normal, vas tirando… Blanca se ponía la careta de la felicidad para hacer que no pasaba nada». Ernesto continúa sin tomar aliento, como si rebobinando la historia de la esquiadora le encontrara un sentido a su desgarrador adiós: «Antes de que cerraran las tiendas de ropa de esquí de la familia, financieramente iban bien, pero llegaron las grandes superficies y se acabó el sueño. Y eso que Blanca seguía atendiendo con el mismo mimo, dando consejos a los clientes (“no te cojas esta bota tan cara, mejor esta otra que no esquías tan bien”) y luego se iban a comprarlas a otro lugar. Cuando el negocio cierra, cada hermano intenta seguir adelante como puede. Durante un tiempo ella se dedicó al tema de los entrenamientos con chaleco de electroestimulación, como entrenadora personal haciendo visitas a domicilio. Eso le daba un dinerillo, pero no demasiado. Y cuando llegaban los momentos bajos, ahí estaban Lola y Adrián. Son una maravilla –insiste–. Sus hermanos la animaban, pero no podían hacer más». Sin ahondar en intimidades, el empresario nos acerca a la Blanca más desconocida: «Ella no entendía cómo las cosas habían llegado a ese punto. Blanca había estado en la cima del mundo, pero su enfermedad y la muerte de Paco... Cuando muere su hermano, el hueco que dejó era muy difícil de llenar, ella sentía esa responsabilidad y quería ayudar a su familia. Blanca no era Paco. Él era un líder nato. Eran dos personalidades. Ella tenía un par de casas y muchas medallas, sí, pero no se hizo rica esquiando. Y llegado el momento, tuvo claro que solo quería ser madre y dejar de romperse huesos en las pistas».

Sus «medallas más valiosas»

Por eso llegaron Olivia y David, sus «medallas más valiosas». «Esos niños eran su razón de vivir. Olivia es una chica excepcional, con una capacidad de trabajo increíble. Empezó a jugar al rugby en equipos mixtos con su hermano y eran una piña. Se defendían mutuamente. Es una gran estudiante y David igual. Lo van a superar, no va a ser fácil. A Blanca se le ha roto muchas veces el alma y siempre volvía a levantarse. Ellos también lo harán». En 2018, para amortiguar gastos, Ernesto se fue a vivir con Blanca y con sus hijos, pero la situación no mejoró: «Me había venido de Estados Unidos con dos maletas, dos guitarras y un palo de golf. Es verdad que cuando nos conocimos nos vino genial a los dos, pero con el paso del tiempo cada vez nos íbamos enterrando más. Hubo que vender la casa y no podíamos mantenernos los cuatro juntos. Los niños iban a tener que irse con su padre, así que me mudé al Escorial. Y dejamos de vernos». ¿Es cierto que pidió trabajo en la Federación?, interrumpo: «Ella luchaba para que las cosas salieran bien, pero no salían. Y buscamos mil proyectos. Hablamos de hacer un programa con Canal + que iba a ser precioso, pero también se truncó. Y cuando eso ocurría venían momentos complicados. Siempre con la ayuda de todos sus hermanos: Lola, con Adrián, Juan Manuel, Luis, Richard, Ocho y Jesús». Ernesto se rompe y lanza una súplica: «¡Blanca era una mujer impresionante, esto tiene que valer para algo, su muerte no puede no haber servido para nada!». Mi silencio y el suyo dan paso a recordar las angustiosas horas tras su desaparición: «Me llamó un amigo común el viernes 30 de agosto por la noche por si yo sabía algo de ella. El último año habíamos estado desconectados, aunque últimamente nos veíamos más, cada dos o tres semanas tomábamos un café. Cuando me dijeron que se había ido sin móvil, temí que no la iba a volver a ver. Y me duele mucho decir esto, pero una cosa es conocerla de paso o escribir sobre ella y otra meterte en la cama y tenerla llorando y no saber qué hacer. Yo lo sabía». Pese a todo, Ernesto formó parte del regimiento que salió a buscarla a la montaña aquellos días. «Blanca cogió un poco de queso, que le encantaba, e hizo lo que quiso hacer con libertad. Buscó un sitio donde disfrutar por última vez, su montaña, su pueblo. Se quedó mirando a los Siete Picos, a Cercedilla, y dejó de llorar. Ahora nos quedamos los demás llorando por ella». La última vez que hablaron por teléfono fue a principios de agosto. «Conversamos sobre mi trabajo, los líos del campo de golf. Cuando llevaba ya 20 minutos se cansó de escucharme y me dijo: “Ya hablaremos”. Después de eso, la llamé, no me lo cogió y pensé que ya lo haría ella. Nunca me llamó».