Miguel Ángel Muñoz, el actor que ha cuidado de su tata y de toda España

Ignoro si su madre, la vidente Cristina Blanco, le hizo algún sortilegio de magia blanca, pero los que le conocen dicen que tiene un corazón merengue que no le cabe en el pecho. De pequeño, jugaba con los infantiles del Real Madrid, y al contrario que otros hijos de famosos de aquellos tiempos como Paquirrín/Kiko Rivera o el hijo de Ruiz Gallardón, no era ningún paquete, sino más bien todo lo contrario. Pudo haber sido futbolista profesional. Solo con catorce añitos ya era casi un armario contra el que se estampaban los defensas. A los veteranos les encanta aún jugar con él en partidos benéficos y demás. Luego llegó “Un Paso Adelante”, donde se ennovio con Mónica Cruz, la hermana de Penélope y todo se fue al garete por culpa de unas fotos un tanto indecentes en lo que podría definirse como una despedida de soltero salvaje o algo parecido.

Miguel Ángel, antes de que se produjera la ruptura llegó a conocer a Tom Cruise, entonces novio de Penélope, el superhéroe de “Misión Imposible”. Quién le iba a decir a Miguel Ángel que le iba a rozar los talones. No me atrevo a decir que es mejor actor que él. El astro cienciólogo se salía literalmente en “Nacido el 4 de julio” y en “Magnolia”, y Miguel Ángel no ha tenido aún ningún papelón así. Todo se andará. Pero el papel de su vida ha sido el que ha desempeñado durante esta pandemia con su tata de 95 años, la hermana de su bisabuela, la mujer que le cuidó cuando tenía tres añitos porque sus padres viajaban mucho. Miguel Ángel, que por muchas circunstancias tuvo que madurar antes de tiempo, supo darse cuenta a tiempo de algo que no todo el mundo comprende. No quiero decir que sea mejor persona que el resto, pero sí más templado e inteligente. Un familiar anciano no es una carga, es un tesoro que desgraciadamente se va a evaporar. Admitirlo es tan doloroso que a veces lo obviamos, nos hacemos los tontos, y actuamos como si no nos importara, cuando lo que tenemos es miedo a admitir la realidad. Y sí nos importan, pero a veces es demasiado tarde. Luego siempre nos queda la duda de si pudimos hacer algo más, aunque solo fuera una visita más, unos días de vacaciones menos, darnos cuenta de que se avecinaba lo irreparable y haber mandado incluso a la mierda aquel trabajo que te impedía hacer lo más importante, o haber cogido a tiempo aquel avión.

Cuando llegó la pandemia, Miguel Ángel se encerró con su tata en su casa. Mandó a las suyas a las personas que la cuidaban y la tenían atendida día y noche por temas de movilidad, y le devolvió todo el amor y el cariño que le había dado de niño. Protegió a su tata de contagios ante el peligro que suponía que las dos personas que tenía en casa entraran y salieran. Hizo lo que Jorge López Lázaro, Doctor cum Laude en Machine Learning y Senior Data Scientist, dijo que había que haber hecho en una entrevista a Escudo Digital: “El confinamiento tardío no ha servido para nada (…) La solución habría sido proteger a la población más frágil, y eso no se ha hecho. Lo poco que sabíamos de este virus al principio es que era letal para la gente mayor y no se ha protegido a este grupo de población. Había que haber evitado el contacto entre la gente mayor y la gente joven bunkerizando las residencias. No tiene justificación alguna ni defensa posible no haberlo hecho y esto es un error que han cometido todos los países. No entiendo por qué vas a cerrar antes los colegios que las residencias, si la mortalidad es 10 veces mayor entre los mayores de 70 años que entre los niños que les afecta esto muy poco”.

Antes de que llegara el maldito COVID-19, el actor tenía en su casa una cámara por la que podía ver a su tata. Jamás reparó en gastos, ni tampoco escatimó su tiempo. Esta semana, lo mejor de las revistas del corazón no es la portada de “¡Hola!”, con Rocío Flores guapísima, con un vestido malva muy parecido a uno que tuvo su abuela. Lo mejor del Hola es la página 67, con Miguel Ángel con bermudas vaqueras y camiseta azul, con un sombrerito de niño bueno, empujando la silla de ruedas de Luisa, con su moño blanco inmaculado. El foulard blanco que lleva la tata está colocado como el de una diva. Miguel Ángel tiene estilo. Ni las lazadas de las blusas de Angela Channing en Falcon Crest estaban tan logradas. En una foto se ve a la tata saludando con la mano en alto al conductor de un autobús, desde lejos, con su sobrino agachado junto a ella con ternura. Tiene fans y admiradores por miles y tanto ella como su nieto se han convertido en las estrellas del confinamiento. Me he emocionado en el capítulo 96 de “La Cuarentata viendo a los dos despidiéndose de su audiencia, con la tía bisabuela con tan buen humor, tan grande, tan dulce. Han hecho lo que no han hecho muchos políticos, un minuto de silencio diario por todas las personas que han perdido la vida durante la pandemia. La despedida que ha hecho esta superbisabuela con el “Qué Viva España” de Manolo Escobar de fondo no ha podido ser más emocionante.

Miguel Ángel no ha cuidado solo a su abuela, ha cuidado también de su madre, de su padre, de toda su familia y con su programa “La Cuarentata”, ha cuidado de toda España.

A Cristina Blanco, la bruja de los famosos, muchos le dieron la espalda cuando vinieron mal dadas, los mismos que rapiñaban las cucharillas de plata en la primera comunión de la niña que adoptó. Belén Esteban la puso verde una vez, pero muy mala no sería cuando ha conseguido criar y educar así a un niño como Miguel Ángel, quien también estuvo al pie del cañón cuando su madre fue ingresada en hospital del norte de Madrid. En el programa de Risto Mejide abrió su corazón y dijo que la vez que peor lo pasó en su vida fue cuando su madre aún no estaba recuperada del todo tras la grave depresión que sufrió, y él tuvo que dejarla por motivos de trabajo. Estaba orgulloso de Cristina por haberle enseñado a cuidar de si mismo, por haberle enseñado a ser humilde. Y por haber superado aquella profunda depresión. La tildaron de estafadora por sustracción de unas tarjetas de crédito, pero no lo necesitaba, simplemente estaba enferma. Cristina había ganado mucho dinero. Tuvo clientes como Chabeli, Ana Obregón y muchas personalidades del mundo de la política que recurrían a ella a nivel transoceánico. Era una gran tarotista. Tenía facultades, como Norma Andrea, otra vidente televisiva que ha vuelto al trabajo, a quien he llamado para preguntarle por Miguel Ángel, y me ha dicho lo que sospechaba, que es “un ser muy evolucionado, y va a conseguir el papelón de su vida en la madurez, cuando ya haya superado los cuarenta”. Será un pedazo de papel, a lo Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo, o a lo Peter O’ Toole en El león de invierno , cuando ya haya superado los cuarenta.

Su madre decidió pasar a un segundo plano y dejarle el protagonismo a él. Y era muy buena. Hasta Bruce Willis, me cuenta alguien que los conoce bien a ambos, intentó recurrir a sus servicios para intentar recuperar a Demi Moore. No pudo ser, pero gracias a Cristina y a su marido, de forma absolutamente natural, Miguel Ángel tiene mejor voz y casi tan buena dicción como él, casi a la altura de Ramón Langa. Sus cuerdas vocales, tan varoniles, serían la envidia de Tom Cruise. Y va contracorriente, él no susurra, como la mayoría de los actores españoles. Y aquí voy a dejar una postdata. Si no habéis visto Whitelines, de Netflix, ya la estáis viendo, no entiendo porque a los actores españoles se les entiende peor que a los ingleses. De los Ibéricos solo lo bordan Fernando Albizu, Pedro Casablanc y Agus Ruiz, y Nuño López, que está como un tren. Hasta Juan Diego Botto la lía parda cuando habla en español y no en inglés. Se le entiende mucho mejor a la tata Luisa en las producciones caseras que se ha montado con su sobrino bisnieto. No hay que bajar ni subir el audio, y sin micrófonos de pelito ni técnicos de sonido.

Gracias a los dos por todo. Queremos seguir viendo vuestras intervenciones, y si hay rebrote, algo que no deseamos, nos habéis dado una magnífica lección sobre cómo afrontar determinadas situaciones.