Enrique Ponce y Paloma Cuevas, secretos inconfesables de una pareja modelo

El desgaste ha podido con el matrimonio, hasta ahora uno de los más sólidos y discretos del país

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Paloma se ha encontrado de pronto inmersa en el centro del huracán mediático. Un interés que nunca habría querido despertar –ella siempre ha sido muy discreta– y que tenía que ver con la inestabilidad afectiva de su matrimonio después de 24 años de feliz unión con Enrique Ponce.

Son momentos dolorosos, los que nunca me hubiera gustado protagonizar. Momentos difíciles en los que encuentro la fuerza en el amor de mis hijas y el cariño de mi familia. En los que me refugio en una profunda fe y en la prioridad absoluta de intentar, por todos los medios, que esta situación tan desbordante no afecte a mis niñas. Quiero que la felicidad de mis hijas continúe como hasta ahora. Jamás voy a hablar mal de su padre. Nunca voy a decir nada negativo de él. Hemos tenido un matrimonio precioso durante 24 años, y un amor muy real, muy verdadero». Son las primeras declaraciones de Paloma Cuevas, a la revista «¡Hola!»,

Enrique y Paloma se casaron en Valencia, en la catedral de Nuestra Señora de los Desamparados, y fue entonces calificada como «la boda del año» y retransmitida por aquel canal autonómico. La pareja ha formado siempre un tándem que se compenetraba muy bien y que mostraba una imagen casi idílica, ahora rota y sin posibilidad de vuelta atrás. La revista «Semana» publicaba la separación y la visita a un despacho de abogados para poner en orden legalmente sus vidas. No puede hablarse de cese temporal como se ha comentado en algunos círculos amistosos de la pareja, sino de una decisión muy meditada para tomar caminos diferentes.

La irrupción en la vida amorosa de Enrique Ponce de Ana Soria, una estudiante de Derecho de 22 años, ha sido el desencadenante de una ruptura inesperada para todos, incluso para su círculo más íntimo. «Sabíamos que habían tenido problemas, pero no imaginábamos que fueran a separarse. Pensábamos que habían remontado. Enrique adora a sus hijas y haría lo que fuera para que no sufrieran. Son unas niñas que han crecido en un ambiente familiar. Muy unidas a los abuelos Victoriano y Paloma, que tienen una presencia importante en la familia. Todos viven juntos en la casa de La Finca», aseguran las amistades, que mantienen la incredulidad ante la ruptura.

Sin solución

La crisis comenzó en 2018. Por lo que ahora se ha sabido, la aparición de Ana Soria en la vida del torero fue la gota que colmó el vaso. La relación marital hacía aguas antes, pero ambos pusieron de su parte para solucionar lo que visto con las perspectiva actual ya no tenía solución. La historia de desencuentros venía de atrás, pero hubo una serie de circunstancias ajenas a la pareja que sirvieron para tranquilizar y conseguir un aparente equilibrio familiar.

Primero fue la gravísima cogida en la plaza de toros de Valencia de Ponce en la feria de las Fallas y después la operación de rodilla que le mantuvo durante varios meses en casa y de donde solo salía para someterse a su recuperación física. En estas salidas era Paloma la que se encargaba de acompañarlo y en el domicilio ejercía de enfermera.

Imagen de estabilidad

Fueron meses de convivencia veinticuatro horas con su mujer y sus hijas en la casa de la urbanización La Finca. A todos los efectos era la imagen de la felicidad y la estabilidad matrimonial. No había dudas de que se trataba de una de las parejas más sólidas y frete a la que las dudas de infidelidades que acompañan las leyendas de los toreros en el caso de Ponce resultaba impensable.

Las amigas entrañables en Cali y México eran eso, «supuestas» amistades que no llegaron nunca a nada más. En sus redes sociales, el torero definía a Paloma como la mujer de su vida y le dedicaba continuos mensajes de amor. Un sentimiento mutuo que ella también le correspondía en sus perfiles sociales.