El regreso más humano de Ana Obregón

Este domingo "Hormigas Blancas" repasará su biografía, desde sus comienzos hasta los momentos duros que está viviendo.

La echábamos en falta, no importa reconocerlo. Ana Obregón es mucha Anita. Ninguna como ella, capaz de protagonizar, a veces, hasta noticias insuperables o increíbles en otros tiempos. Pero nos resulta imprescindible su presencia. Después de la tragedia que ha supuesto para ella y Alessandro Lecquio la pérdida de su hijo, un luto que llevará ya de por vida, el foco informativo vuelve a situarse sobre ella, artista donde las haya, por la emisión este domingo de «Hormigas blancas», espacio que estará dedicado a Obregón (de quien ya se ofreció un espacio hace años, en 2007, cuando su vida era bastante distinta a la actual), una mujer que hoy atraviesa uno de los momentos más duros de su vida y que ha cambiado las vestimentas de colores del verano por el negro. Repasará el programa su biografía, desde sus comienzos hasta los momentos duros que está viviendo.

Ella, que ha sido siempre como agua fresca de un manantial, sufre un dolor que no se puede calmar. Antes de que estallara la pandemia dejaba la obra de teatro que iba a representar en Madrid en marzo, «Falso directo», para dedicarse a cuidar a su hijo. Hablaba de aplazamiento. Y después llegó el coronavirus y lo trastocó todo. Nos decía entonces que «estoy dispuesta a comerme el mundo», consciente del riesgo y peligro que volver a las tablas entrañaba. Sin embargo, todo se truncó.

Es fuerte, aunque habrá que esperar a que se recupere. Ojalá, cuando llegue el momento de esa ansiada vuelta, se cumplan los pronósticos y alcance el enorme éxito que consiguió, por ejemplo, en televisión con «Esta noche, Pedro», junto a Pedro Ruiz, o el logrado durante cinco años con su personaje de ocurrente y singular «stripper», donde semejaba una copia de Lina Morgan. Más parecía Betty Grable en versión hispana.

Esperamos que pueda volver cuando el tiempo haya cicatrizado la herida al teatro. Apena ver que la capital ha ido cerrando con el paso de los años sus salas. Madrid llegó a tener ochenta, y la envidiaba Barcelona incluso contaba con el entonces ruidoso Paralelo, escenario tradicional de Paco Morán, Tania Doris y la trepidante Mary Santpere, que junto a su marido, el doctor Pigrau, vivía en la zona más pudiente, en un caro piso todo empapelado y almohadillado en colores turquesa, un empacho de azules que había que visitar provisto de gafas de sol. Deslumbraba y apabullaba. En los 70 aún sobrevivían una docena de grandes espectáculos, con actrices de la talla de Nicole Blancherie, por ejemplo, y otras extranjeras, tal Josephine Baker, a la que después contrató Sara Montiel para hacer teatro. Por celos artísticos acabó a tiros con la manchega, que era mucha estrella, y a quien televisivamente estos días acabamos de ver hermosísima en «Pecado de amor» al lado de Maurice Ronet, el que fuera galán de Brigitte Bardot.