Sánchez evita que «okupen» doñana y Enrique Ponce rejuvenece

Enrique Ponce sufre una cogida en El Puerto de Santa María
El fútbolista Joaquín Sánchez junto a su mujer Susan Sabol llegando a la corrida de Enrique Ponce, en El Puerto de Santa MaríaEuropa Press Europa Press

Enrique Ponce vive en la vorágine que solo se alcanza liberado de viejas costumbres y montado en la máquina del tiempo: ha retrocedido treinta años y besa labios frescos cara al sol. Ha ganado novia joven y, de paso, a toda la panda de la novia joven. Hecho un chaval estrena vida nueva, fiestas en la piscina a ritmo de reguetón (todos pegados, que le den a la distancia social), risas y buen rollito. Ha pasado de la hora del té al mojito, del «cómo está usted, señora» al «me molas un huevo, tía». A otros les da por ponerse pelo o engancharse a la viagra. Ahora Enrique perrea: «Cambio carrozas por jovencitos/ me veo inmortal y bello / celebramos fiestas juntitos/ y al virus lo descabello». Mientras, Pedro Sánchez no solo persigue récords de aplausos: también bate récords de altos cargos. Ya cuenta con 732, sin contar a la nueva secretaria de Estado de Sanidad, Silvia Cazón. Éramos pocos y parió la abuela monclovita. «¡Colócanos a todos!», le gritaban a Juan Guerra, el hermano de Alfonso, por las calles de Sevilla.

En tiempos de ruina y tetas de silicona, el español se tira como bebé furioso a la ubre del Estado. Cuentan las lenguas aviesas que, temeroso de que cuando vaya de vacaciones se encuentre «okupado» el palacio de Doñana, el presi ha enviado un montón de asesores y altos cargos para que vigilen el lugar. Así evita lo que supondría el gran pitorreo nacional de agosto, aparte del trago de tener que llamar a Ada Colau para que le asesore en el desahucio.

Existe otro temor: los mosquitos que hace dos años le hicieron la vida imposible a la familia. Ahora llevarán repelentes y pulseras, pero, por si las moscas, parece que el presi va a enviar antes a la epidemióloga Cazón y al gendarme Eduardo Grande Marlaska para controlar la situación. Será por altos cargos, asesores y expertos. Mi vecina Asun, la del ático, que siempre se entera a medias, me dice que ha oído que el Rey Emérito se ha instalado en la Casa de Campo. «Digo yo –comenta– que debería haber elegido el Retiro, que es más seguro. Porque lo único que le falta a Don Juan Carlos es que le atraquen los «menas» que andan por allí, ¿no?».