Cuando Juliette Gréco me dijo que el sexo no tiene ideología

Fue tomando una copa en un café de Saint-Germain-des-Pres. Me la presentó Serge Gainsbourg, al que días atrás había ayudado en la búsqueda de su amado perro perdido en Madrid después de una noche de alta graduación con Jane Birkin y un servidor. Le pregunté a Juliette Gréco (que la eternidad te sea leve, querida) cómo pudo tirarse a Sartre y luego a Camus sin cambiar de ideología. Sonrió y respondió: «Mi coño, bon ami, no tiene ideología». Me imagino que esta frase no se la tatuará Irene Montero debajo del ombligo, y mucho menos su amiga Beatriz Gimeno, la del Insituto de la Mujer que considera que la heterosexualidad es opresora y de las JONS. Juliette, que era una seudoanarquista de la margen izquierda del Sena, se habría descojonado con las cosas de estas chicas, le grito al televisor. Jo, tía.

Gwyneth Paltrow ha cumplido 48 años y se ha despelotado en Instagram para que todo el mundo vea que en ella medio siglo no es nada y, de paso, darle las gracias a su crema corporal Goop «por hacerme pensar –escribe– que todavía puedo quitarme la ropa». Cuando el desnudo se convierte en un certificado de buena salud sin celulitis, pierde pecado. Me temo que la Paltrow dedica ya más tiempo a la cosmética que al sexo. Es su nueva religión: verduras y cremas. La religión de Clara Lago es Penélope Cruz. Esto sí le gustará a Beatriz Gimeno. Cuenta Clara que se encontró a Penélope, alfombra roja de sus pasos, en la última edición de los Goya «y me lancé a su cuello como una fan loca». Ojo, Clara: ahí puede haber un principio de vampirismo. Se empieza tirándose a los cuellos y se termina chupando cualquier cosa sin análisis previo. Menos mal que Penélope lleva al cuello su Cruz. Y luego añade: «Siempre que me ve me saluda y me tiemblan hasta las pestañas». Si Penélope le ocasiona tal terremoto ocular, Clara debería cuidarse ante posibles casos de estrabismo, daltonismo, bizquera e incluso de pestañeo compulsivo, que no es grave pero equivoca mucho a los ligones. El efecto Penélope en Clara es similar al que produce Él en muchas periodistas: además de las pestañas les tiemblan las piernas. Sobre todo a las que tienen la entrepierna ideologizada.