Sánchez no saldría del armario «anticovid»: se quedaría en él y con él

El armario «anticovid» es un invento español: desinfecta con ozono y rayos ultravioleta en quince minutos todo lo que metas en él. O sea, que ya no se trata de salir del armario, sino de entrar en él, aunque no creo que si entrara Pablo Alborán podría salir convertido en David Bisbal, pongo por caso. Es un armario limpiador de virus. Entras sucio y sales limpio. Funciona como un confesionario tecnológico y no parece que imponga ninguna penitencia. Ni tan siquiera te riñe. Juguemos: ¿cómo saldrían del armario algunos políticos españoles? ¿Convertidos en qué una vez limpios de polvo y paja?

Sánchez no saldría del armario, sobre todo si tiene un gran espejo interior: se quedaría en él y con él hasta que amaneciera el Día Glorioso de la Vacuna. Pablo Iglesias saldría convertido en monje benedictino del Valle de los Caídos. Irene Montero, en dueña de pescadería: «¡Tengo boquerones buenos como Borbones!». Gabriel Rufián, en devoto de Felipe VI y primer bufón del Reino. Dolores Delgado, en pianista del Café de Rick en Casablanca: tócala otra vez, Lola. Alberto Garzón, en publicista de Burger King. Puigdemont, en exportador de los mejillones belgas en lata «Napoleón» con sede en Waterloo. Díaz Ayuso, en actriz de «Amar en tiempos revueltos». Illa, en gerente de Escuelas de Zumba Iceta en el Ampurdán. Pedro Simón, en representante de la Harley Davidson en los Monegros. Grande Marlaska, en pareja de un cabo primero de la guardia civil en Alsasua. Yolanda Díaz, en modelo de melena suelta de L’Oréal: porque yo lo valgo. Carmen Calvo, en feminista amazónica seguidora de Camille Paglia y presidenta del jurado de Míster Guardaespaldas. Pablo Casado, en el Sylvester Stallone de «Rambo». García Egea, en promotor de aceitunas de Campo Real. Santiago Abascal, en el rey Arturo de «Los caballeros de la tabla cuadrada», de Monty Python. Etc. El youtuber Malbert presenta su libro «No insultes, gilipollas». Me encanta. El título, no sé el resto del libro, define el momento y a nuestros políticos, pero ellos siempre pueden superarse: si claman por la unidad mientras se despedazan, también podrían insultar aprovechando sus alegatos contra el insulto, o sea, en plan «combatamos las injurias y los agravios de una vez, tontos del culo». Algo así.