El hijo de Tejero, párroco de los (no) ricos de Marbella

El sacerdote recala en la iglesia Virgen Madre, donde «se moja» en un barrio muy modesto y de gente humilde

La parroquia Virgen Madre de Marbella estrena párroco. Ramón Tejero, el hijo del teniente coronel de la Guardia Civil que perpetró el golpe de Estado del 23F. Apellido tan reconocible como el que sustituye, Pedro Villarejo, hermano del ex comisario encarcelado. Destino que hay quien ha presentado incluso como un «caramelo» porque consideran que se trata del templo de los «vips». Nada más lejos de la realidad. Entre quienes entran cada día en la parroquia cuesta encontrar bolsos de firmas, «manolos» o títulos aristocráticos. Tampoco «celebrities». Lo cierto es que la parroquia se encuentra en una zona residencial marbellí, lo que provoca, como en otros tantos enclaves playeros españoles, que en verano se dejen caer algunos turistas. Pero ni mucho menos puede ser considerada la iglesia «pija» de la Costa del Sol, aunque se levante en el barrio residencial de Nueva Andalucía, al norte de Puerto Banús y a pie de la sierra.

«Que vengan un domingo a eucaristía y vean cómo está el cepillo después de la colecta, que vean cómo es la parroquia rica de Marbella», comenta una de las feligresas, que describe el nuevo destino de Tejero como una parroquia «normal y corriente», donde sus catequistas «son más que sencillas: amas de casa, cocineras de colegio… La comunidad la forman gente en muchos casos más que humilde de la barriada de la Campana y tienen un equipo de Cáritas de mujeres que están volcadas en ayudar a la colonia del Ángel, una zona de viviendas sociales en riesgo de exclusión», comenta, a la vez que aclara que «no es la parroquia de los ricos, si bien es verdad que en verano en el banco de al lado se puede sentar alguien rimbombante entre los turistas, principalmente madrileños, de las urbanizaciones de alrededor». «Solo de vez en cuando, se dejan caer el conde Rudi y su esposa, la princesa María Luisa de Prusia –prima de la Reina Sofía–», señala. «Y si van es porque les viene bien el horario de misa», apostilla. A Tejero le han recibido con los brazos abiertos y no hay queja alguna. «A mí me ha ganado con sus homilías: muy bien estructuradas y nada prefabricadas. No solo es buen orador, sino que sabe tocar el corazón», comentan sobre él, despejando cualquier sospecha de que haya hecho proclama política o familiar alguna.

El cura del caso Wanninkhof

Formado en el Seminario de Toledo y licendiado en Filosofía y Teología, el nuevo párroco tuvo una experiencia misionera de dos años en Cuzco (Perú). Su ordenación sacerdotal, en enero de 1989, permitió que su padre pudiera salir de prisión con un permiso. «Sabe mover e implicar a la gente –añade la feligresa María–. No impone criterio; crea comunidad y eso hace que la gente ‘se moje’, porque él es el primero que ‘se empapa’». Así lo habría puesto de manifiesto ante dos de los sucesos que más han conmocionado a la opinión pública española en las últimas décadas: los casos Wanninkhof y Julen.

En el caso del asesinato de la joven malagueña en octubre de 1999, Tejero impulsó los rastreos para encontrarla, una labor de voluntariado que congregó a más de mil personas. Se implicó de tal manera en ayudar a la familia que colaboró en la investigación policial y llegó ejercer de portavoz, buscando que el crimen de Rocío no cayera en el olvido. El reconocimiento se tradujo en su nombramiento como Hijo Adoptivo de la localidad y en dar su nombre a una plaza junto a la iglesia de Santa Teresa de Jesús de la que era párroco. En enero de 2019, también colaboró en el dispositivo de la malograda búsqueda de Julen, el niño cuyo cuerpo fue rescatado trece días después de que se precipitara a un pozo en Totalán. Como párroco de la Cala del Moral, dio su visto bueno para que se utilizaran los salones de la iglesia de santa Ana como cocina y comedor para alimentar a bomberos, mineros, periodistas... Él mismo colaboró buscando fondos y alimentos, además de presidir el funeral.

«Aquella mañana, fui a misa con mi padre»

Se muestra orgulloso de ser un Tejero, pero sabe que en su apellido va la penitencia. No lo esconde y, de hecho, sale en defensa cada vez que se lanza un dardo público contra su padre a través de sus redes sociales e incluso comparte cómo vivió el golpe de Estado: «Aquella mañana acompañé a mi padre a la celebración de la Eucaristía (...). Momentos de silencio, de oración profunda, de contemplación sincera de un hombre creyente que sabía cuál era su deber». Tampoco tuvo problema en presidir la eucaristía tras la exhumación de Franco. Pero, eso sí, tumba cualquier entrevista periodística que busque ahondar en su ADN más allá de su labor pastoral.