Woody Allen se sorprende por la abundancia de tontos sin pasar por aquí

Le ha dicho Woody Allen a Pablo Motos, hablando de la pandemia, que está sorprendido por «cuánta gente ha hecho tanto el tonto». Pensaba Woody que en el mundo había un número limitado de tontos, «pero estaba equivocado; no me había dado cuenta de que eran tantos». Ya dijo Cela que si los idiotas volaran, no se vería el sol. Y advirtió Torrente Ballester de que lo peor de envejecer es percatarse de que casi todo el mundo es imbécil. Se viene repitiendo lo mismo sobre la pandemia de estulticia desde los griegos, pero ahí siguen los necios, inasequibles al desaliento para gloria y festín de los columnistas.

Una diputada del ERC, Marta Rosique, preguntó no hace mucho en el Parlamento: «¿Qué va a hacer el Gobierno español para acabar con la violencia policial en Estados Unidos?». Artur Mas confiesa para anunciar que se va: «Ahora voy a dedicarme a las ideas». Albricias: resulta que tiene más de una.

Y Mercedes Milá dice sobre cómo nos ha ido por aquí con la pandemia en comparación con otros países: «Muchas veces pienso: cómo es posible que hayamos tenido tanta suerte».

Probablemente, Mercedes, porque, como dice Salvador Illa, el ministro filósofo, tenemos un Gobierno con alma, «y la obligación de un Gobierno con alma es doblegar la curva». Sí, nos mantienen con el alma en un hilo, y si no fuera por la vejez, le grito al televisor, ya estaría largándome de aquí como alma que lleva el diablo. Pero gracias, ministro, por descubrirnos que tenemos un Gobierno con espíritu, ánimo, psiquis y esencia. La próxima vez puede añadir que también tiene un corazoncito con su camisita y su canesú.

Tiene algo el ministro Illa de caballero de la triste figura sin caballo y con gafas, un tipo al que, aunque no vistiera de luto y fuera uno que pasaba por allí, todo el mundo le daría el pésame en un entierro. Alma en pena. Aunque su santa lanzó al mundo, cuentan, el Kitkat, él no nos da un dulce respiro. Y si en rara ocasión su alma exhausta desfallece, ahí tiene a su cirineo, Fernando Simón, capaz de demostrar con su peculiar baile de datos que la chica de la curva (que no la «curvy») es Isabel Díaz Ayuso. No vengas, Woody.