Assumpta Serna, la gurú de las homilías

Todo empezó cuando interpretó a una monja francesa que luchó contra los nazis. Ahora, la actriz catalana imparte talleres a seminaristas y sacerdotes sobre cómo aprender a comunicar desde el altar

Asumpta SernaJesús G. FeriaLa Razón

«Si no puedes dar sentido a lo que dices, cállate». Lección básica de Primero de Homilética de Assumpta Serna. Sí, clases para alzacuellos que buscan algo más que soltar un rollo en el ambón. La de «Matador» de Almodóvar, «El crimen de Cuenca» de Pilar Miró o «Lola» de Bigas Luna, la única actriz española que rodó ocho capítulos de «Falcon Crest».

Desde hace más de veinte años, Serna cuenta con su propia escuela de formación de actores que ha ido evolucionando a un centro de formación en comunicación para empresarios, profesores... Y ahora también para clérigos. Sesiones personalizadas, individuales o en grupos reducidos donde ella y su marido, el también actor, Scott Cleverdon, ejercen de tutores de sacerdotes y seminaristas. Tal ha sido su tirón que ahora esas clases toman forma en una guía que han elaborado junto al sacerdote Juan Carlos Sánchez. Manual de uso a seis manos en forma de coloquio, que incluye otros tantos cameos de expertos en comunicación eclesial, como la religiosa tuitera Xiskya Valladares. «Lo que más me ha sorprendido de la gente de la Iglesia ha sido la humanidad y la humildad, las ganas de aprender y la capacidad de ver en las carencias oportunidades de cambio y de mejora», explica la actriz. «Cuando uno tiene vocación religiosa, tienes una alegría especial que es capaz de ir más allá de las dificultades de cada día».

Assumpta Serna

Habla la mujer que en 1990 interpretó a la monja jerónima mexicana Juana Inés de la Cruz, referente de la literatura del Siglo de Oro, en «Yo la peor de todas». Pero no fue ahí donde recibió la «revelación» como maestra de oratoria para seminaristas. Serna se puso la toca de nuevo hace tres años en «Red de libertad». Se ajustó el hábito de Helena Studler, una religiosa que logró liberar a cerca de 2.000 personas de un campo de concentración nazi en la Francia de la Segunda Guerra Mundial. Esta Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl le regalaría algo más durante la promoción. «Cuando presentamos la película a los obispos y a los formadores de seminarios, surgió la idea de dar un cursillo en Burgos para los futuros sacerdotes», expresa Sánchez. Aquello comenzó con un taller para doce chavales a punto de ser ordenados. Fue solo el principio para que se especializara en los «monólogos» que han de pronunciar en su particular escenario los sacerdotes.

Sermones de campanilla

«Por lo que he visto en muchos de ellos, hay una cierta represión a expresarse tal y como son, tal vez por miedo, por falsa modestia, por autoexigencia, por no permitir equivocarse...», explica la docente Serna, que matiza: «Se trata de miedo estúpido, porque son personas muy preparadas. Hay una cierta reductiva eclesial que les lleva a no probar y arriesgarse. Frente ello, deben cambiar la actitud: si crees en algo, hay que tener arrojo». Atrás quedaron los sermones de campanilla en el púlpito: «Ahora la gente no pide engolamiento, le piden a la Iglesia verdad y honestidad, presentarte como eres y, desde ahí, anunciar la Buena Nueva». De la misma manera, plantea que «hay que eliminar el paternalismo de las homilías, hablar dejándole caer al otro que uno tiene la razón. El que tengas la verdad no significa que la tienes que imponer, sino proponer».

Los autores del libro 'Entre la espada y la pared', Scott Cleverdon, Assumpta Serna y Juan Carlos Sánchez, por videoconferencia SAN PABLO 23/10/2020 SAN PABLO

Con esta premisa en el fondo, en la forma, el trío formado por Serna, Cleverdon y Sánchez se muestran inquisidores: excomunión a los sermones de veinte minutos, leídos con un tono de voz monótono y sin vocalizar. «El Papa dio unas pautas claves sobre cómo hacer una buena homilía en su exhortación ''Evangelii gaudium'', pero no le han hecho tanto caso como deberíamos. Al menos sí parece que los curas hemos respondido a su llamada para que seamos más breves en los sermones», reconoce Sánchez. «Ser breve no siempre es la mejor solución. Pero está claro que si lo que se va a contar no va a ser interesante, que al menos no sea tan largo», apostilla la actriz. «No es una cuestión de longitud, sino de actitud y calidad de lo que dice el que está transmitiendo la Palabra. Para que el Evangelio se reciba mejor, tienes que hablar con pasión».

¿La otra clave para triunfar con una homilía? Los gestos. Para Serna, hoy no hace falta otra «master class» que las que da en cada una de sus apariciones el Papa Francisco: «No es un actor, es un hombre auténtico que expresa, gesticula y habla lo que piensa y siente. Además, se nota que se siente cómodo comunicando. La comunicación no verbal transpira el alma de la persona. Si los gestos contradicen las palabras de un pastor, apaga y vámonos». Ahí, su compañero de reparto consagrado, Juan Carlos Sánchez, deja caer otro pecado clerical: «A veces los curas señalamos con el dedo acusador, transmitiendo que estamos por encima del bien y del mal lo que provoca un rechazo a los feligreses». A Cleverdon le sorprende cómo algunos presbíteros no son capaces de expresarse bien en público, cuando en su día a día asumen diferentes roles, que sin ser fruto de un guión, sí les obliga a situarse de una manera distinta: «Les toca ser padre, hermano, amigo, confesor, psicólogo... Esa versatilidad es la que deberían mostrar también en el altar y no suele ser así». «Se trata de ser uno mismo su propia homilía, convertir la vida en la propia hermenéutica de lo que cuentas», saca Sánchez como moraleja.