Kiko Rivera: le duele el corazón y la cuenta corriente

Tardó en descubrir o en que se le revelara algo que ya sabíamos, sufríamos y silenciábamos los implicados, o más bien complicados, en tan folclórica cofradía

Es tremendo, inesperado y desconcertante. Nadie esperaba algo así ni siquiera en el interminable culebrón familiar. Suman y siguen, una manera lamentable y cuestionable de recuperar actualidad, aunque de forma lastimosa y destructiva. El conflicto nada menos que lo plantea Kiko Rivera, el inefable, prepotente y superado Paquirrín de los buenos y armoniosos años dinásticos tan aflamencados. Se lo cuenta a Mila, ya incisiva entrevistadora, tiene mucho que enseñar. Y también que callar. Ahora sale rajando y zurrando fuerte parece que amargado con su madre –¡ay, madre!– a la que sin tapujos ni envolturas llama «soberbia», toma ya. «Cuando tenía 18 años yo firmaba cuanto mi madre me decía», reconoce y denuncia tarde, pero seguro de querer ir a por todas aunque eso perjudique a la madre que lo parió. Tardó en descubrir o en que se le revelara algo que ya sabíamos, sufríamos y silenciábamos los implicados, o más bien complicados, en tan folclórica cofradía. ¡No calla nada! Larga de lo lindo, no tiene pelos en la lengua como si quisiera justificar tanta persistente, o casi increíble, ignorancia. Asombra, enternece, escama, pero Kiko también desconcierta en su tardía claridad persistente pese a la confesada depresión que padece actualmente. Le duelen el corazón y la cuenta corriente. Lo deja diáfano. Tira a dar:

«Con 18 años y no sabiendo nada, yo firmaba cuanto decía y presentaba mi madre. Lo hacía encantado y confiado. En el fondo de mi corazón sé que ahora pasa algo. Haré lo imposible para que se aclare todo y se respete y cumpla el testamento de mi padre. Haré cumplir su última voluntad», asegura, ingenuo o hasta inconsciente de a lo que se enfrenta. A buenas horas. Quién imaginaría a Paquirri en tales embestidas y cornadas tardías, descalificadoras y tan desagradables. Sin capotazos posibles. Airea todos los trapos sucios abundantes en la coplera saga. Al caso le sacarían un repertorio con tonadillas únicas Quintero, León y Quiroga para que las doliera emocionada y llorosa Marifé de Triana porque la también grande y única Juanita Reina no padecía tanto porque todo se le iba en quiebros acongojados. Aleluya, hay tema, desafío, encono y lamentos para rato. Es la copla que no muere y siempre resucita aunque ya no la escriban los inmortales Quintero, León y Quiroga.