Chiquito perdería su eterna sonrisa si viera el cisma familiar a los tres años de su muerte

Chiquito de la Calzada

Fue un 11 de noviembre cuando se apagaba la eterna sonrisa de Chiquito de la Calzada. Hoy se cumplen tres años de su muerte y es imposible olvidar a un hombre tan singular.

Pero si el humorista siguiera entre nosotros sufriría al presenciar el cisma familiar. Su sobrina y heredera, Loli, por un lado, y el hermano del fallecido por otro. La primera vive hoy en la casa que habitaron durante tantos años Chiquito y su esposa Pepi, un piso en el paseo marítimo de la capital malagueña lleno de recuerdos de un personaje que gozaba del cariño de todos los españoles.

El humorista Gregorio Sánchez, "Chiquito de la Calzada"(izqda.), acompañado de su esposa (dcha.), Pepita García

La muerte de su mujer hundió al cómico en una depresión profunda, su vida se limitaba a dar largos paseos matinales por la zona cercana a su domicilio y a tomar el aperitivo y almorzar en «Chinitas», su bar de confianza. Poco más. Pasaba las tardes, y buena parte de las noches, mirando fotos de su Pepita del alma. Las acariciaba con mimo y devoción.

Dicen que se marchó de este mundo soñando con reencontrarse con el amor de su vida, fue incapaz de superar aquel adiós tan triste. Pepi era mucha Pepi. Timón sentimental de su marido, siempre supo mantenerse a la sombra del genio sin que su popularidad creara algún tipo de celos.

Gregorio Esteban Sánchez Fernández, como se llamaba realmente el artista, pasó los cinco últimos años de su vida, según nos cuenta Antonio, uno de sus amigos, «recordando a su mujer, fallecida en 2012. Le echaba tanto de menos que hasta se imaginaba cómo sería su reencuentro en el más allá. Vivía por y para su recuerdo. Medio siglo de unión feliz da para eso y más. Gregorio era un tío campechano y muy amigo de sus amigos. Ayudaba a la gente con un corazón generoso y sincero. Todos sentimos su muerte, y todos le recordamos hoy con enorme cariño».

Igual que lo hacen las enfermeras que le atendieron en sus últimos días en el Hospital Carlos Haya de su ciudad natal. Hasta poco antes de morir seguía gastando bromas y contando chistes. María es una de esas sanitarias y se acuerda de que «nos desveló que había conocido a Pepita en un tablao de Córdoba, que lo suyo fue un flechazo y que nunca volvió a mirar con ojos de enamorado a ninguna otra mujer. Que le gustaba cantarle coplillas y contarle chistes».

Una de ellas lo dice todo: «De qué le sirve a tu madre ponerte guarda o centinela, si has de venirte conmigo por las malas o las buenas… que me como tus carnes y soy yo lo que más quieres».