Barack y Michelle Obama: la pareja idílica no lo fue tanto

Unas memorias del ex presidente revelan que cuando llegaron a la Casa Blanca temió por su matrimonio. A la primera dama le costó mucho encajar aquello

«Había noches en las que estaba acostado junto a Michelle en la oscuridad y pensaba en los días en que todo entre nosotros fluía sin esfuerzo, cuando su sonrisa era habitual y nada perturbaba nuestro amor. Entonces mi corazón de repente se encogía por el temor a que esos días ya no volvieran». La Casa Blanca le costó a Barack Obama distanciarse de su mujer. Es uno de sus recuerdos más amargos y la revelación más comentada de las que publica en su libro de memorias «Una tierra prometida», que saldrá a la venta en EE UU el 17 de noviembre. La mayor parte de su contenido es una revisión política de su mandato, aunque adereza el relato con episodios íntimos y anécdotas familiares que descubren mucho más del personaje público.

Los primeros años en la presidencia reconoce con tristeza que fueron especialmente duros para ella porque le costó sobrellevar las exigencias de convivir con el poder: «A pesar del éxito y la popularidad de Michelle, sentía de fondo la tensión en ella, sutil pero constante, como el leve zumbido de una máquina oculta (escribe Obama). Era como si, confinados como estábamos entre los muros de la Casa Blanca, todo lo que le había generado frustración en su vida regresara de golpe, más vívido, porque yo estaba absorto en el trabajo las 24 horas del día o por la forma en que la política exponía a nuestra familia a constantes ataques y a un permanente escrutinio, o incluso porque nuestros amigos y familiares consideraban que ella había pasado a un segundo plano».

Michelle ya había hecho referencia a esas turbulencias en un podcast que publicó en septiembre en Spotify: «Hubo momentos en que quise tirar a Barack por la ventana. Pero eso no significa que deseara dejarlo... Tenemos un matrimonio muy fuerte. Si me hubiera rendido, si me hubiera alejado de él en esos tiempos difíciles, entonces me hubiera perdido todo lo maravilloso que seguimos compartiendo».

Un columpio para mirarlas

La integración fue más sencilla para sus dos hijas, Malia y Sasha, que asumieron la mudanza cuando tenían diez y siete años. Vivían ajenas a todo, felices, lo que era la mejor recompensa y un alivio para sus padres: «Hicimos instalar un columpio para ellas directamente frente al Despacho Oval. De esa forma, al mirar por la ventana al final de la tarde, mientras me ocupaba de esta o aquella crisis, podía observar a las chicas jugando fuera, sus rostros llenos de alegría subiendo y bajando».

Las niñas alegraron la vida de su padre de otra forma, aunque no fuese ese su principal propósito.Gracias a uno de sus caprichos, Obama encontró a uno de sus mayores apoyos, Bo, el perro de aguas portugués que adoptaron durante su primer año de mandato. «Con Bo tuve lo que alguien describió una vez como el único amigo en quien puede confiar un político en Washington. También me daba una excusa adicional para posponer mi papeleo vespertino y unirme a mi familia después de la cena en un paseo por South Lawn (uno de los jardines de la Casa Blanca). Fue durante esos momentos, con la luz desvaneciéndose en bandas de color púrpura y dorado, Michelle sonriendo y apretando mi mano mientras Bo entraba y salía de los arbustos con las chicas persiguiéndome, cuando me sentía normal, completo, afortunado».

Sin embargo, los atardeceres apacibles no siempre le bastaban para aliviar las tensiones acumuladas, de modo que caía en la adicción que le ha acompañado desde la adolescencia. Había prometido a Michelle, siendo todavía candidato, que dejaría el tabaco, pero no fue capaz de cumplir su palabra. «Buscaba un lugar discreto para fumar por la noche», reconoce en el libro. No más de nueve o diez cigarrillos al día. Hasta que su hija Malia le pilló... Por ella lo dejó definitivamente, aunque eso supuso que durante meses no se separara de sus chicles de nicotina.

Ahora, admite, el único vicio que mantiene y al que no piensa renunciar es Michelle. Quizá la mejor descripción de la naturaleza de su relación sea las líneas de sus memorias con las que describe el placer de sentirla a su lado, recostada sobre su hombro, escuchando cómo su respiración se va atenuando hasta que se queda dormida. Cómo se han echado de menos esos afectos en la Casa Blanca desde su marcha. Ahora tendrán que ser Joe y Jill Biden los que en su nueva residencia cierren la puerta del congelador que los Trump dejaron abierta.