Llantos y sollozos: la penitencia morada de Irene Montero

Su peor pecado quizá sea la incoherencia. Con el mismo desparpajo suelta un discurso incendiario que llora a moco tendido sobre el micrófono

La ministra de Igualdad, Irene Montero, durante la sesión de control al Gobierno celebrada en el Senado, este martes en Madrid.
La ministra de Igualdad, Irene Montero, durante la sesión de control al Gobierno celebrada en el Senado, este martes en Madrid.MariscalEFE

La ministra de Igualdad lleva en su mascarilla el morado de la penitencia, aunque para ella sea solo el color de un ilusorio horizonte republicano. Ha cogido por costumbre sollozar y pedir perdón por cada mujer asesinada, pero su empeño inclusivo le hace enredarse en palabrejas, palabrejos y palabrejes, y, ella misma lo reconoce, siempre acaba llegando tarde. Se disculpó por el retraso en el caso de las niñas de Tenerife y aprovechó sus excusas para articular un discurso feminista en el que equiparó esta tragedia con la sanción a Juana Rivas.

Con ojeras y pucheros, ha pedido perdón en el Congreso por su fracaso en la ley trans, reconociendo su deuda con «ellos, ellas y elles» bajo la promesa de que verá la luz. Quizás su peor pecado sea la incoherencia. Con el mismo desparpajo que suelta un discurso incendiario, frunciendo el ceño en un gesto aprendido de Iglesias, llora a moco tendido sobre el micrófono, como hizo el 25 de noviembre en un acto institucional que conmemoraba la no violencia contra la mujer. Hubo muchos que no la creyeron porque advirtieron en sus ojos más despecho que dolor por las víctimas. Las voces discordantes en el seno del feminismo era lo que provocaba, a juicio de los incrédulos, que se le quebrase la voz.

La ministra de Igualdad, Irene Montero, interviene en una sesión de control al Gobierno, a 8 de junio de 2021, en el Senado, Madrid, (España).
La ministra de Igualdad, Irene Montero, interviene en una sesión de control al Gobierno, a 8 de junio de 2021, en el Senado, Madrid, (España).EUROPA PRESS/R.Rubio.POOL Europa Press

En su estilo penitente está el hábito de arrogarse la representación de todas las mujeres y convertir sus dogmas en mercancía. Dice «España será feminista o no será» y obtiene una recompensa del Gobierno de 100 millones de euros que se repartirán para la lucha contra la violencia de género. Igualmente, su ministerio gastará un millón de euros en una campaña para concienciar a los hombres y mujeres sobre conciliación y el reparto efectivo de cuidados. Su temeraria falta de moderación en el discurso le hace parecer una daimona llamada a proteger a la población femenina.

Se justifica alegando que hay una parte, «por pequeña que sea», que puede estar sometida a «reparación» a través de las políticas públicas y de la ciudadanía cuando «reconoce su existencia» y se conjura para erradicarla. Su peculiar penitencia tiene un nombre: exceso de hibris. Es decir, desmesura en esa aspiración redentora como si fuese depositaria de un poder sin límites impropio de su condición humana. En los últimos meses se ha registrado un aumento de asesinatos y violencia contra las mujeres que ella achaca al fin del estado de alarma. «De nosotras depende frenar esa ola. Hay que estar alerta y no bajar la guardia», asegura. El psiquiatra Tomás Cabrera desmentía sus hipótesis en La Sexta: «La mayoría de los hombres somos gente normal que vivimos con nuestras mujeres (…). No hemos observado en las estadísticas que haya habido ni olas, ni tsunamis».

La ministra de Igualdad, Irene Montero, durante su intervención en la entrega de reconocimientos con motivo del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer
La ministra de Igualdad, Irene Montero, durante su intervención en la entrega de reconocimientos con motivo del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la MujerJ.J. GuillénEFE

Las voces críticas recuerdan que disponemos de muchas leyes que exigen y promueven la igualdad de todos los ciudadanos. Bastaría con reclamar su cumplimiento y promocionar la educación, el respeto y la convicción de que todos somos iguales. No es que las lágrimas o la ternura que intenta esbozar Montero sean un demérito. El polítologo Daniel Eskibel opina que es saludable que los políticos expresen sus emociones y sintonicen con el estado anímico de la sociedad. Pero reconoce que puede tener algo de trampa si el llanto es fingido. «El público capta el engaño y reacciona con desdén o con rechazo. Solo si es real, esa emoción se hace viral».

Beatificación

Lo cierto es que en este valle de lágrimas, la inversión mediática en emociones puede ser, como dice el filólogo Xavier Laborda Gil en «Lágrimas de cocodrilo», muy provechosa. Sabiéndolo, la ministra se flageló cuando Rocío Carrasco dio su testimonio. La apoyó públicamente obviando la presunción de inocencia de Antonio David. Le pesó no haber llegado a tiempo y sollozó cual santa viva a la que hubiera que besarle la mano. De seguir así, alguien promoverá su beatificación.

Irene Montero interviene en 'Sálvame' sobre Rocío Carrasco
Irene Montero interviene en 'Sálvame' sobre Rocío CarrascoTelecinco