Dalí, protegido por su secretario armado

También tuve mi tiempo surrealista, hoy superado con los «realities» televisivos que nos dejan sin capacidad de reacción como aquel revólver al cinto estilo «Far West» con el que Enrique Sabater guardaba las espaldas del pintor. Recibía amenazas por ser franquista y vivía asustado. Gracias al inolvidable Antonio Olano, reportero que entró en La Habana con el entonces revolucionario Fidel Castro, me introduje en el círculo casi más íntimo del genio del Ampurdán, al que yo conocía por vía de su primo Ramón Amposta, entonces director de la barcelonesa Radio España, sita frente al Teatro Poliorama donde hacían exitosas temporadas Nuria Espert, Vicente Parra, Lola Herrera y Carlos Larrañaga, acompañando el debut escénico de Rocío Dúrcal, siempre alentado por Luis Sanz. Era un tiempo de grandes empresarios y con Dalí, que siempre tenía suite con bañera romana en el Ritz de Antonio Parés, solía montar tertulias en sus amplios y cálidos salones. Lo acompañaban Modest Cuixart, Xavier Cugat y José Luis Vilallonga mientras Florinda Chico cantaba el «Pobre chica» en su parrilla. A Dalí le gustaba expandirse en el Molino auténtico, entonces propiedad de Vicenta Fernández y que hoy es un lugar remozado sin la esencia que tenían la Bella Dorita y Mary Mistral. Eran un gran ejemplo de desvergüenza consentida por la censura, entonces implacable. Lo mismo pasaba en Francia y nadie lo cuenta. Yo padecí en la «plage des Salines» de Saint-Tropez cómo los helicópteros, mandados por De Gaulle, iban a la caza y captura de bañistas desnudos en los clubes de moda. Nos metíamos con el agua al cuello y se marchaban tranquilos tras la inspección. Ahí me inicié, y terminé en la próxima isla de Levante, transformada ya en nudista frente a Hyères. Fui un adelantado del despelote, luego rematado en Sitges, que también se anticipó a eso y a la devoción por El Greco.

Salí mucho con su prima Montserrat Dalí, experta en indianas y una mujer exótica que ponía de los nervios a Gala. Acompañé al propio pintor cuando Henri-François Rey presentó en Cadaqués «Los pianos mecánicos» y acabamos bañados en chocolate, ya tutelado por Sabater, cuya muerte por cáncer coincide con el cierre de la gran antológica del Reina Sofía. Tenía 77 años y en 1980, durante una década, sustituyó al cuestionado capitán Moore como hombre de confianza, secretario y hasta chófer del divino Dalí, reemplazando al fiel Arturo, que guarda los mejores secretos. Le organizó un encuentro en el Ritz con Ludmilla Tchérina, lo acompañaba a Los Tarantos a ver cómo Maruja Garrido –a la que incluso dedicó un libro– se desmelenaba con «Guantanamera». Con él estuve en el Hotel Maurice, caballo disecado incluido, cuando entró en la Academia francesa. Compartí la corte de galanes que acosaban a Gala en los tiempos de «Hair» –precisamente el protagonista fue su amante durante un tiempo– y ella nunca me perdonó que nos cayésemos bien: hasta pretendió tirarme por uno de los canalillos que tenían en su casa de Portlligat. Su muestra fue un suceso madrileño nunca visto, descubrieron al Dalí más genuino, rompedor y transgresor.