Fallece Pitita Ridruejo a los 88 años

La aristócrata ha fallecido hoy a los 88 años en su casa de Madrid

  • Pitita Ridruejo, en su casa de Madrid
    Pitita Ridruejo, en su casa de Madrid /

    Gonzalo Pérez

Tiempo de lectura 4 min.

10 de mayo de 2019. 09:39h

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E. B..  6/5/2019

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Esperanza Ridruejo falleció ayer en Madrid a los 88 años de edad. La aristócrata y última gran dama de la jet-set española será enterrada mañana en Soria, donde nació el 17 de diciembre de 1930. Hija primogénita de dos de las familias más acomodadas de Soria, los Ridruejo y los Brieva, Pitita se trasladó siendo una niña con sus padres a Madrid, donde estudió en el colegio de la Asunción de Madrid. De joven quiso ir a la Universidad para estudiar Filosofía y Letras, pero su padre, un hombre con mucho carácter, le quitó la idea de la cabeza porque «había chicos en las aulas y no estaba bien que una mujer supiera más que un hombre», relataba la socialité. Sí quiso, en cambio, que aprendiera idiomas y por ello la mandó a Belmont, Inglaterra, donde estudió Literatura inglesa y, poseriormente, a Ginebra. Pitita hablaba inglés, francés, italiano y, claro está, español.

El 24 de junio de 1957 contrajo matrimonio con Mike Stilianópulos Estella, filipino de ascendencia griega, del que adoptó la nacionalidad y con el que tuvo tres hijos. Ana, que nació en 1964, Carlos, en 1966 y Claudia, en 1973. Su único varón contrajo matrimonio con Gracia Abascal, los cuales le dieron tres nietos: Carlos, Álvaro y Gracita. Su hija Claudia se casó con Juan Garaizábal, nieto del fundador de Viajes Marsans, del cual años más tarde se separaría.

En 1973 fueron nombrados embajadores de Filipinas en España, etapa en la que acompañaron a los entonces príncipes de España en su viaje por ese país. Tras ser nombrado su marido embajador filipino en Londres, desarrolló una intensa actividad social y tuvo sus escarceos con la moda. También inició sus estudios de parapsicología, historia de las religiones y filosofías orientales.

En 1983, el matrimonio abandonó la carrera diplomática y se instaló junto a sus hijos en España, entre Madrid y Marbella, ocupando desde entonces un lugar destacado entre los miembros de la alta sociedad, siendo protagonista de las crónicas sociales de la época.

Era frecuente verla compartir actos sociales con personalidades como la condesa de Romanones, Jaime de Mora y Aragón, Alfonso de Hohenlohe y Gunilla Von Bismarck, entre otros. Muy alabada por su estilo y elegancia, ha recibido numerosos galardones como el Premio Paride y el del diario «Pueblo».

Gran amante del arte, como pintora colgó parte de sus obras en algunas exposiciones en Roma y protagonizó dos películas para la televisión alemana en 1970. En 1971, realizó varias pruebas con el director italiano Federico Fellini, pero el traslado de su marido le obligó a abandonar el proyecto. Su hija Claudia ha heredado esa pasión por el arte y es conocida por sus esculturas monumentales y por su pintura.

En los 80, alcanzó gran popularidad al revelar que tenía apariciones marianas que reflejó en «La Virgen María y sus apariciones» (Espasa), un libro con sus vivencias. Desde entonces se convirtió en una experta de este tipo de experiencias religiosas, de las que ella misma fue testigo directo, documentándolos con su cámara Polaroid. «He dado en España más de 500 conferencias sobre el tema. Yo solo conocía Lourdes y Fátima, pero fue en El Escorial donde dije con una convicción completa ‘esto es verdad’», confesaba hace unos años a LA RAZÓN.

Nunca concedió demasiada importancia a los que pusieron en entredicho sus vivencias atribuyéndolo a una experiencia fruto de su imaginación. «Mientras tenga a mi familia, siempre seré feliz. Me da igual lo que digan los demás». Pitita era una mujer muy religiosa, que en más de una ocasión confesó que rezaba a diario y que tampoco faltaba ningún domingo a misa. De hecho, el recibidor de su casa estaba presidido por un gran figura de la Virgen de la Esperanza.

Como buena creyente siempre soñó con encontrarse con el Papa, que en aquella época era Juan Pablo II. El momento quedó inmortalizado en una fotografía de la que solía recordar «nunca olvidaré su voz y su apretón de manos». «Me gustaría irme al cielo. A mí ya me han dado el último sacramento, porque tengo un padre espiritual y como siempre estoy diciendo que me encuentro fatal, me dio la extremaunción. Nunca se sabe cuándo te vas a ir... Pero todo va a ir divinamente», aseguró en una de sus últimas entrevistas a LA RAZÓN. «Quiero que me entierren con mi madre, mi padre y mi abuelo... y también con mi marido, pobrecito», confesó años antes del fallecimiento de éste.

Con su muerte se pierde un icono de la prensa del corazón que marcó una época y en la que forjó grandes amistades como con Aline Griffith, condesa de Romanones, la americana que llegó a España como agente secreto, la duquesa de Alba o la mismísima Isabel II.

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