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Julio Iglesias, el hombre que siempre ha querido y quiere vivir en el récord Guinness

Exceso de lujo, poderío, gloria. Le calculan unas 3.000 conquistas... ¿A quién no le repatea un tipo así?

Exceso de lujo, poderío, gloria. Le calculan unas 3.000 conquistas... ¿A quién no le repatea un tipo así?

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A Warren Beatty, el gran pecador de Hollywood, su último biógrafo le adjudicó 12.775 mujeres seducidas. No ha contado los polvos rápidos, quería terminar el libro antes de 2090. De ahí la frase de Woody Allen: «Me gustaría reencarnarme en la yema de los dedos de Warren». En este sentido, la cifra de Julio Iglesias es más modesta: le han calculado unas 3.000, y no parece que tenga ya ninguna posibilidad de igualar la relevancia de la nómina de Warren: Diane Keaton, Barbara Streisand, Faye Dunaway, Madonna, Cher... No sé si Julio se planteó alguna vez ser Warren Beatty, un auténtico atleta sexual, pero no cabe duda de que siempre ha querido vivir en el libro de los récords, en el Guinness. Si no por la cantidad de mujeres con las que se acostó, sí por los discos que vendió y vende (350 millones en 14 idiomas), por los países en los que cantó y canta, por el dinero que ganó y gana, por los premios que recibió y recibe, por... Julio es un exceso de lujo y frenesí, poderío y gloria, éxito total. ¿A quién no le repatea un tipo así, epítome del triunfo, de la vida paradisíaca entre palmeras y frente al mar que el resto de los mortales solo podemos envidiar? ¿Quién puede perdonar al residente en «¡Hola!», moreno de sol caro, elegante, pijo, seductor al que le descubren un hijo secreto cada año, de derechas y del Real Madrid? Demasiado para España. Además, lo de las muchas conquistas femeninas ya es por aquí costumbrismo burgués o material vitriólico para las feministas radicales. En el caso de Julio, podría darse la posibilidad de que le recomendaran el ejercicio sexual como mano de santo para aliviar su siempre dolorida espalda. Luego sería más medicina y balneario que lujuria desenfrenada. Lo digo por si «#MeToo».

«Las mujeres vienen y van»

Un día le dije: «El éxito es la soledad, Julio». «Lo sé, pero yo no quiero solo el éxito; lo quiero todo». «¿Y qué es todo?» «Quiero que me quieran, quiero que me quiera todo el mundo». «¿Y las mujeres, Julio?», «Las mujeres vienen y van». Deseaba que le quisieran sobre todo en España, pero a los artistas de por aquí todo el amor les parece poco cuando han catado el cariño, la fidelidad y la pasión del público americano. Otra cosa. Aquello es fuego, adoración, multitudes enfebrecidas. España, carcomida de resentimientos y fobias ancestrales, es más fría y escasa en la admiración, y la de hoy parece tener únicamente corazón para triunfitos, rosalías y raperos antisistema. Creo que Julio entendió pronto que nunca le iban a querer aquí como en México, Quito o Buenos Aires. «España –me comentó una vez, en América– es un país ideal para volver una vez al año a ponerte morado de jamón, marisco y tortilla de patatas». Supo enseguida que nunca caería bien a los progres que gobiernan con doctrina firme el mundo del espectáculo, de la cultura, y entre la vida en Punta Cana y Miami y ejercer de «outsider» canallita, Julio siempre lo tuvo claro: Sánchez nunca cogería el Falcon para ir a verle.

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Le conocí a finales de los 60, en el rodaje en La Manga de su primera película, «La vida sigue igual». Hablar con él era difícil y no por falta de atención a la Prensa o de amabilidad. En cuanto el director decía «corten y hasta mañana», Julio ya estaba en el hotel encamado con la actriz Jane Harrington, su bien amada en el filme y en la vida real, por lo menos sesenta días. Luego me invitó a acompañarlo durante un mes en una de sus apoteósicas giras, de Puerto Rico a Buenos Aires. Era, es, un buen compañero de viaje, aunque a veces cayera en la tentación de llamarte por teléfono a las tres de la madrugada para hacerte partícipe de su inmensa alegría por estar esa semana el primero en la lista «Billboard Hot 100». En aquellos años (finales de los 70, creo), aún se comentaba en su equipo la presencia de Isabel Preysler en las primeras giras americanas de Julio, cuando recorrían México en un microbús destartalado y ella hacía bocadillos de mortadela para todos y además los repartía con botellitas de agua y cervezas. Sí, ya sé, ahora cuesta imaginar a la Preysler haciendo bocadillos y repartiéndolos envueltos en papel albal, y tampoco es fácil imaginar a Julio pasando fatigas en un microbús, pegado a un ventilador de mano y espantando moscas. Pero eso contaban. Animado por el síndrome Aznavour (que cantó hasta los 94), Julio sigue empeñado en vivir en el libro de los récords, pero un día de éstos quizá confiese que lo cambiaría todo, todo, las listas y las tontas, por una espalda sana, sin dolor, porque ya ni los masajes de Miranda funcionan.