Karl Lagerfeld: La segunda muerte de Chanel

El diseñador que reflotó la mítica casa parisina en los ochenta y acabó convertido en un emblema que trascendía la moda, murió ayer dejando claro que no quería un entierro: “Prefiero desaparecer”.

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20 de febrero de 2019. 06:01h

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Carlos Herranz.  19/2/2019

De niño precoz a maestro de la alta costura pasando por figura icónica, fotógrafo e ilustrador. Parece imposible reducir a Karl Lagerfeld a un sólo vestido. También que alguien pueda ocupar el gran espacio polifacético que deja con su marcha. En la moda y en la cultura pop. De sus lentes oscuras, coleta plateada, traje con alzacuellos y manos cargadas de anillos hizo un perfil en blanco y negro que trascendió a las pasarelas para convertirse en un perfecto icono. Lagerferld cumplía décadas mientras los demás dejaban de estar de moda. Supo reinventarse y dilatar su extensa carrera desde la televisión sin color hasta la era de las redes sociales. Algo único en su especie. Como si la moda a la que él mismo definió como «efímera, peligrosa e injusta», en su caso fuera el antídoto contra el paso del tiempo.

El lunes había sido hospitalizado de urgencia en el Hospital Americano de París y ayer por la mañana se confirmaba su fallecimiento a sus 85 años y tras casi media vida al frente de la casa Chanel, a la que resucitó en la década de los 80 para devolverla al olimpo de la alta costura. Ya en enero pasado resultó especialmente llamativo que el creador no acudiera al desfile de la firma. Su mano derecha, Virginie Viard, que tomará su relevo como creadora de colecciones de Chanel, lo excusó tras el desfile. «Se sentía cansado» afirmaba, pero su ausencia había hecho saltar todas las alarmas y la mayoría de los grandes diarios parisinos tenían su obituario guardado en el cajón para publicarlo.

Pocas horas después de conocida su muerte y cuando todas las televisiones de información continua se volcaban en especiales sobre el «Kaiser», algunos fieles anónimos dejaban flores en el escaparate de la boutique de la calle Saint Honoré, en el corazón de la capital gala. Los homenajes y reconocimientos de estas horas darán paso a la nada. No habrá entierro. Lagerfeld cumplirá lo que quiso cuando hablaba de su propia muerte: esfumarse. Cuando le preguntaron el año pasado si querría un funeral con honores de estado como el del rockero Johnny Hallyday en la Madeleine su respuesta fue clara: «¡Qué horror! No habrá entierro. Mejor morir. Desaparecer, como los animales en la selva virgen». Le espantaba tanto un féretro como un pantalón de jogging.

Nacido en Hamburgo en 1933, fecha biográfica cuestionada por él mismo, probablemente con el objetivo de echar más leña a la hoguera de las vanidades, Karl Otto Lagerfeld era hijo de un rico industrial de origen sueco y de una madre prusiana. Fue a princios de los 50 cuando viendo un desfile de Dior decidió que lo suyo iba a ser la moda y para ello decidió partir rumbo a París. Alemania siempre fue su «patria espiritual» pero nunca un lugar para quedarse. Sin embargo, ese caracter estaba muy presente en su vida. El joven Karl destacó en el mundo de las agujas parisino. Un dibujo de un abrigo escotado por la espalda le hizo ganar el premio del Secretariado Internacional de la Lana, distinción que compartió ex aequo con un incipiente Yves Saint Laurent y que le permitió varias colaboraciones en talleres como el de Pierre Balmain o la casa Chloé hasta que firmó contrato con Fendi en 1965.

Pero si hubo un año que cambió su vida para siempre, ése fue 1983. La casa Chanel, otrora buque insignia de la moda francesa, atravesaba una crisis de identidad y se había quedado trasnochada. Lagerfeld aceptó el reto de reflotarla y lo hizo apoyándose en modelos de la talla de Inés de la Fressange, Cindy Crawford o Claudia Schiffer. No sólo fue su creador artístico, también se encargó de la fotografía de la marca, otra de sus pasiones. Con Saint Laurent mantuvo una gran amistad que se truncó con el enredo amoroso más legendario del mundillo de la moda cuando YSL tuvo un romance con Jacques Bascher, un dandy noctámbulo que fue el gran amor de Lagerfeld hasta que falleció por sida en 1989.

En su larga carrera, Lagerfeld se inventó y reinventó muchas veces. Destaca sobre todas ellas el severo régimen al que se sometió en los 90 para perder 43 kilos y poder encajarse las creaciones estilizadas de su amigo Hedi Slimane, el joven prodigio de Dior. La silueta pitillo dio los primeros trazos del personaje que hoy conocemos. Nunca bebió ni fumó. Sus adicciones eran las cremas y el trabajo. Y se atiborraba de la más conocida e internacional marca de sodas de logotipo rojo, con la que por cierto, luego colaboró. Así se fue convirtiendo en una especie de logotipo de sí mismo. Lagerfeld era Coca Cola, Volkswagen o H&M. La globalización tuvo en el «Kaiser» un aliado único al tiempo que desde su taller producía doce colecciones anuales, un ritmo inaguantable. «No veo muy bien quién podría hacerlo en mi lugar, aunque a muchos les gustaría» dijo el pasado mes de julio a «Paris Match».

Viaja en avión privado con un cortejo de asistentes. El Kaiser no deja descendencia. Solo su famosa gata Choupette, felino con dos empleadas domésticas a su servicio y heredero de parte de su fortuna. No era intelectual pero quiso saberlo todo. Un responsable de un hotel de Saint Tropez por donde se dejaba caer con frecuencia narra algunas de estas características a LA RAZON. Sus amigos lo confirman. «No le gustaba el fútbol, pero llegaba la fecha del Mundial, y como todo el mundo iba a hablar de lo mismo, él era capaz de saber más que nadie de fútbol en quice días», cuenta Ralph Toledano, presidente de la Federación de alta costura en Francia. No hay nadie en Francia que hoy pueda dudar de su inmortalidad. Lagerfeld seguriá siendo eterno aunque ya forme parte de los animales del bosque.

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