La alfombra de los Forqué se sacude el glamour

Maribel Verdú y José Sacristán posan con sus premios José María Forqué 2013

Era lógico un despiste así con el personal acostumbrado durante 25 años a subir a la tercera planta del Eurobuilding, ahora en manos de la cadena NH, que ha colaborado en la restauración y ha dado lustre a la nueva imagen del Club Siglo XXI.

Era lógico un despiste así con el personal acostumbrado durante 25 años a subir a la tercera planta del Eurobuilding, ahora en manos de la cadena NH, que ha colaborado en la restauración y ha dado lustre a la nueva imagen del Club Siglo XXI. Convertido en símbolo de la Transición, ahora lo preside la permanente apostura de Eduardo Zaplana, que reemplaza a Paloma Segrelles y, aún así, algunos como Marcelino Oreja, José Luis Álvarez o Sánchez Terán, añoraban aquella época sin disimularlo. Las corbatas los distinguían en esa tarde fría y melancólica en la que el club lució casi estival. Le han dado una vuelta de tuerca y el hasta ahora clasicorro estilo de maderas nobles da paso a blancos luminosos e inmaculados.

Paloma Segrelles, genio y figura, recibía a los invitados con Zaplana y el local se quedó enano, dada la expectación que Pepe Oneto despertó con su evocación del 23-F, «un puzzle todavía no desentrañado». Un juvenil Ruiz-Gallardón, todavía sin canas, sonreía desde la pared y sorprendió el continuo mano a mano verbal entre Bono y Zaplana. Bono no se cortó: «A ésa que todos sabemos no la quiere nadie», aseguró, acaso herido por indirectas al corazón. Estuvo cómplice ante la bohonomía de Juan Palacios, habitual a estas sesiones en las que la nostalgia no es un error. Como tampoco lo fue la llamativa corbata alunada de un Rodrigo Rato que estuvo toda la velada pegado a su portátil mientras Oneto disertaba.

Y de política a cultura, en los Teatros del Canal se dieron los premios José María Forqué, nacidos de la nada y mantenidos gracias al esfuerzo de Verónica, que no olvida a su padre. Quedó demostrado que esto no es Hollywood y que nuestras alfombras no son igual de rojas. Aún así, sirve de prólogo a la ceremonia de los Goya y, en este caso, fue además un relanzamiento de la poco exitosa «Blancanieves» al ser galardonada como mejor película y Maribel Verdú, fiel a su melena superestirada,como mejor actriz. Eso demuestra de nuevo el divorcio entre público y crítica, porque la película consigue cinco estrellas en todos los análisis, aunque no consigue abarrotar las salas. Si a esto se suma que quedó en el camino para figurar entre las candidatas a los Oscar y que la Verdú fue ignorada en San Sebastián –que sí reconoció a Macarena García–, está más que servida.

Así de sosa estuvo la velada, pues no hubo más brillos que los de Lola Marceli, esa noche con lentejuelas doradas, y Mar Reguero, rebosante de «paillettes» rosas. El resto de actores, salvo Jesús Olmedo, recurrieron al negro clasicón y socorrido. Incluso los galanes más jóvenes –y ahora barbudos– como Mario Casas y Hugo Silva, y un Fernando Tejero que definitivamente no encaja en la nueva y repetitiva etapa de «La que se avecina». Le falta desenfado, siempre con aspecto avinagrado porque, como bien recoge el dicho, «la cara es el espejo del alma». A ver si con los Goya nos quitan la espinita y el escaso glamour de esta última cita. No quiero pensar que estén imitando el descuido de Penélope en su último estreno.