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Guerra abierta entre paparazzi y espías

Todo vale para reporteros y espías: rebuscar en la basura de Isabel Sartorius o pinchar los teléfonos de Tatiana de Leinchestein

Isabel Sartorius, fue víctima de un operativo de espionaje
Isabel Sartorius, fue víctima de un operativo de espionajelarazon

Hace años que los paparazzi sobrepasaron los límites entre lo público y lo privado en nuestro país, pero las artes de Método 3 está claro que son nuevas. En la época en la que Isabel Sartorius era la novia oficial del Príncipe Felipe, vi en primera persona cómo unos desconocidos se dedicaron durante semanas a husmear en las bolsas de basura del chalecito que la joven compartía con sus hermanos en el exclusivo barrio del Viso de Madrid. Fueron vistos e incluso fotografiados, pero nunca se supo quién contrató a esos «detectives privados» para recopilar cualquier tipo de información sobre Sartorius y su entorno.

Por lo visto, alguien encargó un dosier sobre la familia Sartorius-Zorraquin para poder demostrar que el entorno de la familia no era idílico: el alcohol y las drogas estaban más que presentes, como la propia Isabel llegó a confirmar en su best-seller autobiográfico «Por ti lo haría mil veces». «Con 14 años salía del colegio y mi madre me mandaba a comprar droga. Y yo iba: habría hecho cualquier cosa. Simplemente, era mi madre». Lo que ahora es un secreto a voces en aquellos años pudo ser determinante para que Zarzuela intentase alejar al heredero de Sartorius.

A partir de entonces a Isabel se le facilitó un dosier con los nombres, apellidos y fotos de todos los periodistas y fotógrafos susceptibles de hacerle seguimientos, guardias y fotos. Así, aunque nunca te hubiera visto, tenía memorizadas más de 50 caras. Una vez se levantó en un avión para saludar a un fotógrafo y su compañera, ante la sorpresa de ambos porque se dirigió a ellos por sus nombres de pila.

Aunque la palma, en lo que a seguimientos se refiere, se la lleva una agencia de prensa que utilizaba las artimañas más insospechadas para poder llegar a conseguir la foto del heredero español a la Corona. Fue muy sencillo: se acribilló a llamadas a Tatiana de Leinchestein, sobrina de Nora de Leinchestein, la segunda mujer de Vicente Sartorius, el padre de Isabel. Tatiana tenía dinero y una familia y pasado impolutos. Siempre se preguntaba por un tal Rodrigo Fernández de Córdoba, y Tatiana repetía una y otra vez desde el alba hasta la puesta de sol: «No, aquí no vive ese señor. Debe tener mal el numero...». Aproximadamente al mes Tatiana recibió una llamada del mismísimo Rodrigo Fernández de Córdoba disculpándose por el acoso telefónico que había padecido durante las últimas semanas y le ofreció disculparse personalmente invitándola a un café. Tatiana aceptó y el pararazzi se presentó con sus mejores galas, cochazo, Rólex de acero, el pelo engominado y una simpatía desbordante. Tras conocerse y aceptar las disculpas del joven galán que dice ser de una familia de terratenientes y aristócratas andaluces le hace un regalo: «Como nos hemos conocido por un error de imprenta en el numero de teléfono de mis tarjetas de visita... como compensación te he traído este detalle...». El regalo consistía en un teléfono inalámbrico para la casa último modelo. La joven e ingenua princesa aceptó el regalo del apuesto caballero sin sospechar que, a partir de entonces, la agencia de Prensa, que tenía pinchada la frecuencia en la que emitía su teléfono, controlaría todas las citas que la candidata a Princesa de Asturias tuviera con nuestro Heredero.

En el mundo del fútbol en los años en los que Roberto Carlos, Pedja Mijatovic, Davor Suker y Raúl González salían casi todas las noches por Madrid, el club merengue tuvo que contratar, ante la perplejidad de quienes cada noche seguíamos sus juergas, a una agencia de detectives, entre los que se encontraban ex policías con larga experiencia, para controlar y frenar las «cacerías furtivas» que empezaban en la discoteca Joy Eslava y acababan con «carreras a más de 150 km por hora» por la Ronda de Atocha, paseo del Prado, paseo de Recoletos y acababan en los bajos de la calle Goya donde se encontraba la discoteca «Pik-up».

Allí, fotógrafos y detectives privados pudimos ver salir más de una noche al «9» del Real Madrid, en un estado etílico preocupante, cogido casi en volandas por Yola Berrocal y otra chica exuberante que le metían en un taxi a las siete de la mañana para que fuera a su casa a dormir la mona o directamente, a ducharse para ir a la antigua Ciudad Deportiva del paseo de la Castellana. Tanto el entrenador como el presidente observaron el bajo rendimiento de los jugadores en los entrenamientos y decidieron cortar de raíz el problema. A partir de este toque de atención varios jugadores del Real Madrid, se asociaron para montar un bar de copas exclusivo, «el Barnon» de la calle Santa Engracia, frente a la comisaría de Policía, donde controlaban a porteros, seguridad, camareras, encargado, puerta trasera y reservado. De esta manera nunca más se pudo ver a los jugadores merengues en la noche madrileña. Raúl González conoció en «Barnon» a Mamen Sánz siendo esta camarera. Mamen, la que hoy en día es su mujer y la madre de sus cuatro hijos, fue quien realmente retiró al futbolista del mercado de «busconas» que rodea al mundillo de los jugadores de primera división.

Pero no son los únicos, ni mucho menos. Con Mar Flores ocurrió algo sorprendente. El seguimiento de dos fotógrafos de cabecera dio al traste con uno de los romances más sonados de la década de los noventa.

Mar Flores, en el objetivo

Y es que el trabajo de los paparazzi, uno era yo mismo, se cruzó con las labores de investigación de varias agencias de detectives madrileñas. El conde y la modelo se veían a escondidas de la pareja de entonces de Mar Flores, un conocido empresario naviero. Los domingos a las 11:00 horas en punto Alessandro Lecquio al volante de su Mercedes negro AMG de 250 caballos atravesaba la urbanización Puerta de Hierro se metía en la calle Lanzahita y al pasar por el nº 8 paraba y tocaba el claxon de su automóvil, y Mar se asomaba a la ventana de la buhardilla para lanzar un beso a su amor secreto. Un domingo acompañe a «Dado» dentro de su coche, pues no daba crédito a lo que me contaba y me parecía harto arriesgado. Hacía semanas que corría el rumor de que una agencia de detectives seguía sus pasos. En la casa del empresario comprobamos que había montada una «contravigilancia». Nunca se supo si fueron los hijos de éste –a mí no me lo han negado nunca–, un grupo de empresarios enemigos del naviero o el ex marido de Mar Flores, el también conde, Carlo Constanza de Castiglionne.

Por si fuera poco, Mar fue retenida en el colegio de Turín en el que su hijo estudiaba como consecuencia de un operativo de detectives, y tuvo que regresar en un avión privado a Madrid con su «cachorro». La agencia de detectives encargada del seguimiento a nivel internacional cuenta con la confianza de las altas esferas del mundo de la banca y la alta empresa. Son buenos, discretos y muy profesionales, pero, a veces, el «azar» no está de su parte.