Rajoy, del puro a las pastillas de menta

Un fuerte catarro ha sido el causante de que el presidente del Gobierno decida abandonar su eterna afición

El primer día que Mariano Rajoy y su familia se trasladaron al palacio de La Moncloa era una tarde de enero fría y oscura. El recién elegido presidente del Gobierno había entrado en su despacho oficial unas semanas antes, exactamente el 21 de diciembre. La llegada inminente de la Navidad, que Rajoy quiso pasar con su padre en Galicia, y el de tener que dejar su residencia habitual en Aravaca, retrasaron la mudanza definitiva. Aquella tarde, la escalera que accede a la vivienda presidencial estaba sin alfombra y la iluminaba una tenue luz. Los funcionarios habían mandado limpiar la tapicería y la electricidad era frágil, porque la familia Rajoy llegó antes de tiempo y la crisis no permitía despilfarros. «Ustedes, ni preocuparse, nosotros no queremos molestar», le espetó el nuevo inquilino jefe al ujier de turno más nervioso que una vela.

Hombre de costumbres

La anécdota define muy bien el talante de un hombre sencillo, campechano, a quien el poder ni le hace pavonearse, ni cambia sus costumbres. Tal vez porque Mariano lleva en política cuarenta años, toda una vida en la que ha sido y visto de todo. Y porque ese recinto de La Moncloa no le era ajeno tras su etapa como vicepresidente y titular de presidencia. Pero la vida familiar era otra cosa. Tras su matrimonio con Elvira, después de sus largos años de soltero en un pequeño apartamento próximo a la sede del PP, en Génova 13, la pareja vivió en un coqueto chalet a las afueras de Madrid. Fue una etapa feliz, pero con una vorágine de trabajo enorme. En esto coinciden todos los colaboradores de Rajoy: el presidente lleva ahora una vida familiar mucho más estable, dado que «trabaja al lado de casa». Los años de partido en la oposición, fueron muy duros, agitados, y rara vez podía disfrutar de un fin de semana en la tranquilidad de su hogar.

De manera que, dos años después, la faceta humana y la rutina familiar de Rajoy siguen indemnes y, si cabe, mucho más ordenadas. Algo sí ha cambiado de raíz: su eterna afición a los puros. Tras un fuerte «catarrazo», Mariano decidió que dejaba una de sus grandes pasiones, esos habanos tan inherentes a su personalidad. No por nada en especial, pero con una contundencia a rajatabla dejó de fumar de cuajo. Combate la adicción de tantos años a base de caramelos, que en ingentes cantidades y bolsitas de variados sabores pueblan ahora su despacho y habitaciones privadas. «Huele a menta y limón que te pasas», comentan sus más allegados. Un aroma limpio, sin humo, «que te tumba», dicen quienes despachan con él a diario y resaltan la fuerza de voluntad del gallego cuando se empeña en algo.

Rajoy y el puro llevan unidos desde su juventud, nada más acabar la «mili», que hizo en Valencia a las órdenes de Milans del Bosch. Hubo un tiempo en que Mariano rivalizaba, en esto de los habanos, con su compañero y buen amigo Juan José Lucas, otro fumador empedernido. Ambos eran vicesecretarios del PP y en sus despachos en la sede de Génova siempre había ceniceros a mano. A los dos les gustaba el llamado «Montecristo del cuatro», un exquisito ejemplar según los entendidos en la materia. Era su mejor regalo, lo que ninguno perdonaba a los postres de cualquier almuerzo. Incluso, en algunos ágapes con periodistas, competían en el número de «humaradas» y siempre ganaba Rajoy, llegando a fumarse hasta tres con un perfecto ceremonial, pues siempre ha pensado que la manera de encender, saborear y fumar un cigarro puro es todo un arte, un placer para los sentidos. En julio de 1991, cuando Lucas fue elegido presidente de Castilla y León, Mariano le obsequió con una buena caja de esos preciados habanos. Años más tarde, Rajoy intentó dejar el tabaco, pero a las pocas semanas retornó al escenario humeante. Ahora parece que va más en serio. Aseguran sus allegados que, si en algo se empecina, lo consigue. Tozudo, seguro y sin presiones. Fiel a su estilo.

En estos dos años como presidente del Gobierno, su vida personal es tranquila, metódica, y sus costumbres no han variado. Salvo que viajes oficiales lo impida desayuna y cena siempre con su mujer, su anciano padre y sus dos hijos, Mariano y Juan. El mayor, de catorce años, se parece mucho a él, reservado y gran deportista, al que le apasiona la vela, que practica en pantanos de interior; mientras, el pequeño es más pizpireto y, además, discute mucho con su padre de fútbol. Una «carajera», ironiza el presidente cuando habla de la pasión futbolera del chaval por el Atleti, mientras él es forofo del Real Madrid. Ambos estudian en un colegio británico en la capital, cuya evolución sigue muy de cerca Elvira, «Viri», una mujer que le va a Mariano como anillo al dedo. Discreta, austera, «la más sencilla y educada de todas», dicen los trabajadores de La Moncloa cuando se la compara con sus antecesoras. Sin un solo ruido, con modales exquisitos y sin gastar un duro, la esposa de Rajoy cambió algo la decoración de la residencia familiar y sustituyó unos cuadros. Ella maneja la intendencia de la casa, confecciona los menús familiares y oficiales y mantiene un trato excelente con todos. En el viaje a Panamá, durante la Cumbre Iberoamericana, se hizo un pequeño esguince en el tobillo que le está dando la lata, pero nadie la escucha quejarse. «Se aprende mucho de ella», comentan en Moncloa.

Fuera de su agenda oficial, la rutina del presidente no perdona dos cosas: tres horas a la semana de inglés y el ejercicio. Todos los días, a las siete de la mañana, una buena sesión de cinta, que practica con la televisión enfrente, «zapeando» canales españoles y extranjeros. Luego, un sano desayuno con cuajada, cereales y zumos. Los fines de semana, con su mujer, largas caminatas por los montes de El Pardo. Andar al aire libre es algo que Rajoy necesita para pensar, purificar la mente y ejercitar el cuerpo. Dos años después, y aunque como él mismo reconoce «vivo en el lío», Mariano Rajoy tiene el donde ir y venir siempre apacible, en contraste con las olas bravas de su tierra. Con su familia ordenada, sus amigos de siempre y sus costumbres arraigadas, piensa que La Moncloa es un lugar para vivir, lo más calmado posible, con «saudade». Lo escribió Rosalía de Castro, su paisana: como «ave de paso». Con la única «morriña» del trabajo bien hecho y los pies en la tierra.

LIBRE DE MALOS HUMOS

Rajoy ha puesto punto final a su único vicio y a sus más cercanos les resultará dífícil disociar su imagen a la del puro, que en alguna ocasión le ha jugado una mala pasada. Aquella instantánea de Rajoy fumando por las calles de Nueva York mientras la gente se manifestaba en el Congreso (25-S) fue muy comentada.