Los sábados de Lomana: “Si tuviésemos una presidenta todo se organizaría de una forma más racional”

  • Imagen de Carmen Lomana durante su viaje a Maldivas
    Imagen de Carmen Lomana durante su viaje a Maldivas
Madrid.

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09 de noviembre de 2019. 10:51h

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Carmen Lomana Madrid. 9/11/2019

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A veces pienso que vivir sola me ha hecho desarrollar un exceso de intolerancia al ruido, me saca de quicio estar en lugares con música altísima que no te deja hablar ni escuchar a los que están contigo, porque ya me dirán qué necesidad tenemos de estar con una orquesta molestando durante una cena y que te obliga a comunicarte a gritos con las personas que compartes mesa. Prohibiría altavoces y sistemas de sonido en cafeterías y restaurantes a no ser algo sutil que no moleste, y, para eso, mejor no tener nada. Lo que sí deberían cuidar más en los restaurantes españoles es la acústica, algo de lo que nadie se preocupa y unido a lo alto que se habla hay lugares que para mí son una pesadilla. Se mezclan y se entrecruzan voces, gritos, risas y conversaciones. Algo que adoro de madrugar es el silencio. Si me apetece sintonizar la radio no tengo que conciliar mis gustos con nadie. Ni hablar, ni contestar cuando estoy desayunando, siempre estoy concentrada con mis pensamientos y hasta el más mínimo ruido de los cubiertos de otro me molesta. ¿Me estaré volviendo una neurótica? Antes no era así. Recuerdo mañanas de domingo con mi pareja riendo y preparando el desayuno juntos, con la música que nos gustaba y bailando en camisón. Él solía ser el que la ponía , otras veces la seleccionábamos juntos pero lo que sucedió con mi última pareja fue algo sublime. Era violinista y estábamos abducidos de amor el uno por el otro y después de desayunar entre croissants y besos se ponía a tocar un concierto de Rachmaninoff o lo que yo le pidiese. Otros días escuchábamos ópera y así alargábamos las horas en pijama tanto como queríamos. Cuando él se fue y la distancia entre Holanda y España diluyó nuestra pasión, las mañanas de domingo se volvieron silenciosas. Desde entonces no he sentido necesidad de estar con nadie: no me he vuelto a enamorar. Es difícil cuando has tenido parejas que te han hecho feliz y te han aportado tanto emocional y culturalmente. Puedo conocer al hombre más guapo del mundo, pero si no tiene una solidez intelectual por la que pueda admirarle nunca me interesará. Hay otros que sin conocerles apenas intuyes algo intangible que sabes podrían «volverte del revés», en mi caso, siempre son del mismo perfil: «Boheme Bourgeois». Uno de mis amores platónicos es Bernard Henri Lévy. Reconozco que soy muy afrancesada en mis gustos, pero también hay un autor español al que adoro: Arturo Pérez-Reverte. Por su forma tan maravillosamente descarada, sin complejos ni cursilerías, de decir lo que piensa. En esta crónica debería hablar de lo que nos espera mañana pero es un plan que no me seduce nada, prefiero comentar el último debate liderado por mujeres ante las que me quito el sombrero y pienso una vez más que si tuviésemos una presidenta estoy segura de que todo se organizaría de una forma más pragmática y racional. A los hombres les sobra testosterona, vanidad y ansia de poder. Ayer por fin pude escuchar proyectos que mejorarían nuestras vidas, planes y menos echarse en cara el «tú más». La representante del PSOE fue en algún momento incapaz de poder responder algún tema sórdido. Solo pido a Dios que los votantes actúen con cabeza para salir de este terrible «impasse» en el que nos han metido. España necesita un gobierno fuerte y que haga cumplir la ley.

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