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Luis del Olmo ya encarceló a su estafador

Los Premios Pata Negra reunieron el pasado miércoles diferentes disciplinas

Del Olmo junto a María Cruz Soriano
Del Olmo junto a María Cruz Soriano

Los Premios Pata Negra reunieron el pasado miércoles diferentes disciplinas.

Fue una convocatoria sorprendente, inédita y casi irrepetible. Una gozada ver discutir de toros y fútbol al Marqués de Griñón con Enrique Cerezo, que también polemizó acerca de los títulos seleccionados para los Oscar. A fin de cuentas, es hombre de cine tanto en producción como dirigiendo. Uno de los grandes que quedan en España, y así lo reconoció el barbudo y adelgazado Eduardo Guerrero. Blanca del Rey sigue al pie del Corral de la Morería, en tiempos visita obligada por Dalí, recordó Álex de la Iglesia con Frankenstein en la camiseta. No deja de empalmar rodajes. Y un Luis del Olmo desamparado sin la calidez femenina de su esposa Merche: «Es que se le murió un cuñado y no tenía ganas», reconoció, y añadió que ya está encarcelado Rogelio Rengel, su ex administrador y hombre de confianza durante treinta años: «Se chupará siete años de cárcel por los cinco millones que me estafó», aclaró del Olmo al barbudo y colocado Antonio Carmona, mientras un adelgazado Iñaki Gabilondo formó tándem con el presentador ponferradino.

Tiempos aquellos insuperados en que fueron rivales en las mañanas radiofónicas de la cadena Ser y la Cope, pero su amistad es más fuerte que la devoción editorial, algo corroborado por la deliciosa Rosa Villacastín –inefables y atrevidos su bucles color rosa–, con Paolo Vasile de testigo. Habla en un susurro y cuesta entenderlo, no porque se exprese en un español defectuoso, sino por el tono con el que corresponde al casi reverenciador «blablabla». Con su blanca cabeza como de senador –o de César, ¿por qué no?–, Vasile está muy por encima y sabe lo que hay tras los halagos. Se mostró feliz por los espléndidos resultados de su cadena, nuevo récord del mes rasgueado a la guitarra por el duende de Antonio Carmona. Y todo por los Pata Negra, distinción creada hace nueve años «y vamos a por el décimo», exaltaron conscientes de cómo valoran su apetitosa estatuilla, que hasta ahora era un jamonazo y por comodidad redujeron a simple adorno de mesa optando por usar la paquetería para hacer llegar la pata negra a los destinatarios que ya no parecen llevar una guitarra bajo el brazo. Es lo más de la cartelera madrileña en calidad y bien lo demostró Eduardo Guerrero, joven y nueva revelación entre los bailaores consagrados en los más importantes escenarios.

Saboreando aún el jamón, remataron «por seguidillas» el danzante y Blanca del Rey, que se mantiene en óptima forma con brazos únicos, emparejada a Eduardo Guerrero, bailarín que mide más de uno noventa. Y eso dio para recordar que Antonio Ruiz era tan bajito como los mitificados Antonio Gades y Vicente Escudero, al que mucho conocí en Barcelona cuando su ex pareja María Márquez le dio cobijo y arropo familiar en su casa de la Plaza del Rey, justo a lado de Los Tarantos, inspiradores de la película y donde hasta hace poco seguía dando lecciones de braceo y desmelene la cartagenera Maruja Garrido, de la que Dalí era devoto. Enfervorecido, hasta le dedicó uno de sus libros, donde esbozaba el racial desmelena de la folclórica aupada en tiempos de Juan Roselló, extinto mantenedor del buen flamenco en local tan céntrico además de contratar a Liza Minnelli o el Aznavour de la buena época .

Era visita obligada para cualquier interesado y por eso comentaban el pedigrí de Guerrero, ganador del premio Desplante en el cante de las Minas y también considerado «el mejor» en el festival de Jérez. ¡Con su altura infrecuente en un danzante, roza el techo al levantar los brazos y evita tocarlo en un alarde que salta a la vista!

Patas negras de verdad, y teniendo tan a mano a Carlos Falcó, cómo dejar de preguntarle si entra en la polémica lanzada por su ex Isabel Preysler de si su hija Tamara Falcó quiere quedarse soltera. Isabel respetaría esa decisión y lo mismo me dijo el aristócrata con una inhiesta corbata un: «Que haga lo que quiera, ella sabe muy bien cuál es su camino», y apuró las cinco texturas de chocolate servido como postre exquisito.

Carmona estaba sentado en la mesa de una Carmen Lomana con blusa atigrada: «yo soy flamenca de otra forma», aclaró mientras su multirayada compañía aparecía vestido de pijama, atuendo cómodo pero informal que dio pie a mucha risas sobre que «¡ya no es hora para que vayas así!», causando risas en Mari Cruz Soriano, feliz con su vuelta a la añorada televisión donde se la podrá admirar en la segunda cadena.