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La impactante pérdida de peso de Susana Díaz

La líder del PSOE andaluz ha perdido entre 15 y 20 kilos con respecto a su peso máximo a pesar de su embarazo y muestra retoques en los pómulos y la frente

La tópica erótica del poder no alude, desde luego, a la relación directa entre el atractivo físico y el ejercicio de un cargo. Al contrario, el gobernante aparece con frecuencia aplastado por el peso de la responsabilidad y no hay más que recordar cuánto se ajaron los inquilinos de La Moncloa

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La tópica erótica del poder no alude, desde luego, a la relación directa entre el atractivo físico y el ejercicio de un cargo. Al contrario, el gobernante aparece con frecuencia aplastado por el peso de la responsabilidad y no hay más que recordar cuánto se ajaron los inquilinos de La Moncloa: desde las nieves que prematuramente platearon las sienes de Felipe González al bigotito ralo que se le desvaía a José María Aznar al cabo de dos legislaturas estrenadas bajo la rotunda majestad de aquel mostacho de galán cincuentero que lucía en la oposición. Y una vez desalojado del Gobierno, el alfeñique mutó en Adonis de abdomen tableteado.

La hoy casi olvidada Susana Díaz Pacheco (Sevilla, 1974), que hoy cumple 45 años, alcanzó el cénit de su carrera política antes de cumplir la cuarentena. Concejal con mando en el Ayuntamiento hispalense desde apenas superada la adolescencia, su cursus honorum hacia la cúspide del socialismo andaluz y (por poquito) español la hizo descuidar su aspecto durante tres lustros o, a lo peor, se mimetizó conscientemente con el personaje que pedía el voto desde el cartel: una vecina de Triana, anatomía generosa y melena pantojil mechada en rubio de bote, que se dirigía a sus interlocutores con desenfado barrial y empleando los vocativos “canijo”, ellos, y “shosho”, ellas, con el fonema che pronunciado al gaditano modo: fricativo postalveolar sordo... y ciertamente vulgar.

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La metamorfosis comenzó en el verano de 2015, cuando nació su primer hijo después de que las elecciones de marzo la instalasen sólida y legítimamente en el palacio de San Telmo, sede de la presidencia de la Junta de Andalucía, donde en 2013 había accedido gracias al dedazo del dimisionario Griñán, acuciado por un horizonte penal que se ennegrecía a ojos vista. Su embarazo, oportunamente anunciado en vísperas de la campaña electoral, culminó con el feliz alumbramiento de su hijo José María y la reaparición de la presidenta tras su baja maternal de menos de dos meses, a punto de cumplir 41 años, mostró en todo su esplendor a una primípara tardía radiante que, lejos de ganar peso durante la gestación, se presentaba con una decena de kilos menos.

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El trienio siguiente fue en verdad funesto para Susana Díaz, cuyos mentores se sentaron en el banquillo para expiar la endémica corrupción del PSOE-A –están a la espera de una sentencia que no será benévola– y cuyas ambiciones nacionales se fueron al traste tras perder la batalla por la secretaría general que dilucidó con Pedro Sánchez. Refugiada en la Junta de Andalucía, sanctasanctórum del poder socialista, el 2 de diciembre de 2018 quedó en la Historia como la candidata fracasada que, al cabo de cuarenta años, hubo de entregar el gobierno regional a la derecha. Con su carrera política en suspenso hasta que desde Ferraz decidan qué hacer con la federación andaluza, le llegó la hora de ocuparse de sí misma.

Es posible que Díaz haya pensado que, igual que la distancia geográfica aleja los problemas, el empequeñecimiento de su figura pública debía acompañarse con un recorte de su figura corporal. Y pese a que anunció hace un mes que en febrero dará a luz a una niña, en sus últimas apariciones ha mostrado un tipo envidiable. “Es un cálculo complicado de hacer sin ver la báscula –asegura un cirujano con varios lustros de quirófano–, pero ha debido perder entre quince y veinte kilos con respecto a su peso máximo. Además, está clarísimo que se ha retocado los pómulos y la frente, y puede que alguna cosita más”. Muchos montajes ‘antes-y-después’ disponibles a un golpe de clic parecen confirmar estas operaciones estéticas. Aunque, ya se sabe, conviene ser prudentes con las imágenes de Internet.

Será una renovada Susana Díaz, pues, la que comparezca en la inminente campaña para “batirse el cobre”, según sus palabras, por apuntalar en el Gobierno a su jefe e íntimo enemigo, Pedro Sánchez. Y la de su aspecto, a buen seguro, es la única renovación que la lideresa quiere que haya en un PSOE andaluz otrora monolítico alrededor de su (más rellena) figura pero hoy ya debilitado por las infiltraciones de Ferraz, desde donde la alternativa de María Jesús Montero es patrocinada por Carmen Calvo. De los cambios de look de la vicepresidenta en funciones y de su desmedida afición por los zapatos, que la ha llevado a ser conocida como la Imelda marcos egabrense, podrá hablarse en otra ocasión.