Un bolso de Valentino por ciento cincuenta euros

Rostros conocidos, como Alfonso Díez, acuden a la casa de subastas Segre
Rostros conocidos, como Alfonso Díez, acuden a la casa de subastas Segre

Devoro un libro acerca de «La señora Simpson», escrito por el americano Charles Higham, que ya hizo espléndidas y demoledoras biografías sobre Bette Davis –grande del cine donde las hubo, nunca la olvidaré echando humo en San Sebastián quince días antes de morir, con Fernán Gómez sorprendido porque le preguntó si había sido más mala en vida o en la ficción–, Katharine Hepburn y sobre un Errol Flynn de quien aquí descubre que fue espía nazi igual que Axel Munthe, autor del «The story of San Michele». Es un volumen sembrado de descubrimientos de los que causan pasmo, hallazgos bien conocidos por Aline Romanones, la incombustible espía roja que, supuestamente, compartía peripecias de James Bond con la ex duquesa de Windsor, la cual fue amante de Göering, según confirman documentos oficiales recomprobados.

Nos quedó de legado su imagen estirada y seca, siempre impoluta, la cual se encargaron de vestir, primero Coco Chanel, buena servidora de sus masculinizadas formas que conmovieron el trono inglés; y segundo, Elsa Schiaparelli –abuela de Marisa Berenson–, que en su trastienda le propiciaba encuentros amorosos. Era fruta de la época usar las visitas a la modista como tapadera de traiciones amorosas, en eso Wallis fue adelantada, igual que en amamantar al entonces Eduardo VIII en plan experta «maîtresse» con técnicas orientales aprendidas en China. El autor las detalla con crudeza y asegura que ahí radicaba el magnetismo de Wallis sobre el ex rey hasta el final de sus días. Fue la única mujer que le dio satisfacción erótica.

Aline no exageró su amistad con Wallis al punto de que le dejó en herencia una pulsera con dijes, nada que ver con las opulencias del Cartier de la mejor época –que no es la actual, en la que exhuma diseños del pasado con influencias hindúes–. Será este jueves en Segre, en el corazón del hoy destartalado Viso, que antaño fue el reducto señorial donde pervive el buen estar y el buen coleccionar de Juan Abelló y Ana Gamazo. Ofrecen firmas a bajos precios con una conservación óptima salvo un Kelly Bag de coco negro y 32 centímetros que presenta «señales de mucho uso». Todos los reseñan y por eso no hay deterioro en clásicos Chanel acolchados, en tonos crema o rosas, con bandolera o sin ella, desde 200 euros de salida. Los hay de Prada a 180, de Valentino a 150, varios de Bottega Veneta a 80, el demandado modelo Gaucho de Dior a 200 –y eso que es de 36 centímetros– o ejemplares de arrugadísimos Miu Miu por solo 160, mientras la bolsa náutica de Vuitton podría no subir de los descuentos de arranque, fijando en 100 euros una cartera de piel acharolada y en 200 el «shopping bag» Neverfull en su tan emblemática «lona monogram». La guinda de atractivos se corona con otro Kelly de Hermés de 32 centímetros, en piel granulada en color oro, con excelente conservación, que se ofrece por 1.800 euros. Es como para llevárselo todo a casa, en vista de sus precios originales o el clasicismo de sus formas siempre eternas, como las del acolchado de Chanel de cadena dorada o el arrugado de Jimmy Choo. No me agradezcan la recomendación, que podría extenderse al mercadillo que en la calle Velázquez ofrece una firma donostiarra que engloba cristalerías, porcelanas y muebles. Esto sí es un rastrillo.