Valentino y De la Renta rivalizan por Naty Abascal

Nati Abascal durante la gala de los premios Telva Moda 2013

Supone todo un dilema; le costará resolverlo. ¿Qué será, será? Nada como estas vísperas pascuales para reunirse. Abundan los reencuentros y, en fiestas como éstas, todos pensamos en tiempos mejores y amigos permanentes: como Alonso Ramírez, Juan Roselló o la cantante Maruja Garrido, que en tiempos enardecía a Dalí con su temperamento cartagenero al punto de que «El Divino» de Cadaqués (Gerona) le dedicó un libro porque siempre lo ponía en pie cantándole lo de «Ay, che, camino» en Los Tarantos barceloneses, cuna del bailarín Antonio Gades. Roselló fue único en las buenas épocas de una Barcelona que miró lejos y con otra perspectiva a la Transición. Eso comentaba Arturo Fernández, antaño frecuentador del teatro Talía de Paco Martínez Soria, al que TVE está abonada en el tedioso «Cine de Barrio», donde Concha Velasco contribuye a dejarnos traspuestos. Físicamente está irreconocible y los jerséis de cuello alto aumentan su engorde. No dejaban de comentarlo ante una Nieves Herrero que celebraba la tercera edición de su último novelón semi histórico, con fallos tan inexplicables como llamar «puntillas» a lo que la alta costura siempre definió como encajes. Parece una expresión de modistilla desfasada. Pero acierta en recrear otro «Tiempo entre costuras» porque la posguerra abarca mucho y hasta da por bueno el romance comprometedor entre Ramón Serrano Súñer y la marquesa de Llanzol, musa de Balenciaga –cuyo museo peligra en el País Vasco, ¡a quién se le ocurre plantarlo en Guetaria!–. Naty Abascal todavía es la musa de Valentino y Óscar de la Renta –que en Lima homenajeará a Mario Testino–. El primero la invitó a pasar las fiestas en la gélida localidad suiza de Gstaad –y Naty tiene horror al frío–, mientras que la más cálida Punta Cana fue la oferta del segundo. Allí, los Trapote descansarán sin el aditamento de su cuñado Felipe González, que ya se mueve poco y olvidó, impulsado por Mar García Vaquero, sus ganas de afincarse en Tánger, donde los hermanos García mantienen una espléndida cocina en su recién ampliado restaurante de Asilah. Es otro retiro dorado que en tiempos enamoró, por muchos motivos, a Antonio Gala. ¡Cómo añoramos sus buenos días perdidos! El teatro lo necesita pero no tiene ganas de comedias remarcadoras de un tiempo tal como el de «Petra Regalada», con una insuperable Julia Gutiérrez Caba que siempre me pareció nuestra Jeanne Moreau sin bisturís deformadores.

Amigos festejando el éxito evocador de Nieves Herrero gracias a una infidelidad doble que conmovió al franquismo más duro y puro. A fin de cuentas, Súñer era marido de Zita Polo, hermana de doña Carmen Polo. Todos callaban y admitían como muertos, temiendo la cólera vengativa del «cuñadísimo», después reflejada por Emilio Romero en «Sólo el cielo puede juzgarme», una alta comedia que hizo Vicente Parra. Retrataba el impacto emocional de Carmen Díaz de Rivera, enamorada de su hermanastro Serrano Súñer, preparando boda con él y advertida por sorpresa de que no podían unirse por el parentesco. Una tragedia griega que indignó a la sociedad de aquel tiempo, muy permisiva con los más que devaneos del implacable Serrano, a quien su amor extraconyugal le costó el puesto –encima estaba su simpatía por Hitler–. Tarde para rememorar que no sólo exhumó tal amor, sino también al gran relaciones públicas Richy Castellanos, infatigable en la noche. Los presentes comentaban ante la aún estupenda Norma Duval la tutela de sus sobrinas, hijas de la añorada Carla: «Están con mi madre y pasaremos juntos estos días entre Madrid y Palma». Habló de su piso en el Puente de Segovia, «tan lleno de recuerdos», de la casa que mantiene en La Moraleja y de que todavía estudia reaparecer. Rebrilló diamantífera y con chinchillas hechas bolero por Vinicio Pájaro, del que es imagen inacabable Gemma Cuervo, aún dolorida por la muerte de Fernando Guillén. La echamos en falta en la serie «La que se avecina»; ¡ay qué trío junto a Mariví Bilbao y Emma Penella!