El día más sangriento de la historia de Estados Unidos

El 17 de septiembre de 1862 tenía lugar una de las batallas más encarnizadas de la Guerra de Secesión

El 24 de abril de 1844, David R. Miller, vecino de Sharpsburg, Maryland, compró la granja y los terrenos de John Myers, situados pocos kilómetros al norte de la población. Allí plantó calabazas, patatas, judías y un maizal que medía 320 metros de este a oeste y 230 de norte a sur. Miller, su esposa Margaret y sus siete hijos llevaron una vida tranquila y sencilla hasta que, el 16 de septiembre de 1862, la cercanía del Ejército del Potomac, unionista, y del Ejército de Virginia del Norte, confederado, los obligó a huir con su ganado, «excepto un toro airado», y la mascota de la familia, el loro Polly, a la granja de su padre, John Miller. La mañana siguiente, el maizal se convertiría en el escenario más sangriento de la Guerra de Secesión, que enfrentó a los Estados Confederados de América –el Sur–, contra los Estados Unidos de América, o la Unión –en Norte–.

Uno de los momentos climáticos de la batalla fue el ataque de la Brigada de Texas de John Bell Hood, una unidad de élite confederada, en el punto intermedio de su primera fase. Las tropas de la Unión acababan de posesionarse del maizal de Miller, situado en una meseta estratégica; los texanos recibieron la orden de recuperarlo. En los últimos tres días solo habían comido granos de maíz demasiado verde y media ración de ternera, pero los cuatro regimientos de la brigada, el 1.º, el 4.º y el 5.º de Texas, junto con el 18.º de Georgia y la Hampton’s Legion, de Carolina del Sur, formaron en línea y se lanzaron al ataque sin rechistar. Las descargas de metralla unionistas de los cañones Napoleón de doce libras causaron estragos entre sus filas, pero el 1.º y el 4.º de Texas consiguieron abrirse camino y empujaron hacia el norte a la Iron Brigade («Brigada de Hierro») del general John Gibbon, una unidad de élite de la Unión, conocida también como Black Hats («Sombreros Negros») formada por soldados de Winconsin e Indiana.

Guiados por el ímpetu

Llevados por su ímpetu, los texanos siguieron avanzando a pesar del fuego cruzado que se abatía sobre ellos. Ocho hombres cayeron llevando la bandera del 1.º de Texas en pocos minutos. El cabo Orlando Thacker Hanks describió la carnicería: «No había nada entre nosotros y ellos, solo aire. Pero seguimos adelante hasta treinta yardas más. El humo era a veces muy denso. No pudimos ir más lejos. Eran demasiado fuertes para nosotros, nos derribaban casi como la guadaña siega las espigas». 186 de los 226 hombres del 1.º de Texas murieron o resultaron heridos. Uno de los pocos que salieron del maizal por su propio pie, el sargento Malachiah Reeves, escribiría: «¡De mi compañía solo sobrevivimos a esta aciaga contienda un oficial, el soldado Bill Berryman y yo!». Amén de los hombres, se perdió la bandera regimental, la Lone Star Flag («bandera de la estrella solitaria», tejida por la esposa y la hija del primer coronel de la unidad, Louis T. Wigfall.

Tras este brutal enfrentamiento por el control del maizal se produjo un choque no menos cruento algo al sur, junto a Hagerstown Pike, un camino que unía la población de Sharpsburg con la de Hagerstown. Para frenar el avance de la Brigada de Hierro, el célebre Stonewall Jackson lanzó al combate a otra curtida unidad confederada, los Tigres de Luisiana del general William Starke, secundada por la brigada de Taliaferro. Tras un mortal intercambio de descargas, los tigres se vieron obligados a parapetarse detrás de la valla de Hagerstown Pike y el y el combate degeneró en un tiroteo incesante. En palabras del corresponsal de guerra sudista Felix Gregory de Fontaine: “El fuego se volvió temible e incesante. Lo que al principio eran notas distintas, claras y consecutivas, se fusionó en un coro tumultuoso que hacía temblar la tierra. La descarga de mosquetería sonaba en el oído como el sonido de mil tambores lejanos”.

Acribillados por el fuego unionista de fusilería y metralla, los confederados se batieron en retirada tras media hora de agónica lucha en los que la Brigada de Luisiana perdió trescientos hombres y la de Taliaferro ciento setenta. Starke, un hombre de negocios de Nueva Orleans, fue alcanzado por tres disparos y murió una hora más tarde. Sería enterrado junto a su hijo, que había caído en la batalla de Seven Pines dos meses y medio atrás. Se trata solo de un puñado de bajas de los miles que jalonaron la batalla de Antietam, el punto de inflexión de la Guerra de Secesión.

La batalla que cambió Norteamérica

17 de septiembre de 1862. En los ondulados campos y las estribaciones boscosas entre el río Potomac y uno de sus afluentes, el Antietam, al norte de la población de Sharpsburg, Maryland, se produjo una de las mayores batallas de la Guerra de Secesión. El Ejército de Virginia del Norte de Robert E. Lee llevó la guerra al Norte, a las puertas de Washington D. C., para tratar de dar un vuelco a una contienda que la Confederación no podía ganar a largo plazo. Su objetivo era alcanzar un triunfo de tal magnitud en suelo de la Unión en vísperas de las elecciones al Congreso, que la opinión pública del Norte se decantase, en contra de la política del Gobierno republicano del presidente Lincoln, por una paz negociada que reconociese la independencia de la Confederación. Sus propósitos se vieron frustrados aquella mañana de septiembre por el Ejército del Potomac del general McClellan. La batalla quedó en tablas, pero el fracaso de la invasión confederada desencadenó un cambio decisivo, no solo en la contienda, sino también en el rumbo de la historia de Norteamérica. Lincoln, que hasta entonce­s había evitado abordar la problemática de la esclavitud en pos de una solución pactada para salvar la Unión, aprovechó su victoria estratégica para decretar la emancipación de los más de tres millones y medio de esclavos de la Confederación.

Para saber más:

Antietam 1862

Desperta Ferro Historia Moderna n.º 43

68 pp.

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