Los sicarios mimados de Stalin en España

Con pruebas firmes sobre el papel de la inteligencia rusa en el «procés», conviene rescatar la actuación de los servicios secretos soviéticos durante la guerra civil

Los movimientos independentistas en Cataluña, al menos desde 2017, no fueron espontáneos ni la sencilla manifestación del sentir popular. Toda acción colectiva de esa envergadura tiene una dirección que transmite órdenes de forma jerárquica a toda una organización. Si, además, esa agitación desestabiliza un régimen, lo lógico es que estén infiltrados los servicios de inteligencia de otra potencia. Siempre ha habido profesionales de la rebelión, esas personas que saben dónde actuar y cuándo, o cuántas son necesarias para ser eficaz y cómo va a reaccionar el poder establecido y los medios de comunicación. No hay más que leer el clásico de Curzio Malaparte sobre los golpes de Estado. Parece probado que los servicios de inteligencia rusos estuvieron implicados en los últimos desórdenes en Cataluña. Forma parte de su concepción geopolítica y de lo que denominan «guerra híbrida»; esto es, debilitar al enemigo abriendo fracturas internas, controlando sus recursos, jugando con su imagen exterior y financiando a sus «revoltosos». Los fines de esos servicios de inteligencia son múltiples, y en el caso de los rusos, también. Lo mismo ocurrió durante la Guerra Civil española, salvando afortunadamente las distancias, cuando intervinieron los espías soviéticos. El objetivo no era conocer los planes de las tropas franquistas, o de los alemanes e italianos en España, que quizá hubiera sido lo canónico, sino eliminar a los trotskistas y adiestrar al PCE. Los servicios secretos españoles estaban muy desperdigados.

El ruso que intentó asesinar a Franco

En 1930 el general Mola había creado la Brigada de Investigación Política y Social, que durante la República creció mucho con fines de vigilancia de revolucionarios izquierdistas y golpistas de todo tipo. Más volcada al exterior estuvo la Sección del Servicio Especial del Estado Mayor Central, creada por Manuel Azaña cuando fue ministro de Guerra, entre 1931 y 1933, pero que quedó inoperativa en julio del 36. Los nuevos embajadores republicanos hicieron lo que pudieron para obtener información, hasta que se centralizaron en el Servicio de Información Diplomática y Especial en marzo de 1937. El bando franquista organizó sus propios organismos, como el Servicio de Información Militar, creado en septiembre de 1936. Un año después estaban todos controlados por el coronel Ungría, para lo cual contó con el asesoramiento de Italia y Alemania. En contraste con esta unidad, los servicios republicanos estaban más divididos y politizados. En la retaguardia republicana actuaron hasta cinco organizaciones oficiales de inteligencia. Solo una de ellas estuvo controlada por los soviéticos. Fue el Servicio de Investigación Militar (SIM), del Ministerio de Defensa, creado por el socialista Indalecio Prieto en agosto de 1937 siguiendo las indicaciones de la NKVD, la Policía Política soviética, dedicada a la represión y contraespionaje. Nada de lo que ocurría en Europa le era ajeno a la patria del proletariado. La flamante URSS debía ser el faro de la revolución mundial, organizada por la Internacional Comunista, la Komintern, siempre bajo el dictado de Moscú. El espionaje ruso, y su injerencia, estuvieron muy extendidos, hasta el punto de que se baraja la posibilidad de que la NKVD supiera del golpe del 36 y guardara silencio. La política de Stalin era preservar su poder, no ayudar a la revolución mundial, tal y como decía la propaganda. En 1936 había iniciado la «Gran Purga» para eliminar a todo opositor al «Padrecito» Stalin. El número de «purgados» es difícil de establecer con exactitud. Además de detenciones, torturas y asesinatos de personas anónimas, se escenificó con tres grandes juicios contra los supuestos traidores a la revolución; en concreto, Zinóviev, Bujarin, Kámenev y Trotsky. Eran «derechistas», colaboradores de las potencias que querían acabar con la vía al comunismo. En esa lucha internacional contra el trotskismo, el NKVD decidió mandar a España a uno de sus agentes, el sicario Lev Nikolsky, que operó en nuestro país con el nombre de Alexander M. Orlov. La misión de este comunista no fue la de reforzar el servicio de inteligencia de la República española o ayudar al SIM de Indalecio Prieto. El objetivo de Orlov fue otro: hacer del PCE el verdadero centro de poder en el bando frentepopulista. Pronto el soviético reunió un grupo de diez agentes, entre los que sobresalieron Gerö, Grigulevich, Koltsov y Kim Philby. Este último tenía una misión especial: asesinar a Franco. Para cumplir su objetivo se hizo pasar por corresponsal de «The Times». Llegó a Sevilla en 1937 con el grupo de periodistas destinados a cubrir la guerra en el bando sublevado. Philby no tenía maneras de asesino. Era un muchacho tartamudo, elegante, titulado por Cambridge, incapaz de levantar sospechas. Se coló en el entorno de Franco gracias a un accidente. Una bomba explotó cerca de su coche, sobrevivió, y Franco lo recibió en Burgos para entregarle una condecoración. La misión de matar al jefe de los sublevados era suicida. Ni siquiera sabía manejar un arma. Era un superviviente; de hecho, fue espía doble durante treinta años. Philby desobedeció la orden, y a cambio estuvo pasando información a los soviéticos de los planes alemanes e italianos. A diferencia de Philby, el resto de espías comunistas si sabían matar. Los hombres de Orlov se dedicaron a organizar al PCE, a adiestrar informadores y a reclutar agentes que trabajarían en España, Europa e Hispanoamérica. Con esa red, y moviéndose a sus anchas por el desquiciado territorio republicano, Orlov persiguió a los trotskistas. La NKVD en España hizo la guerra al POUM, el partido inspirado por el trotskismo que denunció los crímenes de Stalin. El plan para acabar con ellos fue elaborado por Orlov y recibió el visto bueno de Moscú. Consistía en crear documentos falsos que implicaran al POUM con Falange, y en consecuencia con Alemania e Italia. Esto permitiría su persecución, detención y liquidación. El documento iría codificado siguiendo las claves del servicio de inteligencia franquista para que pareciera auténtico. El detonante fue la invitación de Andreu Nin, líder del POUM, a Trotski para que viniera a España y el enfrentamiento armado en Cataluña de comunistas contra anarquistas y trotskistas. Orlov envió el falso documento al servicio de contrainteligencia de la República.

Método moscovita

El 16 de junio de 1937 fue advertido hasta en dos ocasiones de que iba a ser detenido, a lo que contestó: «No se atreverán». Lo detuvieron en Barcelona, y fue trasladado al edificio de la Juventud Comunista Ibérica del Paseo de Gracia. De ahí fue llevado a Valencia, y de ahí a Madrid. La falta de seguridad en la cárcel, el miedo a que fuera asesinado, aconsejó llevarlo a Alcalá de Henares. El plan de Orlov es que el método moscovita –golpes, no dejarle dormir y amenazar con matar a todo su entorno– haría que Nin firmara cualquier cosa. No sería así. Fue torturado y despellejado, pero no soltaba una palabra. Orlov entonces ideó una fuga falsa del líder del POUM: un grupo suyo disfrazado de «fascistas» irrumpió para rescatarle, dejó pruebas de su ideología y se llevó a Nin. Lo metieron en un coche, y a los veinte kilómetros le hicieron bajar para asesinarlo. Valía ya más muerto que vivo. Su desaparición causó gran impresión, y en los muros se leía «¿Dónde está Nin?», a lo que los comunistas contestaban «¡En Salamanca o en Berlín!». El trabajo de Orlov solo triunfó en el aspecto sangriento –mataron a unas veinte personas– y poco en comparación con el PCE o la CNT-FAI, o con lo que luego hicieron los comunistas en Polonia, Finlandia y Hungría. Orlov no llegó a infiltrarse en las altas jerarquías del gobierno republicano. Colocó a sus agentes en el ejército y en los organismos de seguridad, aunque no tuvo poder real. La URSS no se limitó a Orlov, sino que puso en contacto a la Dirección de Inteligencia de la Marina Soviética con la española y el Komintern, a través de su Departamento de Relaciones Internacionales, vigilaba estrechamente a las Brigadas Internacionales. Los brigadistas fueron reclutados por la Rusia de Stalin y sin adiestramiento suficiente enviados al frente como carne de cañón. La economía española era fiscalizada por el Comisariado (soviético) del Pueblo para el Comercio. A esto se sumó, claro está, la embajada y el consulado estalinistas en España.

El cachorro soviético que actuó en España

Mucho antes de llegar a España, Alexander Orlov (arriba, una imagen de su pasaporte) ya se había labrado un nombre desde los tiempos de la Revolución Rusa, donde se unió al Ejército Rojo, convirtiéndose en oficial de contrainteligencia del frente polaco, donde él mismo fue la cabeza pensante de diferentes operaciones de sabotaje al enemigo. En 1921 se retiraría de la primera línea para retomar sus estudios de Derecho en Moscú, lo que le valdría años más tarde para trabajar en el Alto Tribunal. Pero sería en mayo de 1924 cuando se le introdujo en la policía secreta. Este sería el ascenso de un hombre que, entre otras actuaciones, durante la Guerra Civil Española tuvo un papel crucial en la desaparición de Andreu Nin.