100 días de vértigo con un guión muy bien aprendido

Conforme esté más cerca de vencer el plazo de los cien días de Administración Obama, escuchará y verá un amplio abanico de evaluaciones de la actuación del nuevo presidente.Tenga esto presente. Lo que ha sucedido hasta la fecha no es más que la obertura del primer acto de esta ópera. La trama está aún por desenvolverse. La soprano no ha abierto su boca para cantar su aria central. Esa aria será la reforma de la sanidad. El perverso barítono aún no ha pisado el escenario. Aguarde a la primera crisis internacional.Barack Obama ha puesto en marcha un montón de planes, pero ha satisfecho muy pocos de ellos. Lo que ha demostrado –y es un avance importante en sí mismo– es que es un maestro en el arte de vender la Presidencia de cara al público.Ello es importante porque es la primera prueba y la más básica de su capacidad última para ser un presidente de éxito. Y es sorprendente, porque no existía ningún motivo para presumir de que él tuviera las habilidades para dirigir tan considerable empresa.Nunca antes a lo largo de sus 47 años el político-abogado-escritor había tenido que reclutar, distribuir y motivar a una plantilla profesional de este tamaño y habilidades y organizarla para satisfacer sus necesidades y desempeñar sus propósitos. Los integrantes de su Gabinete en la Legislatura de Illinois o el Senado estadounidense eran contados. La campaña en sí misma fue su mayor desafío organizativo, y lo superó con nota. Pero la Presidencia plantea obstáculos mucho más difíciles que amasar los votos de 270 compromisarios.Obama sufrió unos cuantos tropiezos durante la composición de su Gabinete presidencial y, como resultado, perdió los servicios de un importante activo potencial, Tom Daschle, su elección original para encabezar su iniciativa sanitaria. Muchos de los miembros del Gabinete aún están aprendiendo sus deberes, pero el personal de la Casa Blanca ha apuntalado lo que hasta la fecha ha sido una actuación maestra por parte de Obama.Particularmente llamativa ha sido la capacidad de la plantilla para maniobrar a un ritmo de vértigo con el fin de paliar los desafíos heredados y lanzar ambiciosas iniciativas sin dar la impresión de confusión en torno a las prioridades esenciales del nuevo presidente.No ha pasado un día durante sus tres primeros meses en que los estadounidenses no hayan visto u oído a Obama en televisión interpretando un amplio abanico de papeles –sobre todo el de director de salvamento económico de los sistemas de vivienda, crédito y empleo, seriamente afectados, pero también el de comandante en jefe de unas fuerzas armadas que libran dos guerras, el de diplomático de gira inmerso junto a otros líderes del mundo, y el de marcador de la agenda del Congreso, por no hablar de su papel de primer padre, primer hincha, primer consorte de Michelle y primer amo de Bo.Adoptar estas caleidoscópicas imágenes a diario de manera coherente –y no confusa– exige una disciplina considerable. Y sobre todo al frente de la gestión del programa de la Casa Blanca. La tarea y las herramientas me eran explicadas la pasada semana por el jefe del Gabinete presidencial Rahm Manuel, que había vivido en carne propia la factura casi inasumible que conlleva perder el control cuando fue miembro del Gabinete de la Casa Blanca durante los dos caóticos primeros años de la Administración Clinton.Como comentaba la semana pasada Bradley Patterson, el destacado erudito del trabajo auxiliar en la Casa Blanca, el programa de Clinton consistía en «fijar la agenda sobre la marcha», a través de reuniones improvisadas que con frecuencia se remataban sin ninguna conclusión. Eso condujo a que sus iniciativas de peso –la sanidad, el NAFTA, los presupuestos, «reinventar el Gobierno»– se atropellaran unas a otras literalmente.Obama heredó un sistema de previsión mucho más pulido del primer presidente con un máster, George W. Bush, con una agenda electrónica que se extiende desde el día siguiente hasta el año que viene pasando por el mes que viene y se facilita a los integrantes del Gabinete. Obama ha seguido el patrón sentado por Bush de celebrar reuniones semanales de programación los sábados a las que asiste el resto del Gabinete, dirigidas por Emanuel Alyssa Mastromonaco, la directora de programación y previsión, y Danielle Crutchfield, la persona del séquito presidencial encargada de su agenda personal. Una reunión informal en tropel celebrada a diario a primera hora de la mañana permite realizar ajustes y ponerse al día.El desafío ganará fuerza conforme las iniciativas propuestas por Obama vayan llegando al Capitolio, donde un solo senador es capaz de levantar una barricada insalvable, o en cuanto detone la primera crisis internacional.Pero la obertura ha ido bien, y hasta el momento, el reparto parece saberse el guión.