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Luciano G Egido: «Siempre digo que si me pierdo me busquen en la Plaza Mayor de Salamanca»

Lo hemos contado ya unas cuantas veces, pero ahí va de nuevo, por si acaso alguien andaba despistado.

  • Luciano G. Egido: «Siempre digo que si me pierdo me busquen en la Plaza Mayor de Salamanca»
    Luciano G. Egido: «Siempre digo que si me pierdo me busquen en la Plaza Mayor de Salamanca»
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    Luciano G. Egido: «Siempre digo que si me pierdo me busquen en la Plaza Mayor de Salamanca»

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23 de enero de 2011. 03:41h

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23/1/2011

Al comienzo del sexto capítulo de Luz de agosto, el novelista William Faulkner, por el que continuamos sintiendo una debilidad muy parecida a la que aún sentimos por ciertos modelos de zapatos de tacón, escribió: «La memoria cree antes de que el conocimiento recuerde». Conviene detenerse en la frase. Da la sensación de que el estadounidense pretendiera esclarecer con ella, aun en su enigmática vaguedad, la forma que tenemos de percibir el mundo. O al menos de una parte de él. A la hora de recordar, de plantar los instrumentos y medir lo que nos ha pasado a lo largo de la vida, nos importa, sobre todo, lo que creemos, pues siempre nos llega de forma inmediata, deslumbrante, al igual que el olor a tierra mojada o un estribillo de los Temptations. Hablamos de un acto de fe, casi instintivo, para el que la verdad o la mentira no dejan de ser dos categorías sin importancia, tan necesarias como una estufa de butano en mitad del «outback» australiano:
«De Salamanca guardo muchísimos recuerdos, entre otras cosas porque he cultivado, se podría decir, la memoria. He vivido allí mucho tiempo y vuelvo con frecuencia, pues conservo amigos y familia, si bien no estoy en ella todo lo que me gustaría».

– Así que, en el fondo, usted no ha salido.
– Tanto que siempre digo, un poco en broma y un poco en serio, que, si me pierdo, me busquen en la Plaza Mayor de Salamanca, pues, para mí, es el sitio más bonito del mundo.

– Queda claro en sus libros, donde está su ciudad.
– Ya sea de forma más o menos explícita, en efecto. Esta devoción se ha reconocido con la concesión de la Medalla de Oro, la cual agradecí enormemente. Pero, aparte de esa vinculación vital, Salamanca también es un símbolo de una realidad distinta.

– ¿Cuál?
– Como ya soy viejo, estoy en contra de la globalización, de la uniformidad del mundo. Es algo que me irrita muchísimo. Y Salamanca es el símbolo de unos valores que en este momento no son los más estimados universalmente, como la cultura o la espiritualidad.

– Es un ejemplo de resistencia.
– Es que allí tenemos en arquitectura toda la historia del arte, por ejemplo. Por esa razón, Salamanca no significa para mí sólo algo sentimental, sino que también, como queda claro en mis libros, es un espacio singular, único.
Durante una soleada mañana de invierno, con ese aire transparente y frágil que tienen algunos días de enero, nos reunimos con el escritor Luciano G. Egido. Antes de llegar a su casa, nos quedamos encerrados en el ascensor de su bloque durante unos pocos minutos en los que la memoria no sólo cree sino que también tiembla. Más tarde, mientras charlamos con él entre fotografías de Marilyn Monroe y estanterías combadas por el peso de los libros, el salmantino repasa su vida sin darle demasiada importancia a lo que le ha pasado, con naturalidad, como quien cuenta los recados que ha hecho durante la mañana. De aspecto un poco barojiano, con unos ojos despiertos y oscuros, el autor de novelas estupendas y memorables como El cuarzo rojo de Salamanca, El corazón inmóvil o Los túneles del paraíso demuestra a lo largo de nuestra conversación una cortesía que tal vez ya sea de otros tiempos. Además de haber escrito en Pueblo, bajo el seudónimo de Copérnico, y de haber trabajado en el mundo del cine, ha sido Premio de la Crítica, Premio de la Crítica de Castilla y León y Premio Castilla y León de las Letras, entre otros galardones. Y su memoria, como podemos comprobar, también cree: 
«Cuando pasó el episodio del Paraninfo, en el que Miguel de Unamuno se enfrentó con Millán Astray y otras fuerzas de la reacción, yo tenía ocho años. De hecho, tengo una imagen confusa, de un hombre con el pelo blanco en la Plaza Mayor, en la esquina de San Martín, que probablemente fuera Miguel de Unamuno».

– También ha escrito sobre aquellos años.
– En el ensayo Agonizar en Salamanca, por ejemplo. Aquello fue algo de lo que se habló en mi casa. Confusamente, asimismo, recuerdo que mi padre asistió ese día al paraninfo. Pero le hablo, sobre todo, de impresiones, de comentarios que yo quizá escuchara…

– Umanuno se la jugó ese día…
– Tenía una veta de exaltado. Por supuesto, todo lo que dijo era verdad. En principio, su desilusión por la República le llevó a aplaudir el levantamiento de los generales, pero inmediatamente se arrepintió de haber caído en su trampa. Su actuación tenía algo de redención.

– ¿Cómo recuerda ese tiempo?
– La guerra fue una mezcla de un sentimiento agradable y otro triste. Había una exaltación en el ambiente, con desfiles y banderas, que chocaba con un rechazo familiar hacia todo aquello. Aunque nunca se sabe si los recuerdos de la niñez son de uno o nacen de lo que se ha oído después.

– ¿En qué notaba ese rechazo?
– Mi padre, que fue abogado, había sido diputado de Gil Robles. Y también fue periodista. Escribía en los periódicos y cometió el error, que sigo sin explicarme, de publicar en La Gaceta un artículo denunciando la persecución de los judíos en la Alemania Nazi. Así que le prohibieron escribir más.

– Hubo, por lo tanto, una oposición a ese ambiente.
– Pero no con un sentido político. Mi padre, que murió muy joven, tenía fama de bueno, pues todo el mundo sabía que sólo era un hombre de buena voluntad. Lo tuvieron en arresto domiciliario una semana o dos. Era una situación angustiosa, casi de réprobos dentro de la colectividad. Además, a un tío mío lo denunciaron y tuvo que marcharse.

– ¿Ya entonces era lector?
– Lo era. Pero el mejor momento fue más tarde, cuando ya tenía 15 o 16 años. Era hijo de familia, estudiaba y tenía buenas notas en el colegio. El mundo era maravilloso. Pasábamos mucho tiempo en Hinojosa de Duero, en la casa de mi abuelo materno. Es la zona de mi libro Cuentos del lejano Oeste, llena de personajes y leyendas.

– Como un paraíso privado, lejos de todo.
– Detrás de la casa, había un terreno al que llamábamos la cortina. Y entre la casa y la cortina había un jardín en el que se disponía un cenador. Desde allí se veía la torre de la iglesia. Como en todas las de entonces, había una algarabía de golondrinas y un nido de cigüeñas. Y en ese cenador yo leía a Proust.

– Era un lugar indudablemente proustiano.
– No me atrevo a enseñarle el ejemplar de Proust que leía, pero está maculado por las moscas. Me encantan esos puntitos marrones, unidos a un recuerdo de felicidad y de completa inocencia.

– Más tarde ya estudió Filosofía y Letras…
– Tenía cierta vocación literaria, ya que no académica. Escribía pequeñas cosas, sobre todo poesías miméticas, naturalmente para las chicas que me gustaban. Lo mejor de la carrera fue que pude leer muchísimo.

– Pero acabó dando clases.
– No me gustaba mucho, pero me permitía ganar un dinero y seguir en la facultad. Primero fui profesor de clases prácticas, después auxiliar y finalmente profesor adjunto. Además, allí tenía muchos amigos. La vida seguía más o menos igual, sin alteraciones.

– ¿Por qué se va de Salamanca?
– Durante un cuatrimestre me encargaron que diera clases de estilística francesa. Elegí una obra de Sartre, Las manos sucias, para ejemplificar con ella diferentes lenguajes, según la clase social. Fue algo inocente, pero, como el francés estaba en el índice de libros prohibidos, unas alumnas pidieron permiso al obispo…

– Hoy cuesta creer algo así.
– Desde luego. Al final fue un episodio triste. El obispo montó en cólera y llamó al rector, que por entonces era Antonio Tovar. Éste, a su vez, montó en cólera y ya me llamó a mí. Así que me tuve que marchar a Madrid para ganarme la vida…

– ¿Cómo fue su llegada a la capital?
– Llegué a ciegas. Empecé a hacer amigos y a escribir en algún periódico. Entre otras cosas, a hacer crítica de cine, como en la revista Ínsula. No estaba muy bien pagado, pero algo había que hacer…

– ¿Cuándo empieza su interés por el cine?
– Había sido en Salamanca. Yo era un aficionado normal, sin pretensiones. Había un cine club universitario que convocó un premio de guiones. Como yo escribía, su director me pidió que me presentara. Lo hice casi fuera del plazo y gané. Fueron 50.000 pesetas.

– Que era una pasta.
– Y tanto que era. Aquello me enloqueció y me hizo dedicarme un poco más al cine, ya leyendo y escribiendo sobre él. Hicimos una revista con el horrible título de Cinema Universitario y la dirigí durante un tiempo. Además, con motivo de las famosas conversaciones de Salamanca, entramos en contacto con cineastas como Bardem o Berlanga.

– Llegó a trabajar con el primero...
– Fui ayudante suyo en La venganza, sobre todo para ver el cine por dentro. Y también colaboré con él en Nunca pasa nada. Pero aquello era agotador para mí. Terminé haciendo documentales por mi cuenta, muchos de ellos premiados. Lo importante es que los pagaban bien.

– En Pueblo empezó escribiendo de cine…
– Emilio Romero decía que me admiraba mucho, pero creo que, además, le interesaba dar a su periódico un aire más liberal. De la crítica de cine pasé a escribir en la tercera página, con el seudónimo de Copérnico. Estuve en el periódico hasta que lo cerraron. Luego trabajé en televisión.

– Hasta 1993 no publicó su primera novela.
– Antes publiqué ensayos. En Agonizar en Salamanca escribí que sólo los tontos tienen una única razón, frase que le encantaba a Azcona y que siempre me recordaba. Tardé por muchas razones. Entre otras, tenía seis hijos y necesitaba ganar dinero todos los días.

– Esa parte algunos la pueden olvidar, sí…
– Y hubo otras razones, como la censura, que no animaba demasiado. Jamás publiqué nada a favor de la dictadura. Posiblemente, también hubiera razones de madurez creativa, aunque yo escribía todo los días en el periódico, lo cual es una escuela excelente.

– ¿Se arrepiente de haber publicado tan tarde?
– No necesariamente. A los sesenta y cinco años por fin  publiqué una novela, que era lo que quería haber hecho desde los quince. Siempre le digo a la gente que escribe que no se preocupe, que hasta los sesenta y tantos hay tiempo…

– Ha creado una obra muy coherente, muy sólida.
– Tengo algunas ideas muy fijas sobre lo que es escribir. Soy muy fiel a ellas. No las voy a cambiar. Una es que me exijo mucho. Se trata de una exigencia, digamos, estética.

– Por lo que también pide mucho al lector.
– Hay que exigirle colaboración. No se le pueden dar las cosas digeridas, sino que debe trabajar un poco. En general, los best sellers son una ofensa para él. Como piensan que el lector es idiota, le tienen que dar todo masticado.

– Esa exigencia reduce el número de lectores.
– Pero es que estamos hablando de literatura. Si te leen en el metro, es que lo estás haciendo mal… Tampoco creo en el argumento. Después de Proust, es absurdo pretender escribir como si estuviéramos en el siglo XIX…

– Tanto rigor suele llevar a insatisfacción.
– El problema de la literatura es no estar jamás conforme con lo que se escribe, sino tratar de mejorar e investigar nuevas formas. Sin duda, en eso soy muy ingenuo, pues me conservo virgen, pensando que siempre hay que renovar la literatura. Hace que uno nunca esté contento, claro.

– Castilla y León se halla en su obra, como hablábamos.
– Como ocurre con Salamanca, Castilla y León simboliza algo distinto. Decía Jean Paul Sartre que el punto de vista del más desfavorecido es el punto de vista más real. Y eso es algo que ve a la perfección en Castilla y León, donde la vida es más dura.

– ¿Su familia ha sido un apoyo en su carrera?
– Tengo seis hijos y once nietos, por lo que soy casi un patriarca. Eso significa que la familia me ha dado satisfacciones, pero también he tenido que renunciar a otras cosas… Sin embargo, estoy muy contento. Cuando veo a mis nietos, todos tan guapos y tan listos…

– ¿Cómo ve ahora a Salamanca?
– Es una ciudad estupenda, en la que me tratan muy bien. Aunque quizá sea porque me fui de ella. Si me hubiera quedado, como me dicen algunos amigos, posiblemente no me harían ni caso… En todo caso, siempre es sorprendente y bonito volver a ella.

– Ahora ha publicado otro libro sobre Salamanca.
– Que se titula, creo que bastante significativamente, Las raíces del árbol. Me he divertido bastante escribiéndolo. Es una especie de diccionario o enciclopedia sobre todo lo que ha significado esta ciudad en mi vida.

– Que es muchísimo, sí.
–No en vano, cuando regreso siento algo físico, que quizá provenga de la niñez. Me refiero a ese aire, a esa la luz, a esa piedra dorada… Así que lo diré otra vez: su Plaza Mayor es el mejor sitio del mundo…


Valores
«Estoy en contra de la globalización. Me irrita muchísimo. Y Salamanca es  símbolo de unos valores que en este momento no son los más estimados universalmente, como la cultura o la espiritualidad»
Inicios literarios
«Tenía vocación literaria, que no académica. Escribía pequeñas cosas, sobre todo poesías miméticas, naturalmente para las chicas que me gustaban»
Diario pueblo
«Emilio Romero decía que me admiraba mucho, pero creo que, además, le interesaba dar a su periódico un aire más liberal»
Su Salamanca
«Es una ciudad estupenda, en la que me tratan muy bien. Aunque quizá sea porque me fui de ella. Si me hubiera quedado, como dicen algunos amigos, posiblemente no me harían ni caso...»


De cerca
Un autor. William Faulkner
Un libro. Blanco Nocturno, de Ricardo Piglia.
Una película. La diligencia.
Un director. Coppola.
Una música. Bach.
Para admirar. El amor.
Para despreciar. La envidia.

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