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El fruto de la ignorancia por Martín Prieto

La Bibiana Aido, ex ministra de Igualdad, vive ahora en Nueva York. No fue sencillo, pero al final logró colocarse y puede que aprenda inglés. Mientras, aquí Ruiz-Gallardón tiene que desenredar el aborto

  • El fruto de la ignorancia por Martín Prieto

Tiempo de lectura 4 min.

09 de junio de 2012. 15:46h

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10/6/2012

Cuando Manuel Chávez la desterró de Andalucía, donde se ocupaba del flamenco, advirtió a Madrid: «Está un poco verde». Daba lo mismo porque a la moza la hicieron ministra de Igualdad, que es como haberla hecho ministra del Amor Maternal. Su debut feminizado a los miembros no pasó de un «lapsus linguae», aunque levantaba el evelo de un feminismo todo a cien. Lo grave es que se metió en la cocina del aborto por encargo de Rodríguez Zapatero, a quien la interrupción del embarazo de Felipe González le parecía una carcundia que ofendía a las mujeres.

Bibi comenzó ilustrándonos que el feto no era humano aunque sí un ser vivo y, preguntada al respecto, no supo atinar a qué especie pertenecía. La consigna mostrenca de que la mujer es propietaria de su propio cuerpo equivale a acudir a urgencias a que nos amputen un brazo sano porque evidentemente es nuestro y podemos hacer con él lo que nos pete. Lógicamente el primer aborto socialista fue rechazado por buena parte de la sociedad, la Iglesia y otras confesiones, pero hubo más resignación que guerra y lo que se atacaba moralmente se acataba civilmente. La escabechina reproductiva de Bibi era fruto de una densa ignorancia y como no sabía que durante las seis primeras semanas de gestación el nasciturus siempre es femenino hasta que el circo hormonal, la progesterona y la testosterona definen el sexo, se deslizaba la flamenca hacia la selección china que elimina los fetos de mujeres.
El sueño de la razón crea monstruos. La reforma de Ruiz-Gallardón está en el telar, pero se sabe que cambiará los plazos por los supuestos y que la abortante deberá ser asistida (que no constreñida) por especialistas. Si a esto se añade la prescripción para la pílodora abortiva llamada «postcoital» y el aborto secreto de de las menores, el conflicto está servido porque contamos con bravíos colectivos ultrafeministas que reivindican aborto libérrimo, gratis total y con Coca-Cola.

Por imperativo legal teníamos asumido el aborto felipista y ahora Gallardón pasará las peores horas de su vida. Nos costó cien millones de dólares colocar a Bibi en la Agencia de la Mujer de Naciones Unidas. La expresidenta Bachelet no la quería y la «genia» suspendió un examen por videoconferencia. Cabe que aprenda inglés, le guste Manhattan y no vuelva.

La RTVE de siempre
La ecuanimidad es una utopía generalmente inalcanzable, una flecha disparada que da en la diana antes por azar que por pericia del arquero. Con distintas gradaciones nuestra RTVE ha servido a los distintos gobiernos, descaradamente o con sutilezas. Aquella petición de Felipe González a Jordi García Candau antes de perder su último debate con Aznar: «Si tú me ayudas, a este le machaco». Los redactores y sus directivos profesionales tienen sus afinidades ideológicas y sus disparidades conflictivas y necesitan una ética de acero, inhumana, para encontrar el punto medio de la imparcialidad. Ahora jurados sectarios premian unos informativos televisivos que lo mejor que han hecho ha sido maquillar su obsecuencia. La rueda girará 180 grados porque lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Lo más apreciable de González-Echenique, con doble experiencia en la Administración y la empresa privada, es la esperanza de que reordene ese ente caótico en el que antaño estaba en nómina una gallina. En la casa repiten mucho lo de «público», pero de eso lo que más es el dinero que nos cuesta a los contribuyentes para que unos compañeros hagan funambulismo sobre el alambre. Sin desmerecer a los que desconozco, Marisa Ciriza y Fernando Navarrete aportan solvencia intelectual y profesional. La ausencia del PSOE en este terreno sólo anuncia la ofensiva de Las Árdenas. Como el IBI de la Iglesia. Ataques tácticos desenfocados.
 

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