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Cuestión de páncreas

La Razón
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En la duda de que el hambre influya en el talento y desencadene el arte, lo que parece cierto es que una dieta escasa produce irritación y puede conducir tanto a la resignación como a la furia. Es menos discutible que las privaciones sean el origen del rencor y que del rencor se deduzcan la ira y la venganza, interesantes ingredientes de los que a su vez pueden derivarse la actitud artística o la facilidad para el crimen. Depende de que el furioso se incline por la pintura, para redimirse, o elija la pistola, para vengarse. Consecuencia natural de cada elección será que el primero acabe en el museo y el de la pistola se haga un sitio en la cárcel. En un tiempo en el que los artistas se parecían menos a los directores de banco, no era infrecuente que el novelista fuese al mismo tiempo un tipo disipado, incluso agresivo, al mismo tiempo capaz de la virtud de la literatura y de la miseria del vicio. Ahora las cosas son tan distintas, y es tan higiénica la conducta del escritor, que en muchas veladas literarias lo único verdaderamente bohemio es el público. Escasean los escritores a la antigua usanza, aquellos tipos inteligentes y degradados que escribían abnegadamente sus obras para desempeñar con sus dividendos las joyas de su amante, o, como en el caso de Dostoievski, para saldar las deudas del juego. Es cierto que una vida confortable resulta letal para algunos escritores, que ven cómo merman sus facultades, lo que explica que algunos artistas se enfrenten al éxito con evidente y sincero desagrado, desconfiados de que las rentas del arte degraden su furia y extingan su talento. Se dice que Ernest Heningway se suicidó al darse cuenta de que su talento ya no estaba a la altura de sus sueños, ni le permitiría nunca más satisfacer sus ambiciones literarias. En línea con esa tesis se cree que lo que el escritor americano no soportaba era el ostracismo. No dudo que eso sea cierto, pero tampoco descartaría la idea de que la decadencia de Hemingway comenzó el mismo día que cuajó su éxito y su exultante liquidez le permitió mejorar la calidad del bourbon. En su casa en las montañas de Idaho, el viejo novelista se habría dado cuenta con horror de que además de que su talento no fuese ya el de antes, lo verdaderamente terrible resultaba ser que tampoco lo era su páncreas. El caso del viejo trotamundos sería paradigmático de esa infrecuente clase de escritor que con insoportable amargura se da cuenta de que aquellos excesos que aún concibe su cabeza, ya no se los admite el hígado.