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El bate de béisbol

La Razón
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Un país que ya no puede ganar territorio necesita entusiasmarse con otras conquistas para mantener cierto grado de ilusión y no perder puestos en el orden mundial. EE UU estuvo muy ocupado en su colonización interior hasta bien avanzado el siglo XX y se dedicó luego a una proyección exterior en la que aprovechó dos guerras mundiales y numerosos conflictos regionales que de paso que afianzaron el espíritu patriótico de su población, le fueron útiles para abrir mercados y convertirse en la potencia hegemónica que todavía es en la actualidad. En realidad, los norteamericanos no hicieron nada que antes no hubiesen hecho los ingleses, muy hábiles para convertir a sus enemigos en sus clientes. Replegados sobre su territorio metropolitano a raíz de la pérdida de su imperio, los británicos jamás dejaron de concursar en los conflictos internacionales al lado de los norteamericanos, asegurándose de ese modo una cierta dignidad militar y, obviamente, una interesante cartera de pedidos. A pesar de lo que digan los moralistas y los filósofos, las guerras no se hacen por un prurito moral o en defensa de una ideología, ni por defender precisamente los fundamentos esenciales de una civilización, sino porque el dolor es una interesante e inagotable fuente de ingresos y porque, cada vez que los generales destruyen una infraestructura del enemigo, los contables se frotan las manos pensando en la rentabilidad de su reconstrucción. No es casual que la diplomacia de la Casa Blanca se organice teniendo presente en cada instante el despliegue de los poderosos portaaviones de la US Navy. Bien sabe el presidente Obama que su pacifismo es la falsa apariencia amable de la vieja diplomacia del miedo, que tan buenos resultados les ha dado siempre a los norteamericanos. Tampoco es algo que ellos hayan descubierto. La Historia está sobrada de ejemplos de potencias militares que además de convertir al enemigo en un vencido, lo transformaban al instante en un cliente. Es de ilusos ver la Historia de otro modo y suponer que un país puede ocupar un lugar destacado en el concierto de las naciones valiéndose de su producción literaria o del fácil despliegue de sus coros y danzas. Es cierto que la diplomacia norteamericana se nutre de la fértil capacidad intelectual de las universidades de Harvard, de Princeton o de Yale para proveer de lucidez al Departamento de Estado y a la Casa Blanca, pero no lo es menos que en los momentos cruciales de su historia, los EE UU procuran echarles un vistazo a los mejores expedientes de West Point. Su experiencia histórica les dice a los norteamericanos que, a efectos de proyección internacional, no es nada malo reforzar la cultura con el bate de béisbol.