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Las ocho acequias de la Vega en el subsuelo de Valencia

Cientos de ramales discurren bajo las principales vías de la ciudad

  • Tramo visible de la acequia de Robella a su paso por el antiguo cauce.
    Tramo visible de la acequia de Robella a su paso por el antiguo cauce. / Kike Taberner

Tiempo de lectura 4 min.

09 de septiembre de 2012. 20:15h

Comentada
10/9/2012

VALENCIA- Un laberinto de canales, acequias y albellones discurren desde hace más de mil años bajo el subsuelo de Valencia. Son fruto de incontables actuaciones hidráulicas de una ciudad que, desde sus orígenes en época romana, ha contado con un servicio organizado de agua que discurría desde la calle Brasil hasta las inmediaciones de la Catedral al tiempo que atravesaba las calles Quart y Caballeros.

La huerta valenciana, sin embargo, terminó de configurar el sistema hidráulico de la ciudad con un conjunto de canales que hoy, en pleno siglo XXI, han quedado olvidados  bajo el asfalto de las principales vías, diluyéndose sus funciones en el tiempo y quedando como testimonio de lo que, hasta hace unos años, fue la llamada Vega de Valencia. Por suerte, su máxima institución, el Tribunal de las Aguas, sigue conservando intacto su legado desde el año 906.

Mestalla, Favara, Robella o Mislata son mucho más que las inscripciones de la «Fuente del Turia» de la Plaza de la Virgen. Ni siquiera son solo estandartes de las tradiciones de la Valencia decimonónica de Blasco Ibáñez. Sus aguas son las que permiten hoy el riego de los campos próximos a la Ciudad de las Artes y de las Ciencias o el hospital Doctor Peset y, hasta hace apenas unos años, fueron las encargadas de mantener con vida el Jardín Botánico.  Las ocho acequias, con sus ocho «síndics» y su guardias y regantes, siguen todavía vivas, aunque casi olvidadas.

Era el año 1970 cuando, bajo la Concejalía de Pepita Ahumada, el Ayuntamiento comenzó el proceso de soterramiento de gran parte de las acequias de la ciudad. Barrios enteros y edificios modernistas ocultaron entonces los trazados de los viejos canales, perdiéndose sus aguas en la profundidad de las tierras valencianas en busca de su única salida, el Mediterráneo.

Las placas que en algunos edificios de los barrios de Monteolivete y Ruzafa rezan el paso de una acequia bajo sus estructuras son los pocos signos evidentes y visibles que quedan, por ejemplo, de la acequia de Robella. Y, sin embargo, miles de valencianos caminan sobre ella día tras día. Desde Mislata, entra en Valencia por la Petxina y se dirige hacia Quart, el Botánico, gira por las Torres de Quart,  las calles Guillem de Castro, Xàtiva, por delante de la Estación del Norte, Colón y Gran Vía hasta desembocar en el viejo cauce del río por Císcar y Burriana. 

También desde Mislata y bajo el suelo de las calles Castán Tobeñas, Brasil, avenida Pérez Galdós y hasta llegar a la calle Lorca, la zona oeste de Valencia discurre sobre el antiguo ramal izquierdo de la acequia de Favara. O la zona norte, con las acequias de Tormos y Mestalla como los canales encargados de regar las huertas de la zona de Campanar.

Son solo alguno de los ejemplos de la pervivencia de las señas de identidad más características de la ciudad: su huerta y el río Turia, más valorados en el exterior que entre los propios ciudadanos, como aseguran los responsables de las ocho acequias madre.

Aunque, eso sí, para ello estuvo, está y estará la institución de justicia en vigencia más antigua de  Europa, el Tribunal de las Aguas, encargado no solo de regular el caudal de cada una de las acequias, sino también de preservar su permanencia en el tiempo evitando que el avance urbanístico acabe con sus históricas reuniones. Al centro el presidente; a la izquierda, Mestalla, Tormos y Rascaña; a la derecha, Quart, Faitanar, Mislata, Favara y Robella.

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