Los «indignados» por Francisco R Adrados

Las informaciones, todavía escasas, sobre el movimiento de los «indignados» indican decadencia. Y un movimiento como éste necesita una amplificación, un crecimiento: se nutre de sí mismo. Exige, quiérase o no, una organización, aunque sea desorganizada. Pero no es suficiente. Existió, pero no puede vivir de una fecha, de una casi obligación autoimpuesta. Como la misa del domingo.

España y el mundo han vivido y sufrido revoluciones con más empaque que estas minirrevoluciones, piénsese en las Cabezas de San Juan, en el movimiento de 1854 –«una mujer varonil /desarma a un guardia civil», dicen unas aleluyas que conservo–, en la caída de la Bastilla, en la Revolución de Octubre del 17 en Rusia. Siempre hay un logro inicial o una abierta y clara represión, hechos concretos de éxito o sangre. Aquí, en el 2011, no hubo ni éxito, ni represión, por fortuna, sólo una hombrada juvenil y un hacer como que hacen de algunos, cansancio de todos. Porque la mar es tan gruesa que hemos echado a Zapatero por la borda, pero seguimos embarrancados.

Repetirlo como un aniversario suprime la emoción y la adrenalina, es un aburrimiento más. Una pequeña diversión entre jóvenes que se sienten aburridos y más bien impotentes. Sí, estupendo hacérselo pasar mal a los policías y a los comerciantes, pero poco más. Y luego, a casa.

Un repentino alzamiento, o dos alzamientos enfrentados, como en el 36, se estimulan el uno al otro, son como una chispa o dos chispas una contra otra. Y aquí, en España, más que chispas hay cansancio. Y no se dan circunstancias bastantes para crear acción. Únicamente hubo un comienzo hace meses en Valencia, pero sólo por parte de un pequeño grupo cuyos argumentos eran tan mentirosos que no podían arrastrar mucho. Y no hubo una represión clamorosa, que es lo que más buscan los organizadores de estos números. Haberlos, haylos.

A mí, inevitablemente, todo esto me recuerda las minirrevoluciones contra Franco en la Universitaria, por el 66. Claro, tenían un objetivo. Pero no lograron nada salvo molestar, igual que tantas minirrevoluciones universitarias, cuyos organizadores se esconden. Ahora los socialistas les medio ayudan, dispuestos a negarlos como San Pedro a Cristo o a abrazarlos, según vayan las cosas.

Francisco R. Adrados
Académico