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Des-montaje

La pasión oculta que vivieron el conde y la duquesa

«Me fui, los dejé sentados a cada lado de mi cama. Eugenia estaba con Fran y tenían fecha de boda»

  • Alessandro Lecquio parece haber asentado la cabeza junto a su esposa, María Palacios. La Duquesa de Montoro no ha logrado la estabilidad sentimental tras su divorcio
    Alessandro Lecquio parece haber asentado la cabeza junto a su esposa, María Palacios. La Duquesa de Montoro no ha logrado la estabilidad sentimental tras su divorcio

Tiempo de lectura 4 min.

03 de agosto de 2012. 23:56h

Comentada
4/8/2012

Jueves  2 de agosto de 2012. Llego a mi casa de Madrid después de recorrer media España… (Tarifa-Sevilla por la Ruta de los Pueblos Blancos, Sevilla-Madrid en el AVE, estación de Atocha-Telecinco…). Como decía, llegando a mi casa a eso de las 21:30 horas me he encontrado con Isabel, mi portera, y le he preguntado directamente: «Isa, ¿te acuerdas cuando Eugenia venía a casa por las tardes hace años, quién llegaba después? Y me dice, Asturiana de Cudillero recia y sincera donde las haya: «¡El conde Lecquio! ¿Qué si me acuerdo…? No me voy a acordar, si un día se dio un golpetazo con la frente en el dintel del techo...». El techo es muy bajo y los que miden más de 1,90 se suelen dar. Alessandro se dejó media cornamenta en el mármol del portal.
Lo que empezó como un capricho por parte del Conde italiano, y como una forma de tocar las narices a Cayetano y Mar Flores, se convirtió en algo regado de morbo, de incertidumbre, riesgo y pasión. La Duquesa más deseada de España y el Conde más envidiado de Italia habían comenzado su particular rodaje de «Las Amistades Peligrosas». Empezó como todo, con un ataque directo al móvil, las artes de seducción de «caro Dado» y la necesidad de reforzar la autoestima de la «pobre Duquesa», qué contradicción para ser una de las herederas más ricas de España.
Alessandro es una máquina infalible de conquistar. A punto estuvo Marta Chávarri de caer y al final fue lista y se quitó de en medio. Yo mismo presencié varias llamadas, en alguna, incluso me hice pasar por su asistente personal al atenderla… En aquella época todas lo querían probar, era una leyenda viva de los campos de golf de la zona norte de Madrid. Azafatas, viudas, casadas, separadas, ricas, jóvenes, maduras… todas se preguntaban ¿Qué secretos «esconde» el «Conde»?
Tener una cita discreta con él no era fácil, archiconocido, alto, esbelto, con andares de Borbón. Solo con  una gorra, gafas y un chaquetón con el cuello levantado podía entrar por el portal de una casa sin llamar la atención. Eugenia, tres cuartos de lo mismo, incluso llama bastante menos la atención gracias a su estatura. «¿Dónde nos podemos ver? –me pregunta Lecquio–. Me puedes llevar en tu coche al Palacio de Liria metido en el maletero y luego entro por una ventana.  ¿Que venga ella a mi casa? ¡No, no, y no! Es muy peligroso. Anita (por la Obregón) se presenta cuando quiere sin llamar con el niño. ¿En un hotel? No, peor me lo pones».  Y en ese el momento, el amigo italiano me espeta: «¡Ya está! ¡En tu casa! Es buenísimo, es terreno neutral y el que me vea entrando sabe que somos amigos… y si ven a "Manzanita" también sabe la gente que sois amigos. La cosa está en no coincidir llegando».

Encerrados
Así surgió, sin maldad ninguna. La primera cita en mi casa fue muy divertida. No tenían tanta confianza como para quedarse solos todo el rato y estuve unos minutos, haciendo de celestina. Me fui, los dejé sentados a cada lado de mi cama de dos metros, con el tan comentado edredón negro y sus tres almohadones a juego. «¿Te vas ya?». Pues como no me iba a quedar a retransmitir la jugada, me despedí de ellos. Les dije que en la nevera había comida y bebida, toallas de mano y ducha limpias en el baño «por si aca». Y que no se fueran hasta que yo volviera.  Esperando al ascensor, pensé: «Estos dos me la juegan y se me escapan después». No me fiaba ni un pelo, sobre todo de él. Eugenia estaba con Fran y tenían fecha de boda. Decidí volver a abrir la puerta, coger todas las copias de llaves de casa y cerrar por fuera. Le di dos vueltas y los dejé encerrados disfrutando de su amor, atracción o pasión y me fui a hacer unos mandados.
A las 2 horas y media recibo una llamada: «Lumpi-lumpi, nos has dejado encerrados. ¡Pedazo de cabrón! Vente corriendo que yo me tengo que ir y "Manzanita" también». Si no llego a cerrar con llave se habrían ido como si nada. Antes de una hora estaba de vuelta y me encontré a dos buenos amigos y cómplices de lo aquella tarde ocurrió en mi casa. Ellos saben que no miento. No he sacado esta noticia a la luz, ya se encargó la maquinaria de «Crónicas Marcianas». Yo confirmo lo que un italiano le contó a un Matamoros. Esta historia dio mucho que pensar a sus protagonistas. Durante unos meses la historia del «Torero y la Aristócrata» estuvo apunto de no ver nunca la luz. Los tatuajes de la «ranita» y la «manzanita» con el tiempo desaparecieron de sus muñecas. Otros los tapaban. Todos nos quedamos con las ganas de saber qué hubiera pasado si Eduardo Sánchez Junco hubiera tenido la oportunidad de publicar en portada:  «La Duquesa de Montoro y el Conde Lecquio posan junto a su primer hijo en el Palacio de Torlonia de Roma»… De infarto…


Así se perpetró
Espacio:  «Sálvame Deluxe» .            
Fecha: 3/04/2012 .
Titular:  «Alessandro Lecquio y Eugenia Martínez de Irujo mantuvieron una relación secreta».
Al descubierto: Una pasión prohibida que tambaleó la relación de la duquesa de Montoro con Francisco  Rivera.
Quién se lo lleva: Alessandro, que en ese momento no mantenía ninguna relación.
Quién pierde: Eugenia, en plena polémica, después de que su ex quiera que su hija se vaya a vivir con él a Sevilla.

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