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Eduardo

Tiempo de lectura 4 min.

15 de julio de 2010. 22:24h

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15/7/2010

Las cualidades profesionales y humanas de Eduardo Sánchez Junco le hicieron grande.  Y las familiares, con su clan siempre al lado, lo mismo en Madrid, que en Retortillo, que en Sacramenia, o en las prodigiosas Gargantas de Gredos, más grande aún. Eduardo era un cristiano hondo de la Alta Castilla, impulsado siempre por el cariño y la generosidad.

El segundo de una dinastía que reinó y reinará en el mundo del periodismo desde el buen gusto, la elegancia y la medida. Heredó de su padre, don Antonio Sánchez, el «¡Hola!», y se lo deja a su hijo Eduardo y a sus hijas multiplicado por cien. Le dieron cinco talentos y ha devuelto veinticinco. Imposible olvidar a sus mujeres del alma. Su madre, doña Mercedes Junco. Su mujer y compañera siempre, Mamen. Eduardo fue el centro de una permanente reunión de gentes buenas que viven para que todo lo que rocen lleve a la felicidad de los demás.  Una familia intacta y compacta que se une en los principios, la fe, la decencia, el respeto, el bueno humor y la alegría compartida.

De su obra, la multiplicación fabulosa que llevó a cabo del «¡Hola!» primitivo, hablan y escriben los que entienden de economía y empresas. No es mi caso. Eduardo, para mí, era un amigo tardío, profundo y ahora, presente e inolvidable. Y los suyos. No sólo su familia de sangre reunida en el misterioso monte de sabinas que se abre en las riberas del Arlanza. También sus empleados y colaboradores, que lo querían, respetaban y admiraban como a un padre.

Eduardo era como sus paisajes. Por algo estudió para convertirse en ingeniero agrónomo. Sabía detenerse ante un roble poderoso y dedicarle el tiempo que merecía su poder.  Retortillo y Gredos. Lerma y Madrigal de la Vera o Candeleda. La sombra del lobo entre las sabinas de Retortillo, con el Arlanza a mano, entre gamos y jabalíes. El imperio formidable del macho montés en los altos de la cara sur de Gredos. Los campos paseados por Eduardo y los suyos durante toda una vida. Madrid era el «¡Hola!», el trabajo. En la mesa del gran despacho, doña Mercedes, Eduardo Sánchez Junco y Eduardo Sánchez Pérez. Igual que en los tiempos de don Antonio. Y ahí se resolvían –y se resolverán–, todas las dudas que se establecían entre el buen estilo y la zafiedad, entre la armonía y el cotilleo. Y siempre triunfaban y triunfarán el buen estilo y la armonía.

Cumplido el trabajo, Eduardo escapaba hacia sus raíces de la Vieja Castilla. Y ya las cuatro torres del palacio ducal de Lerma a la vista, su enfermedad menguaba y su ilusión recuperaba el impulso. De Lerma a Retortillo, carretera hacia Salas y Palencia, bordeando el Arlanza, hasta la raíz fundamental. Entre sus sagradas piedras románicas restauradas y dispuestas por su padre, allí donde ahora descansa, Eduardo, o lo que queda terrenal de Eduardo que ya no es Eduardo, dormirá para siempre. Porque Eduardo vivirá desde cada recuerdo, desde cada momento vivido, y como hombre cristiano y bien cumplido, castellano honesto, generoso y limpio, su espíritu volará sobre los montes y valles de su tierra como lo hace ese Juan de Yepes que aún cabalga sobre su mula por los sotos de álamos y los trazos de su poesía, la más cercana a Dios escrita jamás por el hombre.

Eduardo vive en la memoria de todos los que le quisieron, de todos los que recibieron el abrazo desinteresado de su ayuda, de todos los que formaron parte de los suyos, su familia y sus amigos, que ahora lloran una ausencia que no es tal.  Quizá, tan sólo, una despedida, una manera de calmar los sufrimientos de los últimos días vividos para adelantarse y esperar desde arriba, en los azules infinitos, el reencuentro con los suyos.  En cada nube que vuele por Lerma o Gredos, ahí estará Eduardo.

Feliz camino, amigo justo y bueno. Eso, lo de siempre. Brisas a tu espalda, tus paisajes reunidos, y al final, la luz brillante que Dios reserva a quienes sólo se dedicaron a hacer el bien en la vida. Feliz camino, Eduardo.
 

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