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El «pingüino» de Calafate por Martín PRIETO

  • Algunas personas sostienen carteles de apoyo hoy, miércoles 27 de octubre de 2010, en la Plaza de Mayo, en Buenos Aires (Argentina) tras la muerte del ex presidente argentino, Néstor Kirchner
    Algunas personas sostienen carteles de apoyo hoy, miércoles 27 de octubre de 2010, en la Plaza de Mayo, en Buenos Aires (Argentina) tras la muerte del ex presidente argentino, Néstor Kirchner

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28 de octubre de 2010. 01:25h

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28/10/2010

Incondicionales y enemigos (adversarios no tenía) le apodaban «pingüino», no tanto por su nariz en pico y un ojo que se le iba a la sien como por su feudo de Calafate, junto al glaciar Perito Moreno. Allí, en la provincia patagónica de Santa Cruz, pegada a la Tierra de Fuego, se encuentra la mayor pingüinera continental del mundo, en la que anidan  un millón y medio de ejemplares. En una cena con chaqué se negó a vestirlo porque los caricatos argentinos se cebaban con su estampa cada vez que usaba dicha prenda.  La biografía política de Néstor Kirchner es inseparable de la de su esposa, la presidenta Cristina Elisabeth, queriendo ambos emular el matrimonio de Juan Domingo Perón y Eva Duarte, quedando el despropósito en ópera bufa. Los dos se conocieron como estudiantes de Derecho en la Universidad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. Eran hijos de cuentapropistas modestos. Les unió más la interminable disputa interna peronista que Cupido. A partir de 1976 la Universidad de La Plata fue arrasada por el general Ramón Camps, el carnicero de Buenos Aires, jefe de la Policía provincial al que un cáncer impidió su enjuiciamiento. Exclamaron: «¡Pobre cáncer!». Los Kirchner, lejanos simpatizantes de los «montoneros» y sin ficha policial, huyeron a la Patagonia profunda, donde abrieron un discreto bufete de separaciones y cobro de morosos, pasando la dictadura sin peligros. El incansable Kirchner, con poco que hacer en aquellas tierras heladas de vientos constantes, amasó relaciones de todo tipo que, con la democracia, le elevaron a intendente de Río Gallegos en 1987 y a gobernador en 1991. La pareja amasó algo más: el sur de Santa Cruz es un gigantesco parque natural con grandes glaciares, pingüineras, ballenas y loberías, con un desarrollo turístico por explotar. Personalmente, o por testaferros, compraron haciendas de horizonte a horizonte y todo Calafate, donde tienen su mansión y donde ha muerto N.K. a los 60 años, tras una larga retahíla de problemas cardiacos alimentados por su frenesí. Tenía que saltar a Buenos Aires Cristina K. para colmar sus ambiciones, siendo elegido diputado nacional en 1999 y fundando otro ala del peronismo, denominada Frente para la Victoria. Argentina parecía estar siendo atacada por los marcianos: cundían el hambre y el desempleo, no había metálico para pagar a los funcionarios; la coima (el soborno) era la ley, el presidente (radical) Fernando de la Rúa hubo de dimitir cuando el Cuerpo de Infantería (antidisturbios federales) abrió fuego real contra una manifestación en el centro porteño. Le sucedió interinamente el peronista Eduardo Duhalde, quien no tuvo otra que convocar elecciones generales que ganó Kirchner, acumulando la presidencia del Partido Justicialista. Cristina se batió y logró ser diputada y famosa por sus larguísimos discursos, sembrados de amenazas y puñaladas. Él practicó la demagogia clásica del peronismo, atemperada por una bonanza económica. Aunque muchos no olvidaron que gobernando Santa Cruz depositó los fondos de la provincia en un banco estadounidense, que es como si Esperanza Aguirre colocara en el J. P. Morgan la Hacienda de Madrid. Su intención, o su ojo revirado, le hicieron entender que su popularidad era tan escasa que no podía pretender un segundo mandato consecutivo. Y entonces se sacó de la alcoba a su mujer, Cristina Fernández, táctica y estrategia muy del general Perón. Se empezó a hablar de los Reyes Católicos del Río de la Plata, porque hasta en los cartelones aparecían juntos. Son un matrimonio singular con dos hijos, en el que el que manda es él tras escalar el Himalaya del carácter de la doña, que además es bipolar. Pero sus broncas son por el poder. Ella grita: «Si me engaña, primero lo mato y luego me divorcio». Palabra de letrada. En 2007 fue elegida presidenta y Kirchner quedó como primer caballero en la historia argentina. La pareja se alineó con el eje bolivariano y ella pretendió erigirse en referente internacional. El «Tango 01» no paraba de volar como una peluquería volante y ella se dio a afinar su figura, vestir alta costura y maquillarse con espátula. Le hizo la guerra a pequeños y grandes terratenientes, paralizando el campo, y entre ambos organizaron los «piqueteros», chusma armada que lo mismo sirven para parar el tráfico en la Panamericana que para quemarte la casa o despeinarte de un tiro. Las encuestas no daban un adarme por ninguno de los dos en las elecciones del próximo año. Su temprana muerte advertida deja más que viuda a la presidenta. Tras el agro ganadero, el último frente abierto por la pareja es la propuesta de nacionalizar todos los medios de comunicación. Cristina dulcificó cínicamente el despropósito, matizando que radios, televisiones, periódicos y revistas pasarían al Estado y no al Gobierno. La dictadura en un sistema de partidos que vota cada cuatro años. Es tan grosero como que el avión presidencial  «Tango» vaya y vuelva a Nueva York con maletas llenas de dólares. Muerto N. K., el gran cocinero y urdidor de la política y la ingeniería, queda una alianza entre la Unión Cívica Radical y el sector más presentable del peronismo. Que Dios le tenga en la gloria, pero de momento se han salvado dos grandes periódicos como «Clarín» y «La Nación». Aunque cuidado con la viuda en cuanto se le pase el duelo. Menos mal que sólo tiene un año en la Casa Rosada. Lugar común porteño: «Que roben, pero que se callen».

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