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Sensatez ante la crisis nuclear

Tiempo de lectura 4 min.

17 de marzo de 2011. 01:05h

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17/3/2011

La situación que se está viviendo en la central nuclear de Fukushima ha activado la toma de postura de los principales dirigentes y gobernantes, en la mayoría de los casos para llamar a la tranquilidad y la calma. Ayer, el presidente del Gobierno español aportó mesura y prudencia sobre el futuro de la energía nuclear en nuestro país sin caer en opiniones precipitadas y estériles que pueden intoxicar el debate. Como bien dijo, «las cosas se ven de manera diferente cuando uno es presidente del Gobierno y cuando uno no lo es». Y Zapatero decidió ayer adaptarse a las hechuras de estadista y prescindir de la doctrina antinuclear que habitualmente ha blandido la izquierda. Así, abogó por un debate «razonable», alejado de «planteamientos ideológicos» y en el que se prioricen los criterios técnicos y científicos, algo, por cierto, que ha defendido el Partido Popular y que no siempre ha sido asumido por el PSOE. En un ejercicio de responsabilidad, afirmó lo evidente que hasta ahora no siempre había explicitado: que la energía nuclear hace una aportación importante a nuestra producción energética –en 2010 proporcionó el 20,21 por ciento de toda la  electricidad generada–, pero que, por su naturaleza, exige tener mucha seguridad. Este último aspecto se abordará en los próximos días, ya que el Gobierno ha pedido al Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) una revisión de los sistemas de seguridad de todas las centrales nucleares de España y unos estudios sísmicos complementarios y sobre los riesgos de inundación. Es evidente que  Zapatero ha asumido la necesidad de las nucleares como un elemento significativo del «mix energético» de España, del que difícilmente se puede prescindir alegremente minimizando sus consecuencias. De ahí que ayer insistiera en reforzar la seguridad de las ya existentes. Por esta vez, no podemos estar más de acuerdo con el Presidente del Gobierno. Y, dado este paso, nada sería más congruente que reconsiderara su decisión sobre el cierre de Garoña. Aunque ayer insistió en que «la edad cuenta» en la vida útil de las nucleares, hay que recordarle que el Consejo de Seguridad Nuclear dictaminó, a través de un informe técnico, que la central puede operar diez años más. En ese informe se decía que Garoña es moderna y que se encuentra en perfecto estado debido a su mantenimiento. En consecuencia, su cierre supone una contradicción con el discurso de ayer, en el que se dejaba al criterio y evaluación de los técnicos la última palabra a la hora de cerrar o no una central. Con todo, debe subrayarse el adecuado tono empleado por el presidente, que no cayó en alarmismos ni catastrofismos y se dirigió a los ciudadanos con calma no exenta de prudencia y sentido común. Nada que ver con el comportamiento del comisario europeo de Energía, el alemán Günther Oettinger, que calificó la fuga radioactiva como el «apocalipsis». Fue una irresponsabilidad, y evidencia que a Oettinger le viene muy grande el cargo público que le han encomendado y es incapaz de desempeñarlo con fiabilidad. Su conducta  es inaceptable y supone un desprestigio para Europa y la institución que representa.
 

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