París

«Looper»: Yo soy mi mayor enemigo

Dirección y guión: Ryan Johnson. Intérpretes: Joseph Gordon-Levitt, Bruce Willis, Emily Blunt. EE UU, 2012 Duración: 118 minutos. Ciencia-ficción.

La Razón
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El futuro siempre es remordimiento. El futuro significa que has de vivir con tus equivocaciones a cuestas, con los grandes y los pequeños errores sobre los hombros caídos, con los enganches, porque probablemente ya sea demasiado tarde para una cura desintoxicante; aunque quizá una mujer comprensiva pueda obrar el milagro y redimirte de una vez. Resulta muy extraño e hipnótico el arranque de «Looper», con el asesino a sueldo que mata de manera fría en medio de ninguna parte a un tipo del que no sabe ni cómo se llama proveniente de un tiempo que aún no ha llegado. Pero, más todavía, que el protagonista de esta claustrofóbica, oscura producción se tope consigo mismo dentro de treinta años. Y, ambos lo saben, tiene que eliminarlo. Hay ecos fatalistas del cine negro clásico, hay una emoción contenida, un poco de humor y mucho dolor en la tragedia de Joe (un sobrio, inquietante y apenas reconocible Joseph Gordon-Levitt), el matarife drogadicto y con los sentidos anestesiados que aprende francés cuando no trabaja (Alain Delon tenía un misterio parecido en la soberbia «El silencio de un hombre») porque sueña con viajar a París y que, un mal día, debe encontrarse medio calvo y cansado para quitarse de enmedio. Hay otra vuelta de tuerca, otro elemento perturbador clave en esta espesa cinta: un niño temible con los ojos como ascuas que mejor no hagan enfadar. Al que cuida una joven madre (Emily Blunt) que también sufre reconcomida por la mala conciencia dispuesta a lo que sea para que la vida, por fin, la perdone. Personajes a la deriva en busca de una segunda oportunidad: Joe el viejo (un melancólico Bruce Willis) conoce la lección mejor que nadie, de ahí que ni siquiera le tiemble el pulso cuando decide otorgarse una nueva oportunidad. Con permiso de él, claro. No resulta chocante ni paradójico: vean esta notable película y sabrán por qué a veces, y mira que cuesta, sí podemos cambiar. El precio es lo de menos.